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La trata de personas les quitó, en un momento de sus vidas, la libertad. Dos de siete víctimas relatan a EL NUEVO DIARIO el camino tormentoso que les tocó vivir en un “centro de masajes”, donde sus caricias tenían un precio, llenaban los bolsillos de quienes las explotaban sexualmente, bebían licor a diario para satisfacer a entre 8 y 10 clientes, todo por conseguir dinero para sobrevivir y procurar estudiar en una universidad.  

A las víctimas las identificaremos como Jacinta y María, quienes desde el año 2003 conocieron a Brahim Arandú López Molina, de 46 años, y Juana María Bermúdez, dueño y administradora del bar “Habana Club”, respectivamente.
Pero el negocio, ubicado en el barrio Larreynaga, camuflaba la explotación sexual comercial y con engaños atraía a jóvenes desempleadas de la capital y distintos departamentos del país.

Jacinta cuenta que llegó a dicho bar porque leyó en un clasificado de empleo en un periódico que necesitaban chicas en un centro de masajes, pero al hablar con su empleador, se dio cuenta de que no se trataba de un trabajo cualquiera, sino de vender su cuerpo.

“Era para atender a los clientes, servirles por el pago de 200 córdobas por cada media hora. Era dama de compañía, podía tomar con los clientes y si estaba de acuerdo, tener relaciones sexuales con ellos”, explicó.

Circulaba mucho dinero
Jacinta indicó que Brahim se quedaba con la mitad del dinero por sus servicios sexuales y que era Juana quien cobraba. Luego de cada venta les entregaban su parte.

Entraban a las siete de la mañana y salían a las siete de la noche, trabajando un total de 12 horas diarias. Ella laboró por un año en el lugar, luego se retiró porque se enamoró de una persona, pero hace casi ocho meses regresó por tener muchos problemas económicos.

“El trabajo con cada cliente duraba media hora y atendíamos de entre 4 a 10 personas… por cada bebida alcohólica recibíamos 20 córdobas… si realizábamos servicios a domicilio, los clientes llamaban y era el señor Brahim quien determinaba el precio. Por ejemplo 100 dólares por cuatro horas, se les preguntaba el gusto; si las quería delgada, gorda, chaparra, etcétera. Yo fui sólo una vez (a domicilio) porque me da miedo”, relató Jacinta.

La otra joven; María, estaba siendo aún más explotada en otro “centro de masajes”, ya que entraba a las ocho de la mañana y salía hasta las dos de la madrugada, trabajando 18 horas.

Posteriormente consiguió ser aceptada en el “Habana Club”. El año antepasado se bachilleró y desde su departamento se vino esperanzada de encontrar trabajo en Managua para poder pagar sus estudios universitarios, pero también cayó en las garras de los tratantes de personas.

Sin libertad de salir
María dice que cuando no tenía nada que hacer salía a pasear, visitar amigas o dar las vueltas para conseguir una beca en una universidad, porque no era trabajadora permanente del lugar, en cambio las otras víctimas tenían cercenado ese derecho primordial del ser humano.

“Había un vigilante en el lugar que chequeaba las salidas de las muchachas, pero como yo no era trabajadora permanente siempre me dejaban salir. Si no (el vigilante) iba donde don Brahim y le preguntaba si teníamos permiso, porque las otras no podían ir a ningún lado sin su permiso. Habían entre 6 y 10 mujeres, a veces como 15 lo máximo”, aseveró María.

Actualmente los tratantes de personas están enfrentando un juicio en el Juzgado Segundo Penal de Audiencias y tienen prisión preventiva.