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En nombre de la fe y la tradición, iguanas y garrobos empiezan a contar entre las opciones culinarias de la comunidad católica nicaragüense.

Este tiempo de preparación espiritual que manda a apartar las carnes rojas del menú de las familias católicas, motiva un derramamiento de “sangre verde”. La cadena de depredación que se deriva de la caza ilegal de iguanas y garrobos es larga y, a futuro, podría incluso  llevar a las listas de desaparecidos a esta y otras especies.

Cual si de tomates frescos se tratara, en los mercados de nuestras ciudades se ofertan iguanas y garrobos vivos. Muchos acostumbrados a la escena, piensan que estos animales son lo suficientemente numerosos como para soportar la demanda del mercado que para el tiempo de Cuaresma y Semana Santa se eleva considerablemente. Especialistas en la materia afirman que no es así.

Noelia Zepeda Obregón, Coordinadora de Biodiversidad de Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de Ciencias Comerciales, apuntó que tanto las especies de Iguana Verde como el Garrobo Negro se ubican en la categoría de apéndices II de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres, Cites, lo que significa que el gobierno de Nicaragua permite su comercio, pero de forma regulada.

Marvin Torres, biólogo experto en temas de medio ambiente, también critica esta práctica que se realiza al amparo de una tradición religiosa, que a su parecer “sólo estaría ayudando a acelerar el proceso de extinción” de iguanas y garrobos.

“La tradición no nos debe volver tolerantes ante esta situación…Si sabemos que la tradición está acabando con el ecosistema y las especies que lo habitan es momento de buscar como sociedad evolucionar hacia decisiones que nos permitan ser mejores”, exhorta.

Consumidores son clave
Torres plantea que en esta cadena de depredación ambiental los consumidores son los principales responsables ya que se encargan de atizar el comercio ilegal, proveyendo de recursos al cazador que es “quien quema bosques, matorrales y otras áreas naturales para extraer, sin ningún control, la fauna silvestre y comercializarla, lo cual es permitido por el tercer responsable: aplicadores de la Ley” cuyas políticas de protección no han logrado frenar la actividad.

Torres opina que mientras las autoridades no tomen compromisos serios para el control de esta problemática “ninguna medida en papel servirá” en alusión a la recién aprobada Ley de Protección y Bienestar Animal.

Animales siguen desprotegidos
La forma en cómo son cazados y luego mantenidos en los centros de acopio limita grandemente las libertades básicas de los animales, según ambos especialistas.

Por si fuera poco también llama la atención el que la especie sea más consumida durante su época reproductiva -entre enero y abril –impidiéndole seguir su ciclo de vida. “El problema no es que la gente consuma la iguana, sino, más bien, que la consuma de forma ilegal, extraída del medio ambiente, depredando y aminorando su población”, enfatiza la especialista.