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Coatlicue podría llamarse, aunque Elder Carrillo Mendoza no está seguro de su nombre. Encontró el ídolo hace tres años, un poco arriba del volcán Concepción, enterrado, durmiendo su sueño antiquísimo, porque lo hallaron acostado.

Con algunos miembros de la familia, ayudó a bajar a aquella diosa desconocida de aspecto antropomorfo: se aprecia una mujer coronada por una serpiente.

“Es la Diosa del Trueno”, dice Elder. La familia decidió ubicarla casi a la entrada de la casa, bajo un árbol de chilamate, aunque no como una divinidad tutelar, sino como una muestra de lo que decía Rubén Darío en su cuento Huitzilopoxtli, precisamente el hijo de Coatlicue: rasque un poco y se encontrará a los viejos dioses.

“Y el destino de la nación mexicana está todavía en poder de las primitivas deidades de los aztecas”.

Hace poco, cuando Elder se levantó, se dio cuenta que la imagen se la habían llevado al puerto y estaban por embarcarla. Reclamaron su derecho de posesión, y la antigua deidad retornó a la casa.

Ahora, la figura pétrea se halla empotrada en lo que podría ser la acera de la vivienda, y es un punto de referencia para los que pasan por el camino que se levanta en polvo, en dirección hacia el puerto de Moyogalpa. Así, prácticamente clavada en la tierra, es difícil que sea la última diosa raptada en el continente.

Hay más dioses esperando…

Elder piensa que el imponente volcán guarda aún más estatuaria en sus escarpadas faldas, y están ahí a la espera de que lleguen a descubrirlas.

El moyogalpino dijo que “playa abajo” se encuentran “muñequitos”, tacitas, vasijas. Algunos las han sacado, pero también las han destruido. El terreno volcánico, sus materiales rocosos y la presencia del jaspe, utilizado como cuchillo o cincel, contribuyeron a que los chorotegas, de origen tolteca, y después los náhuatl, esculpieran a sus dioses a la imagen y semejanza de sus temores y esperanzas.

La diosa, cuya silueta se funde con una serpiente, nos remite a la deidad mexica Coatlicue. En México, y de ahí se derivó a toda la cultura mesoamericana, significó la madre de todos los dioses del panteón azteca.

Las representaciones de Coatlicue muestran la parte mortífera de esta deidad porque la tierra, además de ser madre bondadosa, de ella nace todo lo vegetal, es el monstruo insaciable que devora todo lo que vive, eso sin contar con que también los cuerpos celestes desaparecen tras ella, señala un documento mexicano.

La descripción apuntala a suponer su identificación con el imponente volcán que para los ojos de Squier: “No me cabe duda de que el cono de este volcán no es --como figura geométrica-- el más perfecto del continente, sino del mundo”.

Los últimos cultos

Ometepe, el santuario por excelencia de los pueblos originarios, todavía adoraba a sus dioses muy entrado el siglo XIX.

Este mismo Squier relata en su libro Nicaragua sus gentes y su paisaje, que mister Woeniger, quien era dueño de una plantación de tabaco en la isla, le contó que “hubo antes muchos ídolos similares a los encontrados en Zapatera, pero los han quebrado o enterrado”.

Elder dice que la diosa era ocupada por los nativos para calmar al volcán de mil 610 metros de altura y apagar sus terribles erupciones.

Aunque pareciera que esto aconteció únicamente antes de la llegada de los españoles, el 17 de abril de 1522, la verdad es que los naturales de Ometepe todavía en 1849 adoraban a sus dioses, con todo y los 400 años de catecismo católico de los frailes.

Orgulloso, el isleño posa para una foto con su ídolo que se lo han querido llevar. Unos van a parar a los museos, otros a coleccionistas privados, y a lo mejor unos más podrían ser venerados por individuos ligados a la nueva era.

El tipo de culto del que eran objetos se grafica con las palabras de Squier, de acuerdo a lo relatado por Woeniger sobre una imagen con aspecto de animal. “Los indios la ocultan en un montículo elevado cuidadosamente, ante el cual secretamente acudían a hacer libaciones y a celebrar ritos cuya naturaleza no quiso nunca ninguno de ellos revelar”.

Curas derrotados

El testimonio relatado por Squier es llamativo: “Durante 50 años trataron los padres de descubrirlo, pero siempre en vano.

Hace poco dieron con él (ídolo) y querían arrojarlo al fondo del lago, pero Mr. Woeniger se los impidió, prometiéndoles llevárselo de la isla para siempre. Ahora se encuentra en el Museo Smithsonian Institution”. El tabacalero, de origen alemán, también encontró pequeños ídolos de oro, bien trabajados, objetos de cobre y figurillas de terracota.

Se han hallado también terracotas en forma de hombres y animales. El diplomático norteamericano también señala que a él le regalaron una cabeza o máscara de tigre, en cobre, que no carece de valor artístico y tiene cierto grado de vívido realismo.

La Enciclopedia de Nicaragua precisa que “los chorotegas apenas dejaron entre los años 800 y 1,200 después de Cristo, modestas estatuas pétreas en las islas del Gran Lago”.

Lo que Elder considera la “Diosa del Trueno”, pertenecería quizás a ese grupo, porque la fe y el arte nativos no lograron sacar del todo a la diosa de la roca basáltica, porque todavía hoy se aprecia que se debate entre el petroglifo y el ídolo.