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Al primer lanzamiento del pitcher, Jaime, un fornido mestizo de 40 años, golpea la pelota de trapo y la lanza fuera del campo improvisado en un concurrido bulevar de Managua, donde cada tarde se gana unos US$25 en las apuestas que mueve el popular «béisbol de calcetín».

Mientras la pelota --hecha de un calcetín viejo-- rebota contra un vehículo que pasa por la vía, este hombre, padre de dos hijos y albañil, corre de base en base hasta llegar jadeante al «home» entre eufóricos saludos de sus compañeros, que festejan el jonrón. No solo ganan el juego, también el dinero de la apuesta.

Bajo sus propias reglas, jóvenes y adultos de escasos recursos, trabajadores, desempleados o pequeños comerciantes, se juntan todas las tardes en el bulevar de una transitada calle, en el noroeste de Managua, para participar en este juego que algunos consideran de «vagos», y que mueve importantes sumas de dinero en apuestas.

Equipo puede quedar con bolsa

“Todos juegan, todos apuestan”: entre US$8 y US$25 por partido y el equipo que gana se queda con toda “la maceada” (bolsa de la apuesta), que es repartida entre los seis jugadores que lo integran, explica Jaime.

Algunas personas, por lo general comerciantes, llegan a ver jugar y hacen su “maceada” a favor de uno o de otro equipo. Si ganan, según lo obtenido, dan incluso “regalías” a los peloteros, dijo a la AFP Edgard Aguilar.

“Nos divertimos, pero no jugamos por jugar”, sino por dinero, “aunque de un tiempo para acá las maceadas están ralas (más bajas)”, ya que antes se apostaba hasta US$1,000 en una tarde, interviene Adonis Martínez, trabajador de una entidad pública.

“Cuando están buenas las apuestas he ganado hasta C$3,000 (US$123, casi el monto de un salario mínimo mensual)”, señala Martínez, quien con 35 años está en buena forma y dice ser notable como bateador.

Una versión distinta

El “béisbol de calcetín” es una versión distinta del béisbol, el deporte favorito de los nicaragüenses, introducido por las tropas estadounidenses que invadieron Nicaragua a comienzos del siglo XX.

Se le llama así por jugarse con una pelota elaborada artesanalmente con un calcetín viejo relleno de retazos de tela, pero también se le conoce como “béisbol de apuestas”, y surgió hace unos 40 años, pero nunca estuvo tan extendido y visible como ahora.

Jorge, quien a sus 60 años vio nacer el peculiar deporte, recuerda que hubo jugadores que marcaron época y que, conocidos por sus sobrenombres, llegaron a ser famosos en Nicaragua: “Cara de Crimen”, “El Cagado”, “Tribilín”, “Mama Moncha” y “El Zurdo”, eran algunos de estos personajes.

“Este juego lo hemos tomado como una recreación de personas mayores y jóvenes, como una forma de no caer en la droga, el alcohol o la delincuencia, y también para que nuestros hijos se vayan induciendo en el deporte”, manifestó Aguilar, apodado “El Pilín”.

Los niños también juegan, pero no participan en apuestas, solo los adultos, aclaró.

Una fábrica casera

Pero detrás del juego hay toda una forma de vida: árbitros remunerados, fábricas artesanales de las pelotas de trapo y hasta revendedores.

“Me lo tomo como un ‘hobby’, después del trabajo”, manifestó Harold Largaespada, mecánico automotriz de oficio, quien hace de árbitro y de depositario del dinero apostado.

Largaespada recibe un pago de US$1.23 por juego. En una tarde se pueden hacer hasta cinco, porque “es más rápido” que el béisbol tradicional, ya que cada partido es de dos entradas, explica.

“La fábrica casera” de pelotas es otra fuente de ingresos para algunas familias que venden la unidad a US$0.24. Y aún quedan los intermediarios comerciales, como Roger Antonio, quien las vende a los equipos a US$0.40.

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