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El reciente fallecimiento por suicidio del célebre actor Robin Williams ha activado luces rojas en una parte importante de la sociedad mundial. Ante este acontecimiento, inaudito para muchos, una de las grandes interrogantes que surge es ¿cómo es posible que se quite la vida un personaje aparentemente exitoso, que a grandes cantidades de personas nos fue propicio para librarnos de episodios de tristeza o de estrés, mediante su gran capacidad de comediante? La sabiduría popular dice: “caras vemos, corazones no sabemos”.

El suicidio no es un fenómeno reciente. En el primer libro de Samuel (profeta, sacerdote y juez de Israel), escrito 1,100 años antes de Cristo, se narra la muerte por suicidio del Rey Saúl: “Tomó Saúl su propia espada y se echó sobre ella”. Las evidencias indican que en el transcurso de la historia de la humanidad, infinidad de personas han muerto por suicidio, sin embargo, es en los últimos tiempos que este ha experimentado un incremento significativo, al grado que diversos estudiosos del tema afirman que la depresión y el suicidio podrían representar la epidemia del siglo XXI.

Vivimos tiempos agitados; de mucho afán; de alta dependencia, cuasi adictiva, a la tecnología; se practica esa competencia insana en donde el fin justifica los medios; muchos decimos que lo más importante es la familia, sin embargo, en la práctica (sobre todo los hombres) privilegiamos las ocupaciones para generar dinero, dizque por amor a la familia; se prioriza lo material por encima de lo espiritual, no se atiende debidamente el alma (emociones, pensamientos, sentimientos, voluntad) en tanto control de mando de conductas.

De la misma forma que se hacen esfuerzos para ser buenos profesionales, así mismo, se debiera trabajar el alma y prepararse para enfrentar acontecimientos vitales traumáticos que trastocan nuestras vidas, que causan dolor, que de no ser sanados conducen a estados depresivos, al consumo de sustancias y hasta el suicidio.

Contrarrestar la epidemia del siglo XXI, demanda que cada quien desarrolle RESILIENCIA, entendida como capacidad para enfrentar y superar situaciones adversas, tales como: traumas, tragedias, problemas familiares, enfermedades, problemas de trabajo, dificultades económicas, adicciones, etc.

Desarrollar resiliencia no nos vuelve insensibles ante acontecimientos traumáticos, sin embargo, estaremos mejor equipados para salir de las crisis y no caer en estados depresivos.

Jesús, el Maestro de las Emociones, en su condición de hombre, tenía súper desarrollada su capacidad de resiliencia, la manifestaba en cada acción que realizaba, sin embargo, en los segundos previos a expirar, atormentado por el dolor físico y emocional exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Mateo 27:46.

El factor más importante que contribuye al desarrollo de resiliencia es el amor, Jesús derramó su sangre sagrada y entregó su vida por amor al Padre y a nosotros. Él en su sabiduría dice que lo más importante es “amar a Dios por sobre todo, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos”.

Amiga, amigo, invite a Jesús a su vida, dígale: Jesús, abro mi corazón y le acepto como mi Señor y Salvador. Capacíteme para amar, a usted, a mi prójimo, a mí mismo. Deme fortaleza para enfrentar y superar adversidades, aleje de mi familia toda amenaza de depresión y suicidio.

 

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