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El título de esta columna sintetiza de lo que es capaz una madre por sus hijos, y la incapacidad de algunos hijos para cuidar a sus padres cuando ellos ya no pueden valerse por sí mismos.

Esta es una joven mujer que fue abandonada por su esposo cuando ella cifraba los 37 años. La dejó sin un centavo y con una marimba de hijos, siete en total, cuyas edades oscilaban entre los 2 y los 14 años.

Cuando aun el sol no alumbraba, la mujer se levantaba a preparar desayunos, meriendas y ropa para que sus hijos se fueran a la escuela. Con la más chiquita en “ancas”, preparaba refrescos y comida para vender y ganar algún dinero. Hacía el almuerzo para cuando llegaran los hijos, estaba pendiente de que hicieran sus tareas escolares. A la vez que atendía la pequeña venta de refrescos y comida preparaba la cena, dormía a los más pequeños, lidiaba con los conflictos y exigencias de los grandecitos y se aseguraba que pidieran al “ángel de la guarda” que los protegiera en su sueño.

Experimentaba un largo y reconfortante suspiro cuando todos dormían. La casa estaba en silencio, procedía a cerrar la venta de refrescos y comida, a cuadrar cuentas, establecer la ganancia del día y casi a la media noche se disponía a descansar para recuperar energías e iniciar la rutina a las pocas horas, antes que amaneciera.

Esto se repetía de lunes a domingo, no había tiempo para quejarse o victimizarse, ella tenía un propósito que era mucho mayor que el cansancio y el tedio de la rutina, había que sacar adelante a los hijos… Y lo logró, todos se prepararon profesionalmente, todos formaron su propio hogar, ¡Qué satisfacción! Pudo con los siete.

Finalizada esta prolongada temporada que culminó con la entrega a la sociedad de siete hijos bien preparados, el deterioro físico y cognitivo producto de más de 30 años de sobreesfuerzo, le condujo rápidamente a un padecimiento que en pocos años la incapacitó física y mentalmente, requiriendo del apoyo de los siete hijos. Sin embargo, creencias erróneas y el afán se han interpuesto entre ella y aquellos a quienes dedicó su vida entera.

Creencias erróneas, porque consideran que la responsabilidad principal de los hijos para padres adultos mayores es proveerles de dinero para cubrir gastos y cosas materiales; afán porque sus actividades y compromisos diarios les impiden disponer de tiempo para dedicárselo a sus padres, olvidando que lo más importante que un adulto mayor demanda es afecto y protección.

En el caso que nos ocupa, ella pudo con los siete, pero los siete no han podido con ella.

Amiga, amigo, si sus padres están en la etapa de adulto mayor, establezca entre sus prioridades darles todo el afecto, la cercanía y el cuido que ellos requieran, si siente que las fuerzas le fallan, pídale a Jesús que le fortalezca, clámele que El responderá. Dígale, Jesús bendito, creo que usted es el hijo de Dios, le acepto en mi corazón como mi Señor y Salvador. Ayúdeme a ser fuerte, y a honrar a padre y madre como usted manda.

 

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