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En estos últimos días del año, posiblemente las tres palabras más pronunciadas en muchos países, incluyendo el nuestro, son: paz, felicidad y prosperidad.

Estas palabras son usadas para manifestar los buenos deseos. La primera y la segunda en Navidad: “Noche de paz” y “Feliz navidad”, mientras que la tercera se usa en el contexto del fin de un año y el inicio de otro: “Próspero año nuevo”.

Tanto la Navidad como el inicio de año significan un nuevo nacimiento, la oportunidad para hacer un alto en el camino, nacer de nuevo, disponerse y decidirse a renovar creencias, y transformar comportamientos.

Son momentos propicios para deshacernos de todo aquello que no contribuye a nuestra felicidad, como: la arrogancia, la soberbia, la contienda, la violencia, la desunión, la envidia, el egoísmo, la avaricia, el chisme, la mentira, las adicciones, etc. Asimismo, es momento para apropiarnos de principios, valores y hábitos que nos edifiquen y conduzcan por el camino del bienestar, la prosperidad y la felicidad, como son: humildad, fraternidad, unidad, paciencia, respeto, integridad, paz con nosotros mismos y con el prójimo.

Creo que es acertado afirmar que todas las personas siempre anhelamos alcanzar la felicidad. Sin embargo, tendemos a lograrlo efímeramente porque perdemos la paz. Hay que reconocer que la paz es una condición indispensable de la felicidad.

La paz demanda equilibrio interno, satisfacción y contentamiento. La paz no implica inexistencia de conflictos; estos son propios de las relaciones interpersonales, pero tener paz nos ayuda a enfrentar y resolver conflictos. Con ella somos capaces de expresar nuestras opiniones y atender con respeto las opiniones de otras personas, sin recurrir a la violencia.

Las personas que tienen paz se sienten autorrealizadas y plenas, tienden a ser serenas y estables, lo cual les permite alcanzar un equilibrio entre cargas emocionales y racionales.

Dios quiere que seamos felices, que disfrutemos la vida que nos ha dado. Por ello, lo primero que hace cuando llegamos a sus pies, es inundar nuestros corazones de amor, gozo y paz, una paz inexplicable que rebasa todo entendimiento; porque Él sabe que en el quehacer diario somos embestidos por las preocupaciones, la ansiedad y la angustia que generan los problemas cotidianos, sean genuinos o imaginarios.

Amiga, amigo, desde lo profundo de mi corazón deseo que esta Navidad y la llegada del nuevo año sean el regalo de Dios para usted y sus seres queridos. Que todos los días del año venidero sean tiempos de paz, de felicidad, de tranquilidad e incomparable alegría. Tenga presente que conmemoramos el inmenso gesto de amor incondicional que Dios manifestó por nosotros, como fue enviar a su hijo Jesucristo a esta tierra a redimirnos y liberarnos de enfermedades, de adicciones, de todo cautiverio.

Le invito a tomarse de la mano de Jesús, dígale: Jesús mío yo le acepto como Señor y Salvador de mi vida. Creo que usted es el hijo de Dios, que resucitó de entre los muertos, deme de su paz, que es condición indispensable para ser feliz.

No teman, porque he aquí les doy nuevas de gran gozo… ha nacido hoy un Salvador, que es Cristo el Señor.

 

¡Feliz navidad en unidad familiar!

 

Queremos saber de ustedes, les invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com.