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En estos días de Navidad, finalización de un año e inicio de otro, somos partícipes de tradiciones profundamente arraigadas en nuestras creencias y comportamientos. Estas tradiciones generan un clima abundante en alegría. El regocijo y la felicidad que irradian hijos y nietos transmite energía a padres y abuelos, como es mi caso, y representan una señal clara de Dios, de que la vida no termina con los que ya estamos en la tercera edad y vamos de salida: la vida debe continuar teniendo como protagonistas a nuestra descendencia.

Las tradiciones que se celebran en estas fechas, nos fueron transmitidas por nuestros padres. Y ha sido tarea nuestra trasladarlas a los hijos, como parte indispensable del legado que les dejamos.

Sin embargo, es justo y necesario que la enseñanza transmitida a nuestros hijos acerca de la tradición sobrepase las fronteras de la mera celebración, la renueve y, sin atentar contra su esencia, adquiera nuevas expresiones que induzcan a cambios de creencias y a transformación de conductas que contribuyan a mejorar estilos de vida y alcanzar la felicidad.

Infinidad de personas, entre las cuales me incluyo, alguna vez en la vida nos quejamos de haber experimentado infelicidad aduciendo que nadie nos preparó para enfrentar adecuadamente el éxito y/o el fracaso. Pues bien, creo que la ocasión de estas celebraciones es un excelente momento para enseñar a nuestra descendencia a mantener la alegría, la felicidad en las duras y en las maduras. Si lo logramos, posiblemente les estemos entregando una de las herencias más importante para el resto de sus vidas.

Nuestra descendencia debe saber que tiene derecho a ser feliz y a propiciar la felicidad de sus seres queridos, y que esta no se adquiere con dinero. La felicidad es un estado de ánimo positivo que se alimenta de varias cosas: la satisfacción que proporciona el aceptarse incondicionalmente, sin que ello dependa de logros ni de la aprobación de los demás; la capacidad de conservar el respeto por sí mismo, gane o pierde, obtenga éxitos o no consiga sus objetivos y fracase; tener propósitos bien claros y sentirse responsable de su vida y mantener una actitud activa, esforzándose por conseguir sus objetivos; tener la capacidad de comprender y manejar adecuadamente sentimientos, propios y ajenos, afrontando 
serenamente conflictos, fracasos o éxitos.

También debiéramos enseñarles acerca de la importancia de saber amar para sentirse amado; aceptar y respetar a las demás personas con sus defectos y virtudes; expresar adecuadamente opiniones, deseos y sentimientos, no esperando a que los demás los 
adivinen.

Amiga y amigo, que estas fechas en que celebramos tan importantes tradiciones de Navidad y Año Nuevo, nos dispongamos a trabajar con esmero en contribuir a la felicidad de nuestros seres queridos, particularmente de hijos y nietos, contribuyendo con palabras y ejemplo a la renovación de creencias y transformación de conductas. Si lo hacemos, obtendremos la inmensa satisfacción del deber cumplido.

Le invito a tomarse de la mano de Jesús en esta tarea, dígale: Jesús mío yo le acepto como Señor y Salvador de mi vida, creo que Usted es el hijo de Dios, que resucitó de entre los muertos, deme de su paz que es condición indispensable para ser feliz.

 

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