Raúl Obregón
  • Managua, Nicaragua |
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Esta semana ha sido sumamente difícil. Angustia, preocupación, ansiedad, incertidumbre, han estado rondando nuestro entorno. Una amiga muy querida fue diagnosticada con cáncer; un apreciado amigo con quien hemos compartido muchas jornadas está afectado por una trombosis venosa profunda; un matrimonio de mucha estima para nosotros navega por aguas agitadas, que lo ha llevado a la separación; de manera inesperada un familiar cercano se incorporó a las filas de desempleados.

Estos acontecimientos ocurridos durante la última semana a personas por quienes guardamos gran afecto en mi familia, han impactado fuertemente nuestra estabilidad emocional. La sorpresa propia de sucesos inesperados que ponen frente a nuestros ojos lo vulnerable que somos, en un primer momento hace tambalear nuestra fe; surgen muchas interrogantes a las cuales no encontramos respuestas lógicas.

Hemos aprendido que cuando la solución no está en nuestras manos; que cuando en nuestras propias fuerzas no podemos dar respuesta a los problemas, es el momento de activar el maravilloso poder de la fe.

Hemos aprendido a confiar y esperar en Dios, sabemos que Él está con nuestros amigos, y Él no desampara al justo. Sabemos y tenemos fe absoluta que la promesa para ellos es que todas las cosas, los sucesos positivos o negativos, ayudan para bien para los que aman a Dios y nuestros apreciados amigos lo aman, lo honran, lo glorifican, le sirven. Ello nos reconforta.

En los primeros momentos de las malas noticias nos sentimos abrumados, ahora como personas que vivimos bajo el poder de la fe, confiamos plenamente que el cuerpo de nuestra amiga se verá libre de cáncer, que la circulación sanguínea en las piernas de nuestro amigo es restablecida y él está sano, que el matrimonio que está en conflictos es restaurado y que a nuestro familiar se le abren puertas y consigue un empleo mejor que el que tenía, todo ello, en el nombre de Jesús.

Jesús nos ha prometido que Él estará con nosotros por siempre; el Señor en el Salmo 91 nos dice: Por cuanto en mí has puesto tu amor, yo también te libraré; te pondré en alto, por cuanto has conocido mi nombre. Me invocarás y yo te responderé; contigo estaré en la angustia; te libraré y te glorificaré. Te daré larga vida y te mostraré mi salvación.

Nuestros amigos son beneficiarios de estas promesas y por el poder de la fe verán la gloria de Dios en su vida y por muy violenta que sea la tempestad muy pronto experimentarán la calma.

Amiga, amigo, al igual que a nuestros amigos les decimos: por muy difíciles que sean las circunstancias que estén atravesando hoy, dispóngase a vivir bajo el poder de la fe y verá cómo cambia su actitud ante la adversidad. Invite a Jesús a su vida, dígale: Señor Jesús abro mi corazón y le acepto como Señor y Salvador de mi vida, lléneme de fe y de serenidad, deme valor para aceptar las cosas que no pueda cambiar, y sabiduría para cambiar las que pueda, según sea su voluntad. Señor en Usted confío.

Queremos saber de ustedes. Les invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com