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En estos días nuestra sociedad pone toda su atención en las madres, ese ser incomparable que brinda amor incondicional, que es: amiga, confidente, consejera, protectora, refugio, consuelo en las dificultades, entre otros roles que juega en la vida de sus hijas e hijos.

Yo no he tenido el privilegio de contar con la presencia física de mi madre, pues partió de este mundo hace 58 años, cuando yo tenía 9; no obstante,  espiritualmente siempre he sentido su cercanía, pues en las situaciones más difíciles que me ha tocado enfrentar he contado con su protección. Han pasado muchos años, sin embargo, las huellas imborrables que dejó en mi corazón, me permiten disfrutar de ella este y todos los días, como que si estuviese físicamente conmigo.

Mi madre se caracterizaba por el amor intenso y permanente que le tenía a nuestra familia, a mi padre, a mis hermanos y a mí. Fue una mujer virtuosa, trabajadora, la típica mujer doble jornada, se encargaba de los quehaceres de la casa y, a la vez, mediante el oficio de costurera proveía económicamente al hogar.

Recuerdo que una vez finalizaba con las tareas domésticas, iniciaba con la costura, pero además de eso atendía a hijas e hijos, estaba pendiente de las tareas escolares y dedicaba tiempo a dar cariño. A  mí, aun siendo ya grandecito, me ponía en sus piernas y me cantaba canciones bonitas, que aún recuerdo, en fin, mi madre era abundante en amor. Lo que a mí me quedó de esa etapa de vida, es amor, ejemplo de trabajo, dedicación, disciplina, sacrificio, armonía y paz.

No recuerdo una discusión en mi casa, gritos o maltratos, recriminaciones o quejas por lo que cada quien hacía, lamentos por limitaciones económicas, aunque las hubiese; tanto mi padre como mi madre nos legaron ese ejemplo.

Yo tenía una enorme seguridad y una gran confianza en mis padres y en mí mismo. En esa etapa de mi vida, fui buen alumno, destacado diría, me daban diplomas y medallas al final del año lectivo, salía en cuadros de honor etc. Tenía una estima personal muy alta.

La muerte de mi madre marcó profundamente mi vida. Su partida, entre otras cosas, significó: la pérdida de la persona que más me amaba, que me hacía sentirme amado, protegido y seguro; la pérdida de la persona que yo más amaba y admiraba; la apertura de un abismo profundo en mi corazón, el vacío creado por su ausencia física; la pérdida de la estabilidad, a partir de ese día tomé conciencia de que en cualquier momento la vida se acaba; perder el norte y por ende el propósito para mi vida.
Gracias a Dios, las heridas en mi corazón por la pérdida de mi madre han sanado. Hoy la celebro y me congratulo, de la misma manera de quienes tienen el privilegio de poder abrazarla, darle afecto, recompensar todo lo que su madre ha hecho por ellas y ellos.

Pidamos a Dios que nos ayude a esmerarnos por darles el mejor regalo a nuestras madres, como es: amarlas, honrarlas, respetarlas hoy y siempre.
   

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