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Desde que tenía 21 años, Bernarda Solano asiste a despedir a Santo Domingo. Ahora tiene 72 y su espíritu festivo se mantiene igual. “Somos gente de ñeque”, dice. Desde las seis de la mañana llegó a la iglesia Santo Domingo, cantó la misa campesina dentro del templo, y festejó con los demás feligreses el último de los diez días que la ciudad capital hospedaba a “Minguito”. 

Como ella, cientos de managuas asistieron al cierre de las fiestas de Santo Domingo, para acompañar al santo hasta la comarca Las Sierritas, al sur de la capital. Dentro de la iglesia católica eran visibles las decenas de diablitos teñidos de negro sosteniendo sus penachos improvisados, los niños vistiendo trajes típicos de folclor, y los más ancianos demostrando su devoción, asistiendo a la celebración aun en silla de ruedas. 

A las ocho de la mañana, cuando la venerada imagen salió de su templo ubicado en el viejo casco urbano de Managua, Solano empezó a bailar adentro de su traje folclórico anaranjado. “A un hijo mío que le dio polio. Prometí irlo a traer y dejarlo a traer a pie. Ya cumplí esa promesa, ahora estoy cumpliendo la mía. Yo padezco del colon, tengo pancreatitis crónica, estuve malita de los pulmones y él me hizo el milagro de estar siempre aquí bailándole”, explica.  

Una vez que el santo subió al tradicional barco, adornado con flores, piñas, mamones y cocos, Solano se escoltó entre el cordón policial a su paso por las estrechas calles del mercado más grande del país. Eran unos mil quinientos agentes policiales los que aseguraban el perímetro. 

En el Oriental

  • Al llegar a Gancho de Caminos, la imagen de Santo Domingo fue bajada nuevamente para compartir con la feligresía, en hombros de los cargadores. Las mujeres y hombres tradicionalistas encargados de cargar la imagen saben cómo desplazarse, casi como en un baile coreografiado, de un lado a otro sin perder pie ni perder el ritmo.  

Así logra avanzar “Minguito”, sin detenerse, cargado por los tradicionalistas hasta llegar a su templo en Las Sierritas. 

En el trayecto también bailaba el Cacique Mayor, el tradicionalista Óscar Ruiz, quien vestía su tradicional penacho de plumas a pesar de sus conocidos problemas de salud. Bailaba a paso lento, acordonado y protegido por otros fieles.  

José Adán Guillén, de 29 años, es otro de los promesantes que asistió para acompañar a Santo Domingo en su trayecto de retorno. Lleno de aceite negro, bailaba al lado de su padre, quien le transmitió el amor por el santo patrono de los managuas. “Tengo la fe en el que está arriba y en los dos santos, en Santo Domingo de Guzmán y San Andrés de la Palanca, mi esposa tenía problemas durante el embarazo y le prometí al santo que iba a seguir viniendo si el parto salía bien”, compartió. 

Sempre devota 

El padre de Guillén tenía problemas en los pulmones y desde que su hijo estaba pequeño lo hacía acompañarlo a las fiestas religiosas agostinas. Veinticuatro años después el trayecto es el mismo: él y su hijo acompañan a la imagen de Santo Domingo, por los 12 kilómetros de la ruta, avanzando en la peregrinación al ritmo de marimbas, chicheros y cohetes.

“Si él me lo permite hasta allá llego, a las 6, 7 de la noche que sea”, finaliza Solano, quien seguirá bailando “hasta que Dios me lo permita”. 

A esta celebración, cuyos inicios se remontan a 1886 y abarca los primeros 10 días de agosto, acuden miles de nicaragüenses, unos rindiendo culto a la imagen del santo y otros por simple tradición o curiosidad.

Unas 3,000 personas, entre policías, miembros de la Cruz Roja y Cuerpos de bomberos trabajaron en la seguridad y los servicios de socorro durante las fiestas capitalinas.