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La escritora María del Carmen Pérez llegó a Chile semanas antes del terremoto de 8.8 de magnitud en la escala Richter que se registró en ese país, el 27 de febrero de 2010. Con el miedo por el sismo, uno de los mayores en la historia de la humanidad, llegó también la solidaridad y en esas circunstancias empezó a querer a esa nación. 

Chile le ha abierto las puertas. En 2013 el Estado chileno le otorgó una beca que por medio del Fondo del Libro y la Lectura financió la escritura y publicación de su segundo libro de cuentos: Una ciudad de estatuas y perros (Santiago: Das Kapital Ediciones, 2014). Actualmente, también becada por el Estado y la OEA, estudia un doctorado en Literatura en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Sus cuentos han sido traducidos al inglés, alemán, francés y húngaro. En esta entrevista cuenta un poco sobre su vida, su obra y cómo es vivir lejos del país. 

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¿A qué se dedica?

Entre otras actividades y líneas profesionales de trabajo, me he desempeñado en la docencia, también soy escritora, facilitadora de talleres (presenciales y virtuales) de escritura creativa y encuadernación e investigadora de literatura centroamericana contemporánea. Actualmente soy becaria de la OEA y Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (Conycit), lo que me permite dedicarme por completo a estudiar en un programa de doctorado en literatura en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

¿Hace cuánto se fue del país?

He salido varias veces del país. Viví una temporada en Costa Rica, luego otra en Estados Unidos y ahora vivo en Chile. Llegué con mi esposo y mis hijos a Santiago semanas antes del terremoto de 8.8 en escala Richter del 2010, uno de los más grandes registrados por la historia de la humanidad. Ese fue nuestro recibimiento. En mi blog Animal Inédito cuento ese episodio.

¿Cómo ha sido hacer un hogar lejos de Nicaragua?

Al principio es emocionante, uno siempre se llena de expectativas, pero siempre llega el momento del choque cultural. Y dependiendo de la personalidad también llega el momento del “mal de patria” cuando te das cuenta que extrañás a tu gente, tu comida y tu cultura. Duele mucho estar tan distante de tus seres amados. Sin embargo, moverse de escenario también significa multiplicar querencias, hermandades, amistades, enfrentar desafíos y por tanto integrar los nuevos aprendizajes de lo vivido a ese “otro”/ “otra” que uno viene a ser en el lugar que te recibe. 

Cuénteme un poco sobre su vida como escritora, docente e investigadora en Chile Durante uno de los recitales en Chile.

Como autora extranjera en Chile he sido muy afortunada porque recibí en 2013 de parte del Estado chileno una beca de escritura que por medio del Fondo del Libro y la Lectura financió la escritura y publicación de mi segundo libro de cuentos: Una ciudad de estatuas y perros (Santiago: Das Kapital Ediciones, 2014). También por medio del mismo fondo he recibido apoyo económico para presentar este mismo libro en una gira de autora por las ciudades de Santiago, Nueva York y Managua. Esa fue una linda experiencia. Creo que el cambio de escenario también ha generado en mi escritura un cambio de sensibilidad, una cierta seguridad con el lenguaje, pero también de conciencia con las posibilidades de los géneros de escritura. Quizá esto valió de algo a la hora de escribir mi más reciente libro de poemas: Letras para ser embalsamadas, con el que obtuve, en 2015 en Nicaragua, el primer lugar del Certamen Nacional María Teresa Sánchez. Lamentablemente este libro todavía permanece inédito al igual que el resto de mis libros de poemas.

Roberto Carlos Pérez y sus relatos de vértigo

También puedo contarte que a partir de mi llegada a Santiago comencé a recibir invitaciones para publicar mis narraciones en distintos medios, hasta que en la actualidad algunos de mis cuentos han sido traducidos al inglés, alemán, francés y húngaro y que han sido publicados en revistas y antologías que han tenido impacto latinoamericano entre las que puedo mencionar: Qubit. Antología de la nueva ciencia ficción latinoamericana. Publicada en La Habana, Cuba por el Fondo Editorial Casa de Las Américas en 2011 y Schiffe aus Feuer. 36 Geschichten aus Lateinamerika, (antología de narrativa latinoamericana contemporánea publicada en Alemania) por Michi Strausfeld en 2010. Y El futuro no es nuestro, la antología de Diego Trelles Paz que ha sido publicada en Chile, Argentina, España, Panamá, México, Perú, Hungría y Estados Unidos. Y por supuesto, debo destacar también las antologías Una región de historias y Puertos abiertos. Estas últimas antologías de narrativa centroamericana fueron compiladas por Sergio Ramírez Mercado y publicadas, la primera en Estados Unidos en 2014; y la segunda en México y Colombia por el Fondo de Cultura Económica en 2011. Para mí son publicaciones muy significativas porque por medio de ellas mi trabajo ha cruzado las fronteras. Una de mis narraciones también ha sido recientemente traducida y publicada en la prestigiosa Revista alemana bilingüe Alba. 

Estoy muy agradecida por todas esas traducciones, publicaciones y oportunidades como la invitación a participar del Primer Encuentro de Narradores Centroamericanos “Centroamérica Cuenta”, que Ramírez organizó en 2013. Fue un gran honor. Estando en Santiago descubrí mi pasión por el arte de la encuadernación artesanal. Tomé cursos y ahora integro el curso de encuadernado a mis talleres de escritura creativa. Fruto de esta iniciativa es el libro objeto que titulé: Rama, microficciones, que se ha distribuido en algunas librerías de Managua y en Santiago. Este es un proyecto muy importante que estoy trabajando en colaboración con Martha Cecilia Ruiz y mi hermana Lídice Pérez, porque es parte de la producción que tenemos programada para nuestra editorial: Isonauta Ediciones Artesanales. Nuestro mensaje es simple: las mujeres, si queremos, podemos producir literatura y cultura en cualquier espacio o género de escritura que se nos presente, por muy limitado o mínimo que parezca. Rama es un minilibro que mide 4.5 x 5 cm, más o menos el tamaño de una cajetilla de fósforos, y está bellamente diagramado e ilustrado por Eli López. Editamos 500 ejemplares numerados que se han distribuido silenciosamente pero muy bien. No todas las librerías le tuvieron fe a Rama, quizá les asustaba el formato y el prejuicio de que la gente no supiera valorar el trabajo manual que significa Rama. Pero para nosotras ha sido un rotundo éxito. La mayor parte de ejemplares han salido para el extranjero. Por alguna razón parece haber más público lector fuera que dentro de Nicaragua. Sin embargo, eso no nos detiene en nuestro intento por incidir en nuestras localidades. Queremos hacer un nuevo tiraje de Rama y nuestra editorial artesanal ya tiene una lista de autoras que quiere publicar con nosotras. 

Desde el 2013, cada vez que viajo a Nicaragua me planifico para impartir talleres de escritura y encuadernación porque parte de un proyecto personal quiero promover desde mi colaboración con ANIDE el surgimiento de editoriales artesanales. Creo que en Nicaragua el libro de papel todavía tiene espacio para crecer. 

Con respecto a mi labor docente en este momento está postergada por varias razones, entre ellas porque recibí de parte del Estado chileno (CONICYT) y de la OEA una beca que me permite dedicarme a estudiar el 100% de mi tiempo. Mi proyecto es desarrollar en Chile mi principal línea de investigación que es la narrativa corta centroamericana contemporánea, y tengo como propósito promover los estudios literarios sobre Centroamérica en la academia chilena. Es decir, tener una incidencia desde una de las universidades más destacadas del cono sur: la Pontificia Universidad Católica de Chile, con proyección latinoamericana.

¿Qué tan difícil ha sido adecuarse a otro país, a uno como Chile?

Creo que de cierto modo ha sido bastante fácil porque en general los chilenos son personas muy educadas y solidarias, aunque muy serias. Recuerdo que la primera vez que subí a un bus me dio una impresión tremenda el silencio que había. Nadie conversaba, no había música y nadie parecía conocer la sonrisa. Sentí que todos esquivaban las miradas. Al menos esa fue mi primera impresión hace siete años. En la actualidad todo ha cambiado, hay muchos inmigrantes y todo se ha diversificado o se está diversificando. Entre los extranjeros hispanos comentamos que los chilenos hablan demasiado rápido y que el español chileno es un idioma aparte que hay que aprender. Pero quisiera contarte que con el terremoto de 2010 aprendí a querer a esta nación increíble. Había ocurrido uno de los terremotos más devastadores pero la gente aprovechaba cada momentito en que dejaba de temblar durante las réplicas para ordenar y reconstruir todo lo que el sismo había dañado, se escuchaba gente barriendo vidrios o clavando por aquí y por allá. La solidaridad brotó por todas partes y nadie se entregó al pánico o a la calamidad, sino que todos se organizaron para reconstruir lo dañado. Nadie se sentó a esperar qué le llevaría el Estado, sino que todos parecían tener algo que aportar para los más afectados.

¿Qué dificultades se le han presentado en su vida académica? Usualmente a las mujeres se nos dificultan más las cosas.

Si para las mujeres es difícil conseguir empleo en la academia, lo es más para una que es extranjera y mayor de cuarenta años. Yo soy licenciada en arte y letras y tengo un magíster en literatura hispanoamericana. He trabajado toda mi vida como docente, enseñé en universidades de Jinotepe y en la UCA de Managua, pero desde que vine a Santiago, a pesar de que envié mi CV a distintas universidades ni siquiera me llamaron para una entrevista. Se me ocurre que quizá hay demasiados chilenos jóvenes, y bien calificados, como para contratar a una extranjera para que inicie su carrera académica dedicada a un área literaria latinoamericana poco explorada. Sin embargo, esto no ha detenido mi labor de investigadora de literatura, ni mi participación en publicaciones académicas. Y mi ingreso al programa de doctorado en la PUC es parte de mi proceso de inserción en la academia chilena.  Mi labor docente la satisfice gracias al apoyo de la Biblioteca de Santiago de Chile. Allí viví la felicidad de fundar en 2011, junto a un grupo de amigos el taller de lectura y escritura: “Yo también cuento”, que todavía funciona.

Darío es de Centroamérica

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