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En un estudio de 2010 de la Comisión Económica para América Latina, Cepal, se advierte la seria amenaza que representa el cambio climático para las sociedades y se hace una estimación inicial del costo medible acumulado a 2100, con el más pesimista de los escenarios -basado en los impactos en los sectores agrícolas, recursos hídricos, biodiversidad, huracanes, tormentas e inundaciones- por  73,000 millones de dólares corrientes o 52,000 millones de dólares a precios de 2002, aproximadamente 54% del PIB en Centroamérica de 2008.

Todavía hay incrédulos que no prestan atención a estas cifras, cuando hay suficientes evidencias en nuestro propio territorio: la variabilidad climática está aumentando en intensidad y recurrencia, la temperatura promedio en los últimos 30 años ha aumentado un grado, además se ha incrementado la actividad ciclónica.

Estos fenómenos ya están causando repercusiones, porque la capacidad de adaptación de los sistemas humanos en Nicaragua y Centroamérica es escasa, particularmente respecto a los eventos climáticos extremos.

Nuestra vulnerabilidad es lo más grave. Por ejemplo, debido a los rasgos del relieve y al modo de ocupación del territorio (desordenado y caótico), la región del Pacífico de Nicaragua es un territorio de alta vulnerabilidad a las inundaciones y a los deslizamientos de tierras porque sus ríos son de corto recorrido, generando menor caudal, pero mayor pendiente respecto al Atlántico, lo que implica que las inundaciones se presentan con gran rapidez.

Además, la deforestación, la carencia de medidas adecuadas de manejo del suelo, el abuso de los fitosanitarios, unido a los periodos cada vez más recurrentes de sequía-inundaciones; elevan las cargas de sedimentos que deterioran la calidad de las aguas en lagos y reservorios, pero también modifica los cauces, creando a veces efectos más devastadores, sin que necesariamente se incrementen las precipitaciones.

También generan vulnerabilidad nuestros patrones de desarrollo no sostenibles, como el construir viviendas en zonas expuestas a inundaciones o el reparar un camino que se inunda sin elevar la altura del terraplén; es altamente probable que se vuelva a inundar y se pierda el trabajo.

Somos vulnerables por nuestros hábitos culturales, pues el mar de desechos sólidos en que habitamos, se traduce en contaminación de los cuerpos de agua, lo que afecta nuestra salud. Por ello, a la entrada de cada invierno se invierte en medicinas para curar enfermedades que pudieron prevenirse.

Las presiones que actualmente nos generan la variabilidad climática, se hacen más complejas debido a nuestra alta vulnerabilidad que es fruto del fracaso más grande del mercado, unido a urgencias sociales y económicas acumuladas; pero también la urgente necesidad de un cambio de nuestro paradigma cultural y tecnológico.

No podemos improvisar estrategias para resolver problemas del presente y el futuro con la lógica del pasado, y lo más importante de todo: hay que pasar del discurso a la acción, antes que se inicie un proceso de involución que haría más costosa la carga que le heredaríamos a nuestras generaciones futuras.

(*) El autor es Doctor en Ciencias y Director del Centro de Investigación y Transferencia de Tecnología en Cambio Climático de la Universidad de Ciencias Comerciales