•  |
  •  |

En San Salvador, hace 57 años conocí a Carmen, quien sería y continúa siendo mi esposa desde hace 55, cuando nos enrolamos en la aventura del matrimonio. Carmen había viajado a San Salvador con un grupo de ex compañeras del Colegio Divina Pastora para participar en un Congreso Mariano que se celebró en aquella ciudad.

Por esa coincidencia de lo que llaman destino, Carmen se hospedó en una casa para estudiantes, que antes llamaban de familia, que era el mismo lugar en donde yo me hospedada.

Trabajaba entonces para El Diario de hoy, al que me llevó el subdirector, periodista José Madriz y Cobos, quien profesaba especial aprecio para mi tío, doctor Salvador Mendieta. El padre del periodista Madriz y Cobos fue el ilustre demócrata don José Madriz, quien desempeñó el cargo de Presidente de la República de Nicaragua (1909-1910).

Pero yendo al motivo de este necesario testimonio, confieso que cuando me presentaron a la entusiasta congresista mariana, quedé prendado de la exquisitez y la guapura de Carmen. Y claro, el enamoramiento pasó, de la sutil instancia y añorada presencia manifestadas en mi locura de ensoñación, al lindero de la realidad amatoria.

La tarde siguiente asistí a una cita con Carmen en la Parroquia de La Merced, donde se oficiaría una de las misas del Congreso.

Y allí estuve, a las 5:00 en punto, armado de dos rosas rojas y una radiante manzana de California, pues ya comenzaba a bullir la inminente alegría de Navidad.

Un tanto turbada Carmen recibió el presente, sonriendo. Junto a ella comulgué en la misa. Confieso que tenía años de no hacerlo, pero yo, a toda costa, deseaba agradar a Carmen.

La noche previa a la despedida, en una pequeña fiesta improvisada en casa de una señora amiga de una cercana amiga de Carmen, este Romeo tuvo la oportunidad de tomar las manos de su Julieta, bailar un bolero, halagando al roce de sus mejillas, y despedirnos con un adiós, bajo el cúmulo de promesas en que caen los enamorados. Para mí, lo fabuloso de la fiesta fue haber bailado con Carmen.

La Rosa mi amor está olorosa.
Tiene lumbre de rosa en la mejilla.
Está la rosa pálida y sencilla.
Está mi rosa alegre y pesarosa…

Y no expresa por qué vive la diosa.
La sutil emoción que la encasilla.
Sorprende que la rosa de Sevilla
Se torne más dolor y menos rosa.

Ansío conocer si la distancia
No escanciará la rosa de fragancia
Que floreció la tarde de la espera…

La rosa tiene espina en las manos,
Tiene fuego en los labios soberanos,
Y puede ser la rosa enredadera.

Y sucedió que entre versos, misivas, suspiros y proyecciones de esperanza, poco a poco, fue nutriéndose el amor y vadeándonos el matrimonio.

Confieso que hemos aprendido a vivir, siendo el uno para la otra, en una batalla que ha tenido solamente como límites, la donosura del amor y la fortaleza del aguante. A mí  juicio es la forma creativa y providencial para halar la carreta del matrimonio. Hablan de esto los conceptos bíblicos en Cantares alrededor del Amor: “El amor todo lo sufre, todo lo perdona, todo lo soporta... Me robaste el corazón, novia mía, esposa mía, me robaste el corazón con una sola mirada tuya… ¡Que amorosas son tus caricias, esposa mía, que delicioso es tu amor…!”
Delicioso es tu amor y una dicha es amarte en el tiempo. Y conocer que aún vivamos bajo el esplendente susurro del mar y un titilar de estrellas, en que el amor carece de distancia. Nos hemos hundido en la tibia soledad del amor en donde tu presencia y la pasión del beso sustituye al silencio.

Amada Carmen: he vivido en deuda contigo dentro de la brega de quererte en un amor sin tiempo, luego de cincuenta y cinco esperas que frente al sosiego del otoño, apenas parecen haber transcurrido.

Bajo el indescifrable misterio del amor compartido, quiero hoy repetirte más que en ningún otro momento, que para mí, eres la mejor esposa del mundo, y que te quiero…