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A la memoria de doña Donatila Aguirre

A pesar de que no he podido superar aún el sentimiento de mística nostalgia que aflora a mi conciencia cada vez que me retrotraigo en el tiempo para evocar el barrio de San Sebastián, ubicado en el sector Noroccidental de la vieja Managua, la ciudad que perdimos para siempre aquel 22 de diciembre de 1972, día en que, frente a nuestros ojos espantados, quedó destruida en un instante, sepultada, y lapidada, bajo los escombros, piedras y hierros retorcidos, productos del gran terremoto y del inconmensurable peso de nuestro dolor y de nuestra angustia, he logrado poner en orden, aunque sea sólo un poco, mis pensamientos y recuerdos y expresarme de ese barrio tan querido con la suficiente objetiva serenidad, para escribir y describir todo ese mundo, perdido ya en el tiempo, a pesar de la profunda emoción con la que evoco a todos los amigos con los que compartí mi infancia y la primera parte de mi adolescencia; con los que jugué sobre aquellas calles polvorientas de las que no se borrarán nunca las huellas que dejamos con nuestros juegos: jambol (Hand Ball); la bola envenenada; arriba la pelota; la mancha brava, con los trompos, “paraguas y pasarrayas’’; la rayuela; las bolitas de vidrio a la rueda; los zancos, las tiradoras y las pistolas de palo, para luego, sentados muy cerca unos de otros, comenzar a contarnos cuentos de miedo, de astronautas, como “Flash Gordon en Marte”, de Tarzán, de policías, bandidos y ladrones, para caer luego en contarnos “chiles” y hacernos bromas; que entre si nos  cruzábamos,  cuando veíamos pasar a algunas de las muchachas de nuestro barrio: las Zapata (Teresa, Lila, Gloria y Fanny); las  Recalde (María Adelina y Carmen); las Quílico, de origen colombiano, cuyos nombres he olvidado ahora, aunque nunca las haya olvidado a ellas; a Rosa Edna Aróstegui; a Yolanda Rocha Silva; a Matilde Paiz; a Juanita Blanco; a Juanita Useda, actualmente de Castillo Osejo; a Yolanda Zamora Zamora; a Ana María y Nora Fonseca Talavera, hermanas de Ulises, mi amigo de siempre, e hijas del doctor Horacio Fonseca, renombrado médico, muy querido en el barrio y por todos los que le conocían, y de doña Marqueza Talavera, quienes vivían en el costado Sur de la “Chibolería Gil”, así como a otras jóvenes que adornaban y daban especial encanto a nuestro barrio.

La “Chibolería Gil” funcionaba en la avenida paralela hacia el Este, a la de la Escuela República del Ecuador, o sea la avenida que por el sur comenzaba con el “Taller Balke” en la calle del cementerio occidental, propiedad que fuera de un señor alemán que, en ocasión de la Segunda Guerra Mundial fue recluido como prisionero, junto con otros muchos alemanes que residían en Nicaragua, en el “Campo de Marte”, tétrica fortaleza militar de ingratos recordatorios, que quedaba al pie de la Loma de Tiscapa, y luego despojado de sus bienes por el Gobierno; esa avenida, bajando hacia el norte pasaba por el cine América y el salón América, expendio de cerveza de don Luis Muñoz, posteriormente manejado por sus hijos, Oscar y Róger Muñoz Blandino; pasaba también por la Farmacia Urroz, regentada por su propietario el doctor Tomás Urroz, farmacéutico, profesor de secundaria y violinista; por los talleres mecánicos de Chico Ché (Arias); del consultorio médico del doctor Encarnación Alvarado y de la clínica del doctor Inocente Leiva, los dos ellos, sabios,  filántropos  y humanistas; por la casa de don Arnoldo Blandino, por la Pulpería  de doña Payita, madre de Luis Valle Olivares, quien llegó a ser un abogado muy conocido, que sirviera al gobierno de su época desde muy elevados cargos; la casa esquinera de la familia de don Alberto Vaughan, a la que pertenecieron, tanto la inolvidable Olivia, como Norma, llegando ésta última a ser la esposa del doctor Alberto Baca Navas, viejo compañero de lucha en la Universidad Nacional de León, donde cursamos nuestros estudios de Derecho y nos enfrentamos con firmeza a todo lo que atentara en contra de los derechos de los ciudadanos y, en especial, de los derechos de los estudiantes universitarios.

Inolvidables para mi fueron, entre otros, Germán Zamora Zamora y su hermano Róger, Alfredo Rocha Silva y Rómulo Paiz, contemporáneos míos con quienes me bañé en las lluvias y jugué en las correntadas que en invierno eran tan frecuentes en esa avenida y con quienes me lanzaba en zancos, hasta la calle, desde la alta acera de la casa de doña Panchita Miranda, de la familia de Juanita Blanco y de doña Donatila, ante los “ojos pelados”, abiertos y asustados de Sergio y Danilo Aguirre, entonces muy pequeños, que lucían los colochos de su abundantes cabelleras, siempre bien peinados gracias a la abnegada atención que les dedicaba doña Donatila, esa santa mujer que posteriormente logró formarlos hasta que llegaron a ser brillantes profesionales que han honrado, desde siempre, a su familia, al barrio de San Sebastián y a la Patria.

Yo, impulsado por una extraña fuerza, mezcla de ansiedad y de anhelo, había bajado esa tarde del diecisiete de marzo del año pasado, de sur a norte, sobre la avenida que pasaba por la esquina del consultorio y casa de habitación del doctor Luis Gonzalo Rojas; por la comidería El Nuevo Puerto que era atendida por doña Esmeralda, la madre de Oscar González Benavides, quien era mayor que nosotros, más grande y más huraño; por la casa en donde habitaba don José Ortega Chamorro, quien llegó a ser abogado, hombre de radio, actor y prominente político del Partido Conservador, y me detuve en la esquina de la Escuela República del Ecuador, de la que mi madre Mercedes Quintero era directora, casa en la que al mismo tiempo, yo viviera junto con mis padres, Octavio García Valery, Mercedes Quintero, mis hermanos mayores Octavio y Adolfo, y de mis hermanas, todavía muy pequeñas, Mercedes y Flor, que luego fueron alumnas de la Escuela Pública “José Dolores Estrada”, que existía en esa misma avenida, frente a la casa de los Recalde. Fue entonces que volví en mi, y, al recuperar la conciencia, percibí, como en un mágico y sentimental caleidoscopio, el desfilar de recuerdos tan lejanos y tan queridos entre los que sobresalían las imágenes de doña Panchita Miranda, esposa del doctor Emilio Rothschuh  y madre del ingeniero que se llamaba como su padre pero que era conocido en el barrio únicamente como Emilito; la de doña Donatila Aguirre, madre de Sergio y de Danilo Aguirre Solís; la de mi madre la profesora Mercedes Quintero de García, que al verlas  hacían que uno inconscientemente las asociara a las santas mujeres bíblicas: María, Isabel, Juana, Sara, Marta, Susana, María de Cleofás, y, a aquellas otras que junto con ellas, dejaron marcadas en el camino de los tiempos sus huellas benditas y eternas, para señalarnos a todos los que como yo, hemos extraviado la senda, el rumbo cierto que pueda conducirnos hacia la luz de la verdad y de la vida.

Luego, de donde me encontraba, caminé dos cuadras más hacia el lago, es decir hacia el norte, deteniéndome de pronto en la propia esquina; fue entonces que volví a la realidad, mientras un golpe fuerte de los vientos de marzo sacudía las ramas de los almendros escuálidos de ese solar descuidado y fantasmal, donde décadas atrás florecía el parque de la iglesia de San Sebastián, ubicado esquina opuesta de la óptica de don Deogracias Rivas; frente al restaurante La Dinamarca, por su costado sur, y, por el lado oeste con la casa de la familia de don Octavio Saborío Morales, de su esposa doña Gertrudis Zapata y de sus hijos Octavio, Walter y Merceditas… esa Merceditas Saborío, linda como los lirios y a la que aún recuerdo con nostálgicos suspiros.

Nada quedaba ya de aquel barrio querido donde viví mi infancia y la primera parte de mi adolescencia, idas ya para siempre y, al disponerme a dar la vuelta para retirarme de aquel lugar desolado y regresar por la misma avenida por la que había llegado, sentí, quizá a causa del viento que soplaba haciendo remolinos con el polvo, con los papeles viejos, las ramitas y las hojas secas, más secas que mi vida, un fuerte escozor en las pupilas que me dificultaron la visión, cerré entonces los ojos y me sequé las lágrimas, ya sin ningún disimulo, mientras me parecía y me parece oír todavía, un murmullo en el viento, algo como un susurro nostálgico y lejano de palabras sentidas, entre las que me pareció, con intensa amargura de mi parte, y me parece oír, todavía, “juventud, divino tesoro, te fuiste para no volver, cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer”.