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(Pasando por la casa de Carlos Martínez Rivas)

Pedro León Carvajal
“Schwer verlässt was nahe dem Ursprung wohnet, den Ort”.(1*)
(Friedrich Hölderlin)

1. EPIFANÍA DE LA FEALDAD
Martin Heidegger, “Vom Wesen der Wahrheit” y “Der Ursprung des Kunstwerkes” (2**), tres sesiones de lectura (50 páginas por cada madrugada). La empresa que Heidegger se propone pareciera transparente, amena y sencilla: reformular toda ontología tomista (o sea aristotélica): A) en términos contemporáneos, B) a partir del Dasein (categoría axial, a la que le repugna toda traducción ajena a su contexto, que es el que nos reclama yema y albúmina, todo mundo nos lo advierte de antemano). Aunque, una vez metidos dentro de aquella tupida madeja de referencias textuales, nos encontramos con unas cuantas cabezas cuyas maneras de pensar nos son ya familiares: Heráclito de Éfeso, Parménides de Elea, Pitágoras de Samos, Platón de Atenas, Aristóteles de Estagira, y todavía Tomás de Aquino, para completar los capítulos del Viejo Testamento. Amén de Friedrich Nietzsche, Sören Kierkegaard, Edmund Husserl, G. W. F. Hegel, Inmanuel Kant, Franz Brentano, Friedrich W. Schelling. Más un poeta, de contacto igualmente asiduo y entusiasta, que nos queda de ipegüe: Friedrich Hölderlin. Componiendo éstos últimos personajes, el elenco frecuente del Nuevo Testamento heideggeriano. ¿Viste?


Por otro estrato, para otros efectos, notemos que se reproduce aquí, de manera sistemática, ese matiz de veneración casi religiosa, y más: la mistificación fetichista del pensador de oficio. El hombre que piensa por oficio es un venerable santo laico. Lujo que sólo puede darse y permitirse un país capaz de construir sus relojes, de fundir su acero y de armar sus motores de combustión interna, de producir sus cañones de noventa y un milímetros, junto con sus fusiles automáticos. Mientras, en los demás países… siempre esperan que alguien lo piense todo en otra parte. Cuanto más lejos, mejor.


¿No habíamos quedado en que Nietzsche no era filósofo más que para una (cada vez menor) minoría literata? Pero nada serio, ni genio pan-sistemático, ni monstruo omni-científico (a despecho de su vasta erudición grecolatina), sino un loco entusiasta que no logró engendrar ni sistema ni escuela. Un poeta menor, exhibiendo sus sesos desnudos ante la desdeñosa multitud consumidora de papel impreso, parecía...


Por lo demás, para que nos vayamos vacunando en salud, en el ensayo introductor de las primeras 35 páginas, ya nos proponen un par de definiciones traducidas del dichoso Dasein, aunque erizadas de salvedades y adendas inevitables.


A fin de cuentas, uno de los puntos que parece más interesante aflora en cuanto nos ligamos a la corriente de una estética donde la palma de la belleza va a serle concedida a la verdad, que de repente resulta grosera, calva, desdentada, bizca y, en general, escasamente atractiva. Pero que nos conecta con el circuito de ciertas premisas artísticas generales, las que suponen necesario el dinamismo de la fealdad, elemento predominante en la médula de las artes y las letras contemporáneas, para dar sustento a las realizaciones estéticas paradigmáticas de nuestro tiempo actual.


Con lo cual cerramos otro círculo, porque regresamos directo hasta Lizandro Chávez Alfaro, hasta Carlos Martínez Rivas, hasta sus crudas y amargas visiones del mundo, a la visión descarnada de sus familiares, por ejemplo, al implacable proceso parricida y fratricida que cumplen ambos literaria y (en la comunicación de ideas y la relación sentimental) hasta personalmente. Para aterrizar luego en el demorado examen de la relación hombre-mujer, desde un abanico de posibilidades conflictivas, discordantes. Aparte del cultivo del retrato anti-heroico de personajes. Jeremías Lezama, en “Jueves por la Tarde”, por ejemplo, en Los Monos de San Telmo, inaugura una nutrida galería de antihéroes que detallaremos más adelante. Mientras tanto, evoquemos al elenco de zurdos protagonistas, a los coros horrísonos y las comparsas grotescas de El Monstruo y su Dibujante, Fantasmas y pretextos, Murales USA, Infierno de Cielo, Antropologías, Los Estatutos de la Pobreza, A la manera del Murciélago...


2. COLUMPIO
EN PLENO VUELO
Segunda lectura de Columpio al Aire. Suspensión interina de los estudios de la obra reunida de CMR. En cambio, una vez releído el prólogo, termino de releer ese artículo sobre metafísica y ese otro sobre la esencia de la verdad, de Martin Heidegger. Lo cual es apenas otra manera de buscarle cabos de sustentación a mis hipótesis sobre el comportamiento frecuente (aunque tampoco es tendencia general) de algunos literatos nicaragüenses ante, con, hacia y por las artes visuales. Es otra manera eficaz de fundamentar sus preferencias expresionistas, su precoz advertencia de los rasgos esenciales de fealdad, violencia y crueldad que identifican a nuestra estética contemporánea. Fenómeno que (tampoco deberá ser sorpresa alguna) el primero en advertir fue Rubén Darío, dejando constancia de ello, escrita en sus crónicas de los salones parisinos, entre 1902 y 1906, junto con otros artículos sobre artistas individuales, que escribiera durante esta misma época.


De Columpio al Aire, señalemos los meandros del delta anecdótico diverso en que se disgrega el final. Un hecho central en las vidas del elenco viene a ser un incendio. Para algunos, resulta motivo de desgracia y decadencia definitiva, mientras para otros representa un campanazo de prosperidad. Como tema plástico, como espectáculo visual, ya había sido desplegado y desarrollado en “Jerónimo quemándose”, de Trece Veces Nunca, y en “Fragor de la Inocencia”, de Vino de Carne y Hierro, con una clara alusión a la persistente contaminación y destrucción de nuestra Madre Naturaleza. Tema y bandera de lucha que, en este autor, no deberá verse aislado, en abstracto, sino ocupando el debido espacio y función dentro de un sistema complejo de vasos comunicantes, es decir, en el contexto de un cuadro coherente de ideas y principios políticos, sociales, artísticos, humanísticos.


En los empalmes narrativos cruciales de la novela se trama un  enlace entre Bluefields (realidad persistente, nudo de conflictos irresueltos, con implicaciones y tensiones raciales, familiares, religiosas, económicas, políticas y, por supuesto, jurídicas) en contrapunto con la mítica Greytown, realidad perdida, terra incógnita historiográfica y literaria. Suelo patrio de las “eras imaginarias” que José Lezama Lima y sus discípulos procuran como inagotables veneros mito-poéticos. Explorables, cultivables fronteras de nuestro territorio histórico y literario, exploradas y colonizadas por Lizandro. Un cuerpo de mitología, sustentado por el espectro amplio de las reivindicaciones históricas de unas etnias, de unos pueblos concretos. Aquellos pueblos que sólo son percibidos veladamente y de reojo por las historias oficiales. La ficción de Lizandro es una lectura que descubre y explora la textura fantástica de nuestro pasado irrecuperable, pero al mismo tiempo advierte, perfila, determina y proyecta. Declara su compromiso solidario, asume una posición que es principio, hasta el final de su vida.


Ahora bien, el incendio de Greytown es provocado por el cañoneo de la piratería inglesa, y está descrito como secuencia de escenas discretas en Columpio al Aire. Desgracia que nos ataca indefensos, desde afuera. Mientras que el incendio de Bluefields (faya bon, faya bon) es perpetrado por los comerciantes civiles, cazadores de jugosos seguros, con la consecuente reacción forense y policial, por parte de las compañías aseguradoras.


El narrador delimita aquí su territorio mítico, tanto en el espacio como en el tiempo. Partimos de  una época concreta, 1896, año de la llamada “Incorporación de la Mosquitia”. Algunas vertientes de enlace con el pasado nos llevan a Europa, a Alemania y Holanda protestantes y evangelizadoras de los siglos XVII y XVIII. Los fundamentos remotos de un complejo crisol cultural. Subsuelo ideológico que sustenta la leyenda real y verdadera del Reino Miskut. La narración es un fruto de muchos mestizajes. Amancebamiento promiscuo entre lo histórico y lo fantástico. Pero ¿cuál es el objetivo? ¿Corregir lo fatalmente actuado? ¿Mentir decorosamente? ¿Esconder las verdades feas de un pasado infamante?
Nada de esto, en este caso, ni por señas.


Lizandro termina proponiendo una utopía, es verdad, pero apenas como diseño proyectivo, como conclusión necesaria al final del fatigoso y complicado análisis de tantos pormenores históricos injustamente desvirtuados. Igual ha sucedido en el análisis de sus relaciones familiares, ya sean las paternas, las filiales, las maritales. De manera muy semejante, en el análisis del pasado histórico, de la situación de nuestra consciencia social y del doloroso proceso de su confirmación, las verdades que Lizandro encuentra lo decepcionan, lo amargan, y deberían sabernos mal a todos. Pero son fieles a aquel principio estético que supone un necesario sustento ético en toda actividad espiritual, y que presupone el establecimiento, el descubrimiento, la revelación de la verdad (tal como afirma, a fin de cuentas, en el texto referido, Martin Heidegger) como finalidad estética fundamental.
3. ENTRE PRIMERA Y TERCERA PERSONAS DEL SINGULAR
A lo largo del desarrollo de la obra narrativa de L. Ch. A, se da el paso de una tercera persona abstracta y omnisciente, a una primera dubitativa, intestina y entrañable. Paso determinado, en considerable medida, por las exigencias autobiográficas. De todas maneras, a lo largo del proceso llegamos a configurar un “yo” narrador, que se identifica sólo hasta cierto punto con las particulares circunstancias biográficas del autor. A este “yo”, le sucede un poco lo que al “yo” de Johann Gottlieb Fichte, que resultaba siendo un yo abstracto y universal (si se nos permite recurrir al disparate fundamentado y erudito). O, si vos preferís un ejemplo más potable: resulta posible compararlo con la evolución del “yo poético” de Pablo Neruda, al respecto del cual recién releímos una antología en dos volúmenes, acompañada paso a paso por los comentarios del antologista***. Así hemos descubierto que el ascenso, la promoción gradual de hondero entusiasta a capitán versificador, por ejemplo, consumió títulos escolares, hectolitros de vino, mudanzas domiciliares, comicios nacionales, escaños parlamentarios, matrimonios, separaciones, divorcios, exilios, viajes trasatlánticos, guerras civiles…  
Notemos sí que en Lizandro el impulso autobiográfico es rigurosamente selectivo, sujeto a estricta regla. Se da además en jalones, por etapas discretas. Aparece disperso en varios focos guerrilleros a lo largo de su obra. Trágame Tierra, Monos de San Telmo, Trece Veces Nunca, Vino de Carne y Hierro, Hechos y Prodigios.
No se trata pues de aburrir a nuestros lectores, devanando prolijos los menudos narcisismos insignificantes del mamotreto de nuestras memorias subjetivas, tal como amenazara, en determinado momento, volverse moda entre el INTECNA y los muros de Xalteva, o entre Acahualinca y el barrio Domitila Lugo (no citemos, por caridad, títulos de libros ni apellidos de autores).
El viaje hacia el mundo submarino, anfibio, de la memoria, es un viaje cuyas estaciones en Chávez Alfaro están dadas por una procura esencial de identidad. Los vestigios primeros que se descubren a través de semejante jornada revelen la presencia definida de una vocación y de un destino, los fundamentos de un temperamento y una personalidad humanos (demasiado humanos, ¿no?). Sociología, psicología, biología, etno-antropología, semiología, semiótica y hermenéutica, son algunas ciencias que nos ofrecen auxilio para descifrar el significado entrevisto en esos trazos, que obedecen tanto a una lógica de expresión visual, como al desarrollo de un coherente discurso literario. Estos momentos clave, estas epifanías autobiográficas desplegadas en la narrativa de Lizandro, implican descubrimientos, revelaciones y tránsitos decisivos hacia estratos inéditos en la evolución de las categorías del ser. Etapas en el Camino de la Vida, tal como habría dicho Sören Kierkegaard.
Veamos, por ejemplo, el descubrimiento meridiano de la propia consciencia pre-adulta, la advertencia intuitiva de sus etapas cumplidas, tal como se nos plantea en Arcos Inconclusos, en Hechos y Prodigios. No se me ocurre, por lo demás, ninguna ilustración más vívida y completa, para proponerla como ejemplo para los jóvenes lectores centroamericanos, de la sustancia escurridiza del Dasein heideggeriano.
Ahora bien, estas raíces del discurso narrativo de Chávez Alfaro   son contrapunteadas por la expresión dosificada de sus temores, sus pesadillas y fantasmas persistentes, por el territorio cultivable de su mundo subconsciente.
Ejemplo clave: el sexo femenino, descubierto al mismo tiempo como fuente inagotable de fascinación y de miedo (la negra Cashú, en VCH). El lado oscuro de las relaciones sexuales es analizado en sus facetas más siniestras, Canoras fascinantes, explora extremos de bestialismo. Bestialismo y sodomía constituyen los ejes narrativos de Encuentro Ritual y del relato Vino de Carne y Hierro. O la fascinación y el horror ante un aquelarre en el Bosque de Wesfalia. En tales relatos, el buril del aguafuertista destaca los flancos crueles de unas mujeres destructoras, nocivas, letales.  
En contrapartida, otras narraciones destacan figuras heroicas y sabias de mujeres, ninguna de ellas de raza blanca. Una ilustre dinastía de tías y sobrinas indígenas y mestizas en Nómina de Huesos. Pintisilis Cooper, Viola y Tisy Hendy, admirables heroínas culturales, de limpia y hermosa piel oscura.
Punto álgido: los papeles determinantes que pueden ejercer desde sus segundos planos las figuras capitales: papá y mamá. El fino perfil de otras figuras menores: las hermanas, hijas de Pedrón, en Monos de San Telmo, las hermanas del guerrillero en Trágame Tierra. El hermano mecánico automotriz, en Ciudad Encinta, en TVN. Y luego, los padres arrogantes, herméticos y las madres punitivas que reaparecen con diferentes señas, en diferentes relatos, en diferentes tiempos y lugares.
La trasgresión homosexual (tema barroco, con zapatillas de charol) es ejemplo de los extremos pervertidos en que puede desembocar el impulso sexual. Es abordado en Trágame Tierra, a título de ejemplo de rebeldía e irrespeto al canon paterno, como forma atenuada de conducta parricida. En Vino de Carne y Hierro, narración final del libro homónimo, hay un sensible cambio de perspectiva. Una drástica inversión de términos, el homosexual es el padre del jefe guerrillero. En Trágame Tierra, en cambio, tanto en el retrato, en el diseño de actitudes y en las situaciones que confronta, prevalecía una intención de sainete, de entremés jocoso, en vísperas de la trágica muerte del joven protagonista guerrillero.
En general, ninguno de estos temas o asuntos observa un comportamiento estático, todos son sujetos dinámicos de evolución y reflexión, de cambios y de mejora progresiva de perspectivas, lo cual nos llama a mantenernos constantemente atentos sobre el sentido de sus diversas fases, y lo que convierte en una fuente permanente de hallazgos y sorpresas la apenas estudiada y explorada obra conjunta de Chávez Alfaro.

(Tegucigalpa, mayo de 2008 y mayo de 2010).
Notas suntuarias:
(1*) “Arduamente deja el lugar aquello que mora cerca del origen”, Holderlin.
(2**) Martin Heidegger (1889-1976), “De la esencia de la verdad” y “El origen de la obra de arte”, deben existir traducciones al español, yo las desconozco. En cambio, he leído, releído y anotado una traducción al inglés: “Martin Heidegger, Basic Writings”, “On the essence of Truth”, “The origin of the Work mof Art”, Harper & Row, Publishers, New York, 1977, páginas 113-187).
(3***Pablo Neruda, Antología poética, en dos tomos. Prólogo, selección y notas de Hernán Loyola. El Libro de Bolsillo, Alianza Editorial, Madrid, 1981)