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He decidido escribir esta carta motivado por la forma en que los periódicos amarillistas han enfocado mi situación con respecto a la muerte de mi amante Alicia Betancourt. No pretendo con esta carta justificar hechos ni actitudes, tampoco que al explicar lo ocurrido me sea conmutada la pena de muerte.

Durante toda mi vida con Alicia, logré desarrollar una filosofía sobre la muerte, que me acompaña en estos momentos finales. La muerte en definitiva no me preocupa, porque mientras yo estoy, ella no existe y cuando ella llega, no estoy.
Quiero contar lo ocurrido de la manera mas clara posible, porque considero que después de leer esta carta, muchas personas que viven circunstancias similares a las mías podrán reflexionar a tiempo.

Empezaré por decirles que nací en una villa al norte de la ciudad de Managua, de la cual no me  interesa darles mayores referencias, pues  no lo considero importante. Creo que lo esencial de mi relato está en los intensos momentos emocionales y en la capacidad que tenga para transportarlos hacia ese estado anímico indefinible, dentro del cual grandes decisiones se toman en fracciones de segundos.

De nuestra mente se apodera una obsesión que no nos permite ver ninguna salida, solamente la idea fija que se convierte en solución única y verdadera. Esto fue lo que me llevó a actuar en forma extraña. Y digo en forma extraña, porque para mi apacibilidad, todo lo ocurrido rompió mis referencias originales de comportamiento.

Al repasar con calma mi vida y mis viejas motivaciones, puedo precisar los pensamientos que alberga sobre la muerte.

En verdad, nunca me preocupé por escudriñarlos, antes bien, con mucha rapidez me encargaba de apartarlos de mí.

Antes de conocer a Alicia, mi vida se movía dentro de la rutina y la tranquilidad, con todo y la desconfianza que estas palabras me acarrean. Estoy convencido que fueron inconcientes impulsos los que nos llevaron a Alicia y a mí a acercarnos. Tengo claro en la memoria nuestro primer encuentro: Fue un 25 de Mayo en una exposición de pintura, cuyos motivos expresaban sentimientos de muerte, tristeza y melancolía.

Al intercambiar miradas con Alicia nos embargaban sentimientos de solidaridad, de atracción mutua, entendimiento, sin podernos explicar las causas de aquellas sensaciones.

Poco a poco fui conociendo las facetas determinantes de su vida. Todo esto me sumergió en un mundo sumamente complejo, que se aumentaba por mis propias complicaciones.

Alicia Betancourt fue educada en un colegio de religiosas. Su madre, de condición humilde, hizo increíble esfuerzos por costear sus estudios. Como era natural, Alicia recibió toda la descarga de frustraciones, prejuicios, temores y tabúes de las monjas. Lo que la terminó convirtiendo en una niña huraña, retraída, solitaria y profundamente triste.

Mientras permaneció en el colegio (esto me lo refirió ella), pasó contándoles a sus compañeritas que su padre era Embajador de un país africano. Esto lo creía hasta ella misma, puesto que así se lo había dicho su madre. No fue sino, gracias a la indiscreción de una vecina, que se enteró que su padre había sido un insigne bohemio que transcurrió su vida entre versos y tragos.

Un día apareció muerto en una calle de la capital, víctima de intoxicación alcohólica. Este conocimiento no le produjo ninguna sensación de dolor o frustración, y más bien lo vio con la más absoluta indiferencia. Por mi parte, el conocimiento que iba teniendo de Alicia y de extraña personalidad, fueron los resortes que me llevaron a mi propio escudriñamiento.

Cuando Alicia era niña sufría de insomnio. A media noche se levantaba sobresaltada, llorando. Su madre acostumbraba dejarla bastante tiempo encerrada en su cuarto, e inclusive, hasta se olvidaba dejarle encendida alguna luz.

Posiblemente esto hizo que desarrollara mecanismos de defensa sumamente complicados.

Es probable que para tolerar esta situación haya tenido que aprender a convivir con la soledad y a enamorarse de la noche. Talvez esto explique su predilección por los motivos oscuros, tristes, y su pasión incesante por la muerte.

Su madre partió al cementerio un día de tantos sin ninguna novedad. Murió sin enterarse cual había sido el producto final de su vida. Alicia la acompañó con sus grandes ojos, aparentemente apagados de emoción alguna.

Transcurrido algún tiempo del fallecimiento de su madre, Alicia empezó a construir en su casa  una muralla de unos cuatro metros de alto y al frente colocó verjas negras.

Con esto la casa adquirió el aspecto de una pequeña fortificación medieval. Enredaderas de aspecto mustio empezaron a cubrir las partes exteriores. Un perro con ojos de fuego y recio aspecto cuidaba la entrada principal (el perro murió unos días antes de lo ocurrido).

Ella tenía mucho tiempo de utilizar en su forma de vestir, colores negros y oscuros, lo cual, unido a sus ojos hermosamente tristes, le daban un absoluto encanto. Igual que esas noches largas y apacibles que deseáramos poseer alguna vez en nuestra vida.

Para mí, estaba claro que había sucumbido a aquella atracción salvaje. Se reflejaba en mi inquietud por verla, por buscarla, por propiciar nuevos momentos para estar juntos. Tenía conciencia que nuestra relación no iba a deparar nada saludable; sin embargo, no podía renunciar a ella.

Estoy convencido que a Alicia no le hubiera gustado llevar una vida tan conflictiva. Toda su vida trató de pasar desapercibida como una sombra que se desliza sin hacer daño y sin que nadie le haga daño. No obstante, las fuerzas encontradas de su espíritu la impulsaban a formas de conducta contradictorias: rechazaba a la gente, prefería estar sola y no le gustaba que le manifestaran cariño. A pesar de todas estas manifestaciones de su carácter, considero que había, alcanzado niveles de comprensión que hasta cierto punto me permitía  controlar la situación.

Puedo decir, en honor a la verdad, que mucha gente la veía con respeto. Esto se debía, según me pareció, a que identidades dispersas se sentían acompañadas de aquella criatura de aspecto lúgubre.

Sé también que a mis conocidos les llamó la atención que el hombre apacible que era yo, anduviera tras su ruina, por la insana pasión que me despertaba Alicia  Betancourt.

Como ya deben haber apreciado a lo largo de este relato, llegó un momento en que todas las tristezas y flagelos de Alicia me pertenecían. Se hizo una extraña mezcla de sus actos con los míos, con lo cual considerábamos estar en una ayuda. He pensado posteriormente que lo que hice al conquistar su mundo interno, fue romper el equilibrio más  importante de su existencia. Es decir, la soledad para Alicia era un elemento vital. Eso fue  lo que yo rompí: su elemento vital.

La continuidad de nuestras relaciones nos fue llevando a una dependencia emocional asfixiante. Era normal que en nuestra noche de amor Alicia me bañara con su llanto el pecho; armábamos y desar-mábamos el mundo, le encontrábamos mil variantes a la existencia, resolvíamos los problemas mas sentidos de la humanidad, llegábamos a conocer las causas de nuestros lacerantes estados anímicos. Finalizábamos estas sesiones de verdaderos balances emocionales, llorando los dos al amparo de la noche.

Ésta situación fue en un aumento incontrolable, hasta volverse histeria, neurosis o no se como se llame. Cada día quería justificarse la vida de distintas maneras. No era grato para mí ver a aquella criatura tan amada en esas situaciones.

En estos momentos siento que no puedo describir la angustia que me asaltaba cada vez que llegaba a su casa. Todo el día pasaba imaginándome la escena que me esperaba por la noche. Así, la fragilidad de mis nervios iba cediendo a una desesperación agobiante.

Por más que me exprimía el cerebro y me desvelaba no le encontraba salida a mi situación. Me sentía en una dolorosa trampa.

Cada día Alicia inventaba una nueva forma de matarse con pastillas, con cuchillas de afeitar, con armas de fuego. Siempre con mi voz cada vez mas cansada me encargaba de persuadirla, hasta que al filo de la madrugada se quedaba dormida. Mientras tanto, mis reflexiones me dejaban con los ojos abiertos, pegados al techo.

“Creo que ella ansía la muerte, pero no encuentra la forma de encontrarla, sin hacer daño a alguien, a mí tal vez”. Esto pensaba por las noches y algunas tardes en la laguna, mientras con mis ojos cansados dibujaba espectros con las nubes. Mi mayor temor era que ella se matara, desapareciera.

No me lo podía imaginar sin que un terrible dolor me atravesara por dentro y los remordimientos y la culpabilidad se apoderaran de mí. Estos pensamientos y sus constantes amenazas suicidas me acompañaron largos meses. Dormía muy poco y una vejez prematura era evidente en mi rostro.

Un día de sol muy claro, logré imaginarme a plenitud que Alicia Betancourt estaba muerta, reposando en su caja mortuoria, y la vi feliz. Este pensamiento no me produjo ningún dolor y por el contrario, sentí una honda satisfacción, me sentí radiante. Afanado traté de buscarme escondidos remordimientos y no encontré nada dentro de mi, solamente tranquilidad, satisfacción.

Todo estaba resuelto. La ejecución fue sencilla.