•  |
  •  |

Esta obra de la escritora Blanca Rojas viene a ratificar en la literatura nicaragüense, la afirmación del género narrativo, y revela aspectos varios e ignorados de una autora inusitada, impredecible, aislada y en el centro, beligerante y risueña. Será la autora esta muchacha que entre líneas protagoniza esta peripecia:

El temor del peligro estaba presente ese Domingo de Ramos en que un grupo de militares y civiles decidieron terminar con la vida del General, combatir a los abyectos militares que lo protegían y defender la Constitución. El miedo me cortó el aliento e invoqué las palabras de mi abuela: “Sangre de Cristo, protégeme”.

Blanca Rojas, nacida en Diriamba el 3 de octubre de 1935, surgió tan vinculada como apartada de la ebullición literaria y política porque residía fuera de Nicaragua: desde 1952 estudiaba periodismo en México, participando de aquel ambiente cultural donde convivía el muralismo y sus detractores, los republicanos españoles y los nuevos intelectuales y cineastas. Nutrida de estos entusiasmos por lo Indohispano y moderno, volvió a Nicaragua en el año del ajusticiamiento de Somoza García, 1956, para salir después hacia Europa, especialmente a Alemania. Su producción escénica, igual que la narrativa, se ubica pues en el centro de nuestra modernidad: Los verdaderos días (Managua, Litografía San José, 1965), La noche de la basura grande (Managua, Fondo Editorial CIRA, 1991) y La soledad tiene un nombre (Managua, Edición personal, 1991, tiraje de 300 ejemplares).

Esta nueva obra, La ruta del General y los traspiés del viejo caudillo verde (Managua, Editorial Hispamer, 2010), es en verdad como texto escritural, moderno, a varios tiempos, pasado infantil evocado y pasado reciente, una novela –o será novela ?-- pero que revela todas las trasgresiones y aperturas que permite desde James Joyce, como dijimos, una novela --es novela?, me interrogo reiteradamente-- que es más que una novela para ser un múltiple reportaje periodístico: una autobiografía en primera persona que se funde y confunde en la invención de muchos personajes: La abuela Toribia, doña Ignacia Tomé, el tío Juan Carlos, Tomás Echaverry Echegaray, la tía Carmela, la Gata Negra, la prima Graciela. No se crea que por crónica y prosa no está llena de periodos rítmicos, refranes y de imágenes verdaderamente poéticas. Veamos este sólo párrafo con un claro acento poético:

Cuando estaba triste consultaba a las estrellas a las que nombraba con conocimiento y cariño como si fueran sus amigas ¡ah! Y en tiempo de Pascua y de Semana Santa hacía unas comidas deliciosas a base de carne roja y de leche de coco, o bien, guisado de toronja y carne de pollo.

(…) El sereno y los astros ayudan a purificar las ideas.
Y un testimonio político de sus avatares en los cuales se le ha visto participar incluso hasta en el presente, como una de las ideólogas del Partido Unionista Centroamericano. Podría afirmar con la nueva intérprete y crítica Jacqueline Chénieux-Gendron que: “si hemos percibido hasta qué punto lo “imaginario” surrealista sigue siendo el punto de galvanización de toda la actividad poética (entendida en el sentido más lato, sin preocuparse por el modo de expresión ni de género)”. De aquí el uso y abuso de los refranes, los apodos que se prestan para la carnavalización, las frases hechas o tópicas y los lugares comunes.

Esta obra, con un raro título, pues desplaza mucho de lo mejor de la novela, para aparentar o representar la vida de varios pillos y héroes de nuestra política: La ruta del General y los traspiés del viejo caudillo verde, bien podríamos decir que contiene varios mundos girando entre mezclados y entrelazadamente pero con distintos compases; no es una novela lineal sino que es mixta en tanto cruza el pasado con el presente, el relato con el retrato o los retratos muy bien logrados, tanto que son capaces de recrear o interpretar una época, el retrato burgués del siglo XIX, pintado por Toribio Jerez, Ramón de Santelices y Adolfo León Caldera. Retrato nada estático, sino dinámico, que se mueve por paisajes que según la acción ocupan un primero o un segundo plano. El retrato, nunca hay que olvidarlo, por muy mediana que sea una obra, tiene el antecedente nada menos que en Cervantes; retratar fisonómica y sicológicamente es cervantino.

Tomemos al azar tres retratos o ejemplos de distinta naturaleza, entre una amplia galería que es de lo mejor del texto. El abuelo que parece ejecutado al carboncillo con todo su aire patriarcal:

El abuelo Tomás, un viejo chapado a la antigua, esclavo de la levita y el reloj de bolsillo, tan puntual como el minutero de las horas. Con un bigote blanco que le cubría los labios superiores donde jamás se retrató una sonrisa.

El padre como un músico mágico de cualquier ciudad europea medieval:
-Mi padre era músico, maestro de escuela. Le encantaba tocar el clarinete. Lo hacía tan bien que adormecía a las jóvenes casaderas. Cuando las gallinas en la huerta se alborotaban por la presencia de algún zorro o comadreja, mi padre comenzaba a pulsar el clarinete y ahí nomás dejaban de cacarear: era mágico en el arte de la música.

Y el retrato también en claroscuro con matices infernales y celestiales de Fray Santiago Ponce:

Un franciscano regordete y cachetón que hacía brotar de sus poros el hedor pestilente del ajo y el sudor seboso del aceite.

Poseedor de unos ojos negros inquietante, enmarcados por las cejas tupidas donde se entremezclaban lo negro de su pelo y lo canoso de los años. Agrio como el vinagre y soberbio como el pavo, la humildad franciscana jamás se posó en su sayal ni en la coronilla bien delineada que mostraba en su cabeza alta y respingada. Había venido de España a catequizar indios, a evitar que comieran piojos y que sus dedos sirvieran de relicario a las niguas.

Es mixta o abierta en cuanto podría leerse como un relato regionalista y costumbrista en las haciendas de café y en las entonces aldeas de San Marcos, Diriamba, Jinotepe, Managua y a su vez, como una novela urbana, de las grandes ciudades como México llenas de riesgos y peligros, la Avenida Insurgentes, el Paseo de la Reforma, Xochimilco, el Bosque de Chapultepec, Hotel Oxford, la “Colonia Roma en el recodo de la calle Jalapa y Durango”; un relato oral, una prosa espontanea; es mixta en tanto entreteje o trama la historia de Nicaragua en el siglo XX con la ficción, con la fabulación.

La ruta del General y los traspiés del viejo caudillo, acaso debió de haberse titulado La niña que soportó varios inviernos y digo títulos para delimitarme yo mismo la visión y valoración porque más que títulos son varios los mundos giratorios de la novela: la infancia maravillosa, encantatoria, los sucesos y levantamientos políticos y el paisaje natural y urbano. Solo quiero referirme a la dinámica del mundo religioso, devoto, mágico, primitivo, supersticioso, encantado de una criatura “niña flaca y desmedrada como un renacuajo” y un mundo realista histórico político lleno de los traspiés risibles y trágicos de un caudillo verde y la truculenta y cruel trayectoria de un general. Estos son los inviernos, las tempestades, los huracanes de la historia de Nicaragua, no sólo los meses de lluvia que desatan las enfermedades y pestes que afectan principalmente a la población infantil. El vocablo:
El general parece ser hijo bastardo –como los llamaba la oligarquía—o natural, de doña Julia García de Somoza, quien vivía ya anciana en la hacienda “El Porvenir” de San Marcos, con otro general, el camaleónico y cínico general José María Moncada; Somoza de este texto arrancó como gallero, de gallero pasó a violador de peonas, una de las cuales le parió un indiecito moreno y pelo parado, que crío y defendió su abuela Julia. Se trata del “papa Chepe” de la Guardia Nacional; antes de político y militar fue explotador de campesinos junto con su hermano Julio Somoza García; emigrante en los Estados Unidos aprendió un inglés vulgar y saltó a falsificador, de falsificador a inspector de letrinas, de inspector a novio galán y esposo de una hermosa muchacha leonesa, hija del sabio Luis H. Debayle y de doña Casimira Sacasa, del clan Sacasa, cantada en su adolescencia con tono profeta y dolido por Rubén Darío: “En este mundo de ansias infinitas,-Todos buscamos la salvación, Ay, Salvadora, Salvadorita, Salva primero tu corazón…No martirices tu ruiseñor…”

La aristocrática joven no pudo rescatar o salvar su corazón o ruiseñor y cayó en las manos de Somoza, quien junto a su kepis, medallas y charreteras la hizo una elegante, prepotente y pechugona primera dama vitalicia cómplice de todas sus fechorías… De chulo de dama diplomática, a jefe director de la Guardia Nacional: dio los golpes de estado que quiso, exilió a su tío político, el médico Juan Bautista Sacasa, llamado por su extrema cortesía, “la nulidad sonriente” y al no menos ingenuo doctor Leonardo Arguello, quien a “constitucionalazo” limpio quiso darle el golpe de Estado a Somoza; asesinó a enemigos políticos, expropió bienes y haciendas de extranjeros, masacró a civiles y militares que participaron en el movimiento del 4 de abril de 1954, entre ellos coterráneos y amigos de la autora: Pablo Leal, Luis Gaguardi, Adolfo Báez Gómez, Rafael Praslin, Agustín Alfaro, Manuel Gómez, Juan Ruiz…

Esta es acaso la trayectoria del general.

Las casi 400 páginas de la obra parecieran no estar divididas en capítulos ni partes solo por algunos blancos mallarmeanos, pero se estructura en la alternancia de épocas y episodios, para soltar un torrente, un chorro verbal que de la nada va construyendo y barajando la ficción y la realidad. “El narrador omnisciente generalmente coincide con el narrador extradiegético y el narrador personaje corresponde al narrador intradiegético”, enseña el crítico nicaragüense Nicasio Urbina. El mismo comienzo de la novela que podría tenerse como el nacimiento de la autora está signado por los presagios y pronósticos:
Nací flaca y desmedrada como un renacuajo. Por ello la partera le dijo a mi madre:
-Esta niña no soportará el invierno.
Llovía a cántaros. Octubre es uno de los meses más lluviosos del invierno y provisto de una rayería endemoniada que retumba ensordecedora en los tímpanos.

Mi padre no aceptó el pronóstico y contradijo a la comadrona que se había pasado la noche y parte de la madrugada pujando al lado de mi madre para que yo naciera.

-Sí, sí que lo aguanta y muchos inviernos más.
Las primeras páginas del texto nos ubican en sagrado, “con solemnidad sagrada”; más que sobre el regazo de la abuela la niña reposa sobre los mitos, entre alas y mantos, entre vírgenes y santos, como San Miguel arcángel y Santa Lucía, Santa Bárbara, Santa Eduviges, San Luis Gonzaga, San Judas Tadeo, toda la corte celestial, entre arcángeles y demonios: “Un día martes encontré a la abuela en su oratorio encendiendo velas y clamando salves. Con un nerviosismo estrepitoso, gemía a más no poder, agregando: Lo peor que le puede pasar en vida a un cristiano es morir sin arrepentirse; y hacer sentir el poder divino sobre la flaqueza humana…”

La leyenda iba tomando cuerpo, dando vueltas, introduciéndose por las noches en las casas donde había niños recién nacidos. Y las palabras estaban a punto de labio y anécdotas de tertulias, estáticas, claras, para recordar la maldad materna y
-Sea maldita por los siglos por botar al hijo de sus entrañas. Y el ronronear de las respuestas.
-Así sea.
Doña Ignacia Tomé soplaba a pulmón abierto los húmeros de incienso y de romero para enterrar las malas lenguas, mientras pringaba azorada con agua bendita y creolina las paredes de la casa, alejando de esta forma los rasguños del demonio que siempre andaban suelto en busca de pesca y caza de alma débiles y enfermizas.

La abuela se adormecía con el susurro de sus creencias y los nombres de los dioses que protegían a doña Ignacia y que flotaban a ras de su piel y le hacían sentir la nostalgia lúgubre de su origen.

Tenía voz ronca como de hombre, decía. Y al invocar a sus dioses perdía sus ojos negros en el horizonte.

El otro mundo responde a la más reciente novelística histórica hispanoamericana, que ha iluminado o revelado nuestra realidad e identidad con más profundidad y creatividad que los diagnósticos, análisis y estudios sociales, políticos, antropológicos y económicos, no obstante, está presente la crítica junto al humor y la ironía.

Pienso en El General en su laberinto de García Márquez sobre un Bolívar seco, tuberculoso; en Gringo Viejo de Carlos Fuentes sobre el periodista norteamericano Ambrosio Beer, en Noticias del Imperio de Fernando del Paso sobre el imperio de Maximiliano de Austria y Carlota en el México indígena, Pueblo Desnudo o la Guerra de Sandino de Salomón de la Selva o en Libertad en Llamas de Gloria Guardia. Con la ficción, la historia, Antiapología del presidente general, desmitificación y mitificación a la vez. Antibiografía del caudillo del siglo XIX, heredero de encomenderos y gamonales de la Colonia. Novela histórica e historia novelada. Texto carnavalesco y esperpéntico, juego de espejos cóncavos, donde los trazos son a veces expresionistas, a la manera de don Ramón María del Valle Inclán.

Con un trasfondo donde se mueven cada quien en su tiempo y diversos espacios, no cronológicos, pero cruzados o entrecruzados en el tejido o trama: Fray Antonio de Valdivieso, tercer obispo de la diócesis de Nicaragua, lascasista, defensor de los indios ante los malos tratos de los encomenderos, muerto a puñaladas por los Contreras; los hermanos Contreras, nietos del Capitán y gobernador Pedrarias Dávila e hijo del gobernador de la provincia Rodrigo de Contreras, quienes asesinaron al obispo, saquearon León y zarparon a tomar a Panamá y allá se los tragó la ciénaga, el Padre Agustín Vigil, predicador a favor de Walker y su embajador; William Walker y su falange de esclavistas filibusteros; el general José Santos Zelaya, reformador y modernizador del país, autócrata, quien unificó la geografía política nacional reincorporando la Costa Caribe; … General Emiliano Chamorro “El Cadejo”, animal mítico, pareciera ser el caudillo en mula que da uno y otro traspiés; un mestizo chontaleño, militar nato, de prodigiosa o sobre natural memoria, lo cual lo tornaba un sujeto extraordinario sus partidarios, Emiliano Vargas, bastardo, pagado de ser reconocido y acogido por los Chamorro, la familia de su padre; organizador de 17 revueltas o levantamientos armados, incluso una guerra en el lago, contra la Revolución liberal de 1893; suscriptor en 1914 del oneroso Tratado Chamorro Brayan de 1914 y del pacto de 1950, cuyo golpe de estado o “Lomazo” de 1925 lo inhibió para siempre de volver ser presidente de la República de Nicaragua; un viejo calvo, de perfil rapaz, verde en la acepción de creerse siempre joven, viril, pícaro, quizá mujeriego, no en vano casó en segundas nupcias a los 93 años, con la hija de uno de sus verdes caporales campesinos.

Los traspiés conservadores, granadinos del Caudillo? Documento o ficción? La crítica y escritora nicaragüense, Isolda Rodríguez, en su discurso de incorporación a la Academia de la Lengua Española, en Nicaragua, dijo:

Podría decirse entonces, que la narrativa actual esta recreando la historia, pero la destreza del escritor (a) consiste en no abusar del lector convirtiendo el escrito en un documento histórico. Dejen ese arduo trabajo a los investigadores históricos. La habilidad del texto narratológico consiste en retomar un hecho y transformarlo, llevándolo a niveles donde se mezclen el mito, la ficción, el lenguaje poético, el cotidiano, de tal suerte que se convierta en una obra amena y de interés. En la obra literaria se encuentran dos aspectos: la historia y el discurso.

Historia, en tanto tiene como referente una realidad, hechos y personajes reales. Al mismo tiempo, existe un narrador que relata la historia a un lector que la recibe en el nivel del discurso lo importante es la técnica con que el narrador da a conocer esos hechos. No obstante, la historia y el discurso tienen categoría literaria”.

La ruta del General y los traspiés del viejo caudillo verde es obra de una niña cuyo nombre acaso la explique: Blanca, inocencia, limpieza, con ideales puros, sueños y utopías, y Rojas, pelirroja, apasionada, encendida, combativa; dos de los mundos de este texto. No es gratuito que el paratexto, o carátula ilustrativa del impreso, tenga unas botas militares de Edad Media que conforman medio cuerpo y una escalera imaginaria con macetas florecidas y una niña que completa el cuerpo verbal asomándose a un mundo quizá despedazado.

Managua, abril de 2010.