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No necesité ningún don de adivinación para comprender de inmediato, cuando leí los relatos breves del libro “Clarividencias”, que su autor representa otro yo mío, o, más bien, para ser exactos, otro yo que yo quisiera ser, y que no lo soy: el escritor breve y sucinto, un émulo del Ernest Hemingway de “El Viejo y el Mar”, su obra maestra en cuanto a capacidad de síntesis.
Y es que suelo escribir largo y extenso, y cuando leía a Mario, hace ya más de un año, antes de que llevara su obra al Certamen Nacional de Literatura “María Teresa Sánchez” 2010, del  Banco Central de Nicaragua y mereciera una Mención de Honor, me impactó su capacidad para condensar significados, para apretar en un nudo donde no cabía nada más, una serie de palabras, muy pocas, pero que decían demasiado. Su obra es una demostración de cómo decir mucho con pocos vocablos
Por supuesto, se lo dije a Mario, le comenté que me había parecido extraordinaria su capacidad de escribir con brevedad, es lo que más me impactó de sus relatos, porque lograrlo es harto difícil, requiere no sólo de un amplio y sólido conocimiento del lenguaje, es decir, de muchas millas de lectura, y de algunas de escritura; además, exige una claridad de propósito que no siempre se logra tener, y para remate, se necesita una disciplina a toda prueba.
No es posible producir de una sola vez esas ideas tan densas, esas frases cortas tan cargadas de símbolos e imágenes, no es posible, por favor, ¡qué creen ustedes! No tengo idea de cómo fueron los esbozos originales de cada relato, pero sé que el producto final no debe parecerse en nada a la génesis, porque el autor, Mario Urtecho, debió trabajar como un orfebre con su pieza de oro, y crear algo general, para luego, poco a poco, irle dando forma, que en este caso es puro contenido, devastando, bruñendo, limando, puliendo y puliendo.
Es decir, el autor tuvo que escribir y reescribir tantas veces que perdió la cuenta, debió de revisar en múltiples ocasiones, cambiar palabras, modificar el orden de algunas, incluso prescindir de ciertos términos y hasta de ideas completas, e incorporar otros y otras, y volver, otra vez, a revisar, y a escribir y reescribir, y revisar y revisar, y escribir y reescribir, una y otra y otra y otra vez, en un proceso de auto exigencia que tiene algo de los disciplinados espartanos que defendieron El Paso de las Termópilas. Sólo teniendo ese espíritu, esa disciplina, se explica que un autor pueda lograr tal nivel de densidad en su escritura, que con pocas palabras y frases dice tantas cosas.
Aunque parezca exagerado, ese proceso descrito en el párrafo anterior, que podría interpretarse como algo tequioso y aburrido, sin duda alguna es lo primero, pero no lo segundo, porque es un desafío para el escritor, casi un juego muy en serio, con sus peligros porque puede tener desenlaces que frustran cuando no se logra el objetivo, pero también con sus premios, como la inmensa satisfacción que produce haber encontrado la palabra perfecta.
Imaginen un rompecabezas o un crucigrama, donde todo está medido, pues leyendo las breves narraciones de Mario, uno no encuentra espacio para poner nada más, ni una coma, ni un artículo, ninguna conjunción, mucho menos una palabra, ni un alfiler, porque todos los espacios están ocupados, y sólo aquellos que deben ocuparse, tal es la precisión de la escritura de “Clarividencias”, el título de uno de sus cuentos, que le da nombre a su obra.

(*) Editor de la Revista Medios y Mensajes.