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Mario Martínez Caldera (Managua, 1957), con Confesiones de un murciélago (Amerrisque, Managua, 2011) nos entrega su primer libro de relatos y la tercera de sus obras publicadas. Los dos libros anteriores se titulan La conspiración silenciosa (1981) y Los ritos ocultos (1987), y pertenecen al género poesía.

En su poesía Mario se nos reveló como un poeta prolijo, irónico y rebelde que lograba entregarnos el amor, la política y la cotidianeidad como unas catástrofes, al mismo tiempo que hacía de estas catástrofes, una cotidianeidad poética.

Nada raro para los nicaragüenses. Al menos es lo que mi memoria –a esta altura del Alzheimer-  traiciona a esos bellos textos.

Pero en esta época postmoderna y ya desde el romanticismo a finales del siglo XVIII, estas fronteras genéricas están muy desleídas, por lo cual los críticos más que géneros debemos enfrentar fenómenos de escritura. Intentaré una lectura de los relatos reunidos bajo el título Confesiones de un murciélago en la escritura de Mario Martínez Caldera.

En una primera aproximación crítica a los relatos de Confesiones de un murciélago, que intenta dar cuenta de su núcleo seminal, de su unidad temática y de la belleza de su forma, diría que subyace al fenotexto (lo que leen nuestros ojos) un genotexto (lo que subyace como motor de la obra y alguna veces detecta nuestra imaginación crítica), un genotexto muy rico y productivo, que me atrevo a enunciar como una poética de la irrupción.

En apariencia la realidad fluye en el tiempo y en el espacio. Este heraclitano fluir suele ser interrumpido por actividades, hechos, acontecimientos y eventos. Esto cuando vivimos la más pedestre de las realidades. No cuando a esa cotidianeidad banal se le introducen dosis de lo maravilloso, de lo mágico, de lo raro, de lo extraño y alienado de un mundo sublunar y oscuro propio de los murciélagos.

¿Por qué Confesiones de un murciélago? Generalmente los murciélagos no se confiesan, normalmente ellos son los confesores, si utilizo lo negro de la sotana  como una metáfora grosera. Los murciélagos son esos ciegos de elegante vuelo que inventaron el radar. Siempre están emitiendo una onda sonora que rebota y les describe el camino con su población de seres y objetos. Al caer la tarde o al amparo oscuro de la noche el murciélago irrumpe la quietud del ser humano para entregar la sinfonía de su vuelo de cornisas. El vuelo del murciélago es su confesión más rampante y desnuda.

Pero su vuelo es siempre una irrupción en el fluir de la realidad. Una irrupción extraña, oscura, rara, alienada, enajenada. No en balde vampiros y murciélagos se han puesto de moda en la sociedad de consumos vía cómics, teleseries, películas, etc. Supongo que los humanos somos seres más raros que los murciélagos y que inclusive más raros y crueles que algunos vampiros e igual que ellos, debemos imantar su atención.

Martínez Caldera crea la atmósfera de sus relatos con una prosa limpia –casi impecable- que describe el fluir de la vida de sus personajes que serán sometidos a una irrupción rara, extraña, anormal, misteriosa, mágica y trascendente.

Esta maravillosa poética de la irrupción se cumple a cabalidad casi en todos los relatos de Confesiones de un murciélago. Así por ejemplo en el cuento inicial intitulado El Murciélago, irrumpe el mundo de lo raro, de lo oscuro perverso en la cotidianeidad de las noches de una mujer trabajadora para fundar un tiempo y un espacio particularmente eróticos y distintos. Ésta puede conceptuarse como la irrupción de la naturaleza animal –el murciélago- en la humanidad cultural de una mujer a través del amor. Un amor auténtico, verdadero, apasionado, enajenante que como todos estos tipos de amores, van a dar al traste con la vida de quienes viven esta alienación erótica.

Pero como ficha de dominó en este juego de los relatos de Martínez Caldera, cae el segundo cuento que lleva por título Carta de un condenado. Aquí nos instalamos en el fenómeno confeso del hecho que nuestro hablante está haciendo escritura. Es a través de una carta que alguien (el relator) confiesa el crimen de haber suprimido al objeto/ser amado, llamado Alicia, por la sencilla e insoportable levedad de amar. La irrupción de una oscura verdad.

La irrupción ocurre por la confesión de un condenado hecha por alguien que se siente enajenado por el amor, pero lejos de sentirse culpable o inocente, en un mundo legal donde la sospecha de culpabilidad o la presunción de inocencia son el fluir en ese orden jurídico que supuestamente sanciona los crímenes y a los criminales. Y en el orden jurídico también la palabra escrita posee un valor de prueba mayor que las voces que se lleva el viento. Además el poder en nuestras culturas humanas ha segregado todo un ethos a través del control y ejercicio de la escritura. Más que burócratas hay scriptócratas que siempre condenan al robagallinas y absuelven al quiebrabancos o al defraudafiscos.

Sin salir del ámbito de la escritura y entrando al de la crónica periodística, llegamos a las puertas del tercer cuento que se nos abre con el título de Las notas irresponsables. Título irónico por cierto, que dan cuenta de la responsabilidad de unos escritos que plenos de iconoclastia deciden cuestionar el cemento ideológico provisto por un prócer desde su panteón u olimpo. Entramos aquí en el terreno de la irrupción en el fluir ideológico de la vida patriótica de una comunidad nacional.

Se produce la irrupción en los valores ideológicos que sustentan el status quo de una sociedad; el escritor intenta el derribamiento de los ídolos consagrados e inciensados como Don Pablo Masera. También trata del trágico ejercicio de la crítica como principio de libertad política y libertad creadora en una sociedad cimentada en sus valores ideológicos. Por supuesto que el poder del status quo tiene las armas, herramientas y útiles necesarios para reprimir e intentar restablecer el fluido normal de la ideología dejando al escritor crítico con la imbatible esperanza que la demolición empezó y que su obra revolucionaria algún día conquistará el corazón de las masas. ¡Oh, iluso!

En el cuarto cuento titulado Las hermanas Stadtagen el autor entrega a sus lectores la atmósfera propia de los relatos de misterio. Es el fluir de una comisaría, de un pueblo tranquilo que se asombra frente el asesinato de dos hermanas en la vida de un detective. De nuevo la sospecha de culpabilidad irrumpe en la vida del investigador, cuya normalidad es ser investigador, nunca investigado, y mucho menos ser investigado por él mismo.

Y aquí radica la belleza del relato, en esa posibilidad de metacrítica o de autopesquisa. Para aumentar su riqueza semántica, en una aparente debilidad del relato que no cumple con los objetivos de todo relato de misterio –revelar el culpable- se nos ofrecen tres senderos por donde puede desembocar la historia. En uno de ellos el investigador puede ser el culpable. ¿O en las tres? No sé.

La Grabación es el relato número quinto. Irrumpe de nuevo la voz sobre el fluir de la escritura. Pero no la voz que se lleva el viento, sino aquella registrada en una cinta para dar testimonio que el  desamor irrumpió en el amor, que el abandono irrumpió en una compañía que se creía cierta y duradera. La verdad aflora en un mundo de mentiras. Se revela un secreto a viva voz. La crudelísima verdad del cansancio, el tedio y la irrupción de la libertad para ir en búsqueda de la autenticidad. Negarse a seguir mintiendo. Se sugiere la revelación de un secreto atroz, banal o trascendente como es el del amor. La irrupción del amor, la luz del amor en la oscuridad y la pérdida de éste. El relato se carga de una densidad poética tal que colinda con la poesía en prosa, eso que en Nicaragua solemos llamar el prosema. La voz de la poesía irrumpiendo en los sintagmas y la metonimia del relato.

En el cuento El Chicle Martínez Caldera logra convertir el fluir normal de mascar chicle en un problema patafísico de rebelión de las cosas. En El Coloquio de los Centauros nos había advertido Rubén Darío que “las cosas tienen un ser vital”. Ese ser vital las hace misteriosas, cifradas, enigmáticas, incógnitas y según el relator de Confesiones de un murciélago, pueden entrar en rebeldía hasta desgajarle los dientes a un masca-chicle y amenazarlo con quitarle la vida. Es la irrupción del ente en la cotidianeidad del ser, la rebelión de las cosas ante tamaña enajenación humana. Eso que fue captado por Joaquín Pasos en su espléndido Canto de guerra de las cosas, lo entrega Mario condensado en este relato. Chiva con los chicles.

En el relato nombrado La Abuela, se produce una irrupción geopolítica en una micro escala humana individual, pero sin dejar de representar los millones de dramas que contiene la migración de nuestra gente de la periferia colonial al centro imperial. Está relatado el drama de una emigrante a la que al dedillo le calzan aquellos versos de una canción de la Sonora Matancera, cantada Johnny López…: “ahí quemaron tus alas/ mariposa equivocada las luces de Nueva York”.

Y se produce la serie de irrupciones; la irrupción de la gente de la colonia en el imperio; la irrupción de los pobres en el mundo de los ricos; la irrupción de los sueños de una chica de ser actriz en el mundo pesadillesco de Hollywood; la irrupción del dolor en el amor familiar; aquella pobre abuela que manda a buscar durante años la carta de la hija que hace fortuna en el norte; la irrupción de la mentira piadosa para velar el horror de la muerte de la niña mimada por su abuela/mariposa equivocada quemada por las luces de Hollywood.

Confesiones de un murciélago conserva su unidad hasta el final. Los relatos presentados serán resumidos por un hablante o relator rindiendo testimonio en El Juicio de los lobos. A partir de las palabras del indiciado, una nueva luz irrumpe en la escritura de Martínez Caldera. Acontecimientos que creíamos azarosos y aislados los alcanzamos a ver obedeciendo a un plan maestro propicio a una novela. Se encuentra un autor/hechor de los acontecimientos que hemos leído a lo largo de la obra. Irrumpe en la tranquilidad de nuestra vulgar vida cotidiana una voz que revela una inocencia prístina y oscura, la irrupción de una voz psicoanalítica que logra la catarsis del ser enajenado; irrumpe un escritor fabulado y confabulado para cumplir con los más caros, íntimos, perversos, lúcidos, escabrosos deseos del ser.

Suficiente les he contado sin contarles nada para que disfruten de estas Confesiones de un murciélago, en la voz de su autor. Sólo me resta agradecerle a él, a Mario Martínez Caldera, su generosa invitación para presentar la obra, a ustedes por la santa paciencia de escucharme; y desearles a los lectores y escuchas que disfruten del vuelo confesional de un murciélago.

 

Historias de murciélagos
La Editorial Amerrisque acaba de publicar el libro de relatos Confesiones de un murciélago, de Mario Martínez Caldera (1957), poeta y narrador nicaragüense, quien fue miembro del Consejo de Redacción del suplemento cultural Ventana y secretario de la Unión de Escritores en los años ochenta.

Autor de los poemarios La conspiración silenciosa (1981) y Los ritos ocultos (1986), Martínez Caldera publica su primer volumen de narrativa después de un prolongado silencio literario. Son cuentos en los que se mezclan el absurdo kafkeano, el amor siempre imposible de los condenados y los lúgubres ambientes en los que suele desarrollarse la literatura negra.

En edición anterior (sábado 14 de mayo) publicamos el cuento que da título a este libro (El murciélago); ahora publicamos “Carta de un condenado”, uno de los más emblemáticos del volumen.

 

Managua, 27 de Julio de 2011.