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A Ramón Rodríguez

Apenas sientes como una ráfaga de aire. Fulgores de aceros vomitando plomo. Destellos de vidrios rotos. Aguijones de avispas en tu cuerpo. Un agotamiento repentino. Un olor a narcisos y lirios y siseo de sedas de la China. Gotas de algún líquido cayendo en el asfalto. Una sirena lejana. El ruido de unos cascos corriendo sin control. Un grito. Otro. Conversaciones acalladas. Murmullos. Entonces recuerdas la luz roja sobre tu ser en el concierto del Rubén Darío y el leve temblor de tus manos y las calles vacías, abandonadas, de Managua, al salir.
El frío de Guatemala te regresa a este instante en que sientes la extraña y contradictoria tranquilidad del mar, rodeándote. Te quedas viendo la sangre después del ruido seco de las armas. Tu instinto hace que te revises el cuerpo.
Tu cabeza. Las manos rojas brillantes te devuelven la realidad. Giras la cabeza a ambos lados, necesitando darte cuenta. Realizar. El vehículo detenido y la gente que se te acerca con timidez.
Dividiendo la tenue neblina gélida, sales sin necesidad de empujar la puerta. Tratas de hablar con las personas, calmarlas. Nadie nota tu presencia. Posees una tranquilidad hermosa en tu corazón, aún en medio de esta confusión, mientras te mueves fluidamente, sin necesidad de caminar. Y es como estar dentro y fuera de todo lo que te rodea.
Entonces volteas hacia el vehículo y te ves reclinado hacia la izquierda con tu chaqueta de siempre. El cráneo coronado por una rosa. Te acercas despacio, mientras las lágrimas irrumpen en tus ojos y buscan su propio curso. Con ternura acaricias tu propio rostro y te hablas a vos mismo tratando de asumir el momento con tu especial filosofía de la vida.
-Querido Facundo… te sacaron de la fiesta… ¡a balazos, a balazos!… Sólo así te pudieron sacar, Cabral… sólo así… al fin y al cabo… no sos de aquí, ni sos de allá… ni tenés edad, ni porvenir… te jodieron la bicicleta… ¡Clase de pendejos… clase de pendejos!.
Varias gotas rocían tu pálido rostro reclinado. Y, tomando tu guitarra, das la vuelta y comienzas a moverte fuera de la mórbida escena. Mientras ruidos de sirenas se multiplican. Gritos diversos. Conmoción. En medio del estruendo alguien te toca suavemente el hombro y con cierto asombro volteas.
-¿Madre, qué haces aquí?
-En este momento, este es mi lugar, aquí es donde debo estar para decirte que vos has llevado luz por este mundo que ya dejaste, y que vengo a conducirte a esa luz. Pero no sabía que crecerían rosas rojas en tu cuerpo.
-Recuerda que soy tierra, al fin y al cabo, y las rosas crecen en la tierra... Madre, ¿te cumplí?, ¿le cumplí al mundo?
-No te angusties, hijo, las rosas rojas que ahora te crecen cambiarán la historia de esta región.
-Pero… No entiendo… ¡Los pendejos me alcanzaron, me sacaron a balazos de la fiesta!
-Ellos saldrán también; tu guitarra los confundirá y como en Hamelín, los llevaras a que se despeñen en el precipicio de este tiempo, que se está acabando y no se han dado cuenta.
-¿Y adónde nos dirigimos?
-A tu próximo concierto, a tu mejor interpretación, al concierto de los conciertos. El escenario está presto, el público te espera con el mejor de los  entusiasmos. Canta, hijo, toma tu guitarra y canta como nunca, para que el sufrimiento de esta parte del mundo en que queda tu cuerpo, desaparezca. Canta para que te sigan y se forme un coro de voces que termine con el asesinato desenfrenado, la corrupción y la maldad. ¡Canta Facundo, canta, que la vida tiene que seguir siendo una fiesta! Hoy más que nunca… hoy… ¡Una fiesta para todos, en el amanecer de un nuevo mundo!