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Es una dicha que luego de meses de tensiones políticas en torno al Río San Juan, podamos juntarnos en Costa Rica a celebrar la presentación de un libro publicado en Nicaragua. Se trata de Las prodigiosas mazorcas de Candelaria Soledad, escrito por Carlos Rubio, ilustrado por Sandra Lavandeira y publicado en la colección “Libros para niños”, una iniciativa en la que Eduardo Báez –de cuya apresurada muerte apenas me entero y apesadumbra- y Gabriela Tellería han sido arquitectos, carpinteros y albañiles. “Libros para niños” insiste en que la lectura infantil es un derecho y no un privilegio.

Se trata pues de una pieza de literatura infantil en que la narrativa realista y la ficción se entrecruzan para dar cuenta de un relato acerca de la migración. Centroamérica, el contexto en que se publica la obra, permite asociar a Candelaria Soledad, la protagonista, con las miles de personas que han emigrado de Nicaragua a Costa Rica, pero también podría ser el caso de migrantes guatemaltecas a México, por ejemplo. O el caso de bolivianas a Argentina por citar otro caso más lejano, pero también similar. Es decir, el relato se mueve entre una inscripción si se quiere documental y una veta abierta que no se delimita a un caso particular. Así, no alude a la inmigración nicaragüense directamente, pero tampoco es ajena a ésta. Se inspira en la inmigración para dar cuenta de un fenómeno si se quiere global. En tiempos en que se dice que la globalización es el rasgo de la época en que vivimos, irónicamente la movilidad de la personas es más que controlada.

Candelaria Soledad es un aún una niña cuando deja su tierra, acompañada de unas cucharas de madera, un comal y unas mazorcas gruesas y crujientes, para marcharse al reino fronterizo. Ella se percata que ha llegado a la frontera porque advierte la presencia de dos hileras de soldados, que vistos desde lejos –dice el narrador- “parecen dos interminables barandas”. Siendo las fronteras tal vez los referentes más emblemáticos en la construcción del Estado Nación, el cruce la frontera está muy bien simbolizado en esas “dos interminables barandas”, a las cuales volveré al final de esta corta intervención.

Pronto Candelaria Soledad encontró empleo en una fonda para viajeros. La dueña, Patrona Coronada, advirtió que se trataba de una extranjera, a quien le preguntó qué sabía hacer. Aunque Patrona manifestara que “la gente de su reino no es digna de confiar”, la contrató, pues el aroma de la comida preparada por ella “se esparció a lo largo y ancho de la cocina”. “Y como si se tratara de un truco imposible, cada vez que arrancaba un grano de la mazorca, uno nuevo le volvía a brotar”. De boca en boca los comensales confirmaban que las rosquillas de Candelaria Soledad “saben a despertar”.

Una mañana Patrona no encontró su corona dorada que solía usar en su cabeza. Inmediatamente, culpó a Candelaria Soledad “Ya sabía que no podía confiar en una extranjera. Ustedes son personas sucias, traen enfermedades y tienen costumbres extrañas”. La niña quiso volver a su país, pero al cruzar la frontera una extraña fuerza la devolvía. “Acaso debo regresar, se preguntó. He de moler el futuro con el tierno maíz de la luz y la fraternidad”. Entonces se instaló a continuar preparando sus manjares. “Allí acudieron los soldados de los dos reinos, los que se enfilaban en la frontera, y olvidaron la tarea de trazar una línea de tiza y sacarse la lengua”.

Las Mazorcas Prodigiosas de Candelaria Soledad ofrece una ficción literaria acerca de las rivalidades nacionales a quienes se inician en la lectura. Es en esta esta etapa de la vida cuando requerimos aprender historias que nos muestren que las fronteras son marcadas con tiza y que pueden borrarse, rehacerse, fraternizarse. También nos enfrenta a los prejuicios que se expresan en Patrona, quien al perder su corona incrimina a Candelaria Soledad. La presunción de que la niña habría robado la corona recuerda con peculiar ironía innumerables relatos en que el aumento sobre todo de los delitos patrimoniales se atribuye a los y las nicaragüenses. Aunque las estadísticas del Ministerio de Justicia y el Poder Judicial de Costa Rica desmienten este tipo de conclusiones, el imaginario a veces parece fabricado de teflón, es decir, le resbala la evidencia empírica de las ciencias sociales.

En lo que sería la segunda parte de mi comentario quisiera apartarme si se quiere del texto, para referirme al contexto al cual responde. Una primera reflexión es que esta publicación es un gran motivo de alegría, pues mientras la hostilidad y la xenofobia tienen carta blanca en blogs, mensajes de texto, correos electrónicos, la hospitalidad pocas veces se expresa en narrativas y con ello se invisibiliza. Posiblemente, quienes más pueden aportar en delinear narrativas de hospitalidad son quienes se ocupan de trabajar la ficción literaria, la cual facilita imaginar un tercer espacio en donde trascender lo que parecen rivalidades y odios ancestrales. La capacidad de hacernos reír y llorar nos permite ser otros u otras.

No puedo evitar mencionar que el primer libro crítico que pude leer en mi vida no fue uno de ciencias sociales. Fue una novela, Mamita Yunai. Con los años, la criticidad que aprendí de Carlos Luis Fallas me permitió leer críticamente Mamita Yunai, sobre todo en los modos en que aparecen los indígenas y los nicaragüenses en la trama. Supongo que esa es la aspiración de la lectura.

En torno a este reto de imaginar nuevas narrativas, poco a poco, la creación cultural en Costa Rica procura romper este silencio. Sin pretender ser exhaustivo, hay algunos ejemplos que conviene mencionar. La obra “El Nica”, protagonizada por César Meléndez, es el ejemplo más destacado. Una sociedad hostil hizo largas filas para presenciar una suerte de espejo en donde “maje, cabrón, jueputa” –el silabario urbano costarricense- era objeto de ironía. El trabajo fotográfico de Piet den Blanken, un fotógrafo holandés de paso por Costa Rica, nos dejó algunas de las mejores fotografías de la ruta de la emigración. Lo mismo se puede decir de los trabajos fotográficos de Roxana Nagygeller.

En la ficción literaria, destacan dos novelas. Una, Al otro lado del Río San Juan, escrita por Petronio Marcenaro (2007), y la otra La embajadora de la ciudad de las naranjas en Costa Rica, publicada por Flory Paniagua (2011). Pero sin duda, mucho está por hacerse. Esta noche, gracias a Carlos, Sandra y Candelaria Soledad, adelantamos un gran paso.

Permítaseme, en tercer lugar, una disgresión, acaso como un esfuerzo por desaprender el aburrido y disciplinado lenguaje de las ciencias sociales. Si bien este libro está pensado por quienes se inician en la educación formal, no estaría mal que muchas personas adultas pudiesen también leerlo a ambos lados de la frontera. Pienso, por ejemplo, en la Dra. Daisy Corrales, la nueva Ministra de Salud de Costa Rica, quien en su primer día de funciones, declaró a los medios de comunicación que la atención a personas migrantes es uno de los factores que explican las dificultades financieras de la Caja Costarricense de Seguro Social (La Nación –LN-,28.8.2011). Otra copia podría donarse al flamante nuevo Canciller de la República, el Dr. Castillo, quien manifestó en sus primeras declaraciones a la prensa que “Yo creo que tenemos que considerarlo [al gobierno de Nicaragua] como un enemigo mientras sigan usurpando” (LN, 16.9.2011). Sin pretender que “Libros para niños” regale toda la edición a personas adultas ocupadas y con poco tiempo, con todo respeto me permitiría sugerir que otra copia se done a don José María Tijerino, quien se desempeñara como Ministro de Seguridad y ahora encabeza la delegación diplomática de Costa Rica en Colombia. Al decir de don José María, en palabras dichas el pasado 2 de noviembre del año 2010: “Estos señores [efectivos del Ejército de Nicaragua] se retirarán por la razón o la fuerza, apoyados nosotros por el derecho internacional, por los mecanismos que el derecho internacional tiene dispuestos en los que también está el uso de la fuerza” (LN, 2.11.2010). Una penúltima copia podría entregarse a don René Castro, versado en diplomacia y en asuntos ambientales, quien con una visión solo reservada a los grandes estadistas concluyó que “El ser pacifistas está en el alma costarricense, pero fuerzas externas nos están obligando a considerar posturas históricas nuestras” (LN 12.1.2011), luego de lo cual aclaró que “La idea original es mía” previniendo que alguien se robara este arresto de lucidez. En las celebraciones del 11 de abril, fecha en que se rememora La Batalla de Rivas en Costa Rica, en la cual tropas costarricenses encabezadas por Juan Santamaría derrotaron a los filibusteros, la Presidenta Laura Chinchilla manifestó en su discurso: “¡Qué ironía la de la historia, que del mismo país donde Juan Santamaría ofrendó su vida para defenderlo, llegaron ahora nuevas botas filibusteras a ultrajarnos! Nuestro héroe no murió para que la más grave afrenta contra nuestra soberanía que hemos vivido en nuestra historia, viniera del mismo país que él defendió con su sacrificio” (LN 12.4.2011). Ignora la señora Presidenta que en Nicaragua también tiene su narrativa épica, llamada Batalla de San Jacinto, la cual se celebra los 14 de setiembre. Es decir, también la señora Presidenta podría reservar un tiempo de lectura. Podríamos también, cruzando las fronteras de tiza, regalarle, o al menos intentarlo, una copia a la escritora Rosario Murillo, primera dama de Nicaragua, y a quienes han secuestrado el Frente Sandinista para la Liberación Nacional. En fin, sin ánimo de presionar por una rápida reimpresión, con todo respeto sugiero que declaremos este libro como de lectura obligatoria para todas aquellas personas que se sacan la lengua a ambos lados de todas las fronteras de tiza.

(Presentación leída en el Centro Cultural de España en San José, Costa Rica el jueves 22 de setiembre 2011)
* Carlos Sandoval García es profesor en la Universidad de Costa Rica carlos.sandoval@ucr.ac.cr