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Al leer los poemas de Yelba Clari-ssa Berríos, he recordado a Hans-George Gadamer con su interrogante ¿qué es un texto poético?, que él define como una serie de signos que fija el sentido unitario de algo hablado, aunque sea solo lo que se dice de sí mismo quien escribe (Gadamer: 1998, 99)  y es que este poemario Mi vida en treinta lunas constituye un constante referente vital de la autora, en simbiosis con su yo poético. Desde el primer verso hasta el último, los versos que forman este poemario se yerguen como un grito de mujer que resuena hasta el cosmos, que sale de las entrañas y corta el espacio como un rayo lleno de luz.

Octavio Paz apunta que la poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Conocimiento en tanto el poeta puede llegar, por medio de la poesía a la realidad o verdad que busca y es abandono porque hay una liberación del espíritu de las trabas humanas, de las limitaciones de la cotidianeidad. Todo esto se encuentra en la poética de Yelba Clarissa, especialmente, un ansia infinita de liberación, de cortar cadenas con un pasado que le pesa y abomina.

En este punto, es importante destacar que todo el poemario se mueve en un contrapunto antagónico, en un juego de opuestos, la antigua lucha del dualismo entre el bien y el mal, la alegría y el dolor, el ying y el yang, como dice la autora desde los primeros versos:

 

“Te he palpado en noches de silencios
Ángel Negro hacia el umbral de la luz
reconozco tu apariencia y égidas luciérnagas”

 

Ese ángel negro connota la oscuridad en contrapunto con la luz, reforzada por las luciérnagas y que fortalece casi inmediatamente en el poema “La ruta del sol” donde la poeta asume ese juego de opuestos que en un determinado momento abandonan la dualidad para volverse unicidad.

Sin embargo, los sintagmas día y noche se oponen semánticamente, aunque en el ying yang encuentren un punto donde lo blanco tiene algo de negro y viceversa. Y consciente de la oscuridad que desea desterrar, clama a la noche: “necesito soles” es decir, necesito luz para salir de esta negrura. Porque en los poemas predomina el ansia de salir del pantano, lo grosero, lo terrenal, para buscar la luz, el espíritu, inserta ya en una actitud metafísica o existencial, que es un indagar en el ser, en nosotros mismos, en busca de lo otro, de nuestra verdad. Por eso afirma que ahuyentará las tinieblas  de sus palabras para buscar la luz, o sea, ella misma se autodefine como producto de esa dualidad que caracteriza al ser humano, el ángel/demonio que habita en las profundidades del ser. La luz y la sombra, sombra que muchas veces no aceptamos, pero que la autora asume con pleno conocimiento de sí misma.

Nótese el juego de sintagmas que denotan oposiciones: espiritualidad/carnalidad; serpiente/paloma, es decir, la dualidad antitética omnipresente y reiterativa se desliza en los versos de este poemario. En el poema “Sin sombras” señala:

“Luz y sombra
disímiles conceptos
que nos hermanan cuando nos fundimos
en sinónimos perfectos
es entender que las sombras y las luces
enmarcan muerte y derrota
y mi escabroso trayecto
desde mi abismo a tu gloria”

La autora demuestra un hábil manejo semántico de los vocablos y sus múltiples connotaciones, pues a pesar de estar consciente  de que luz y sombra son vocablos antónimos, (disímiles conceptos) hay un momento en que la luz infiltra la oscuridad y la oscuridad a la luz, fundiéndose ambas en el marco ine-vitable de la vida y la muerte.
Hay poemas en que la autora se siente agobiada por ese juego y rejuego de las antítesis y contrapuntos, y desea la unicidad, la luz, la paz, el descanso.

Es esa búsqueda de “lo otro” en este caso un remanso de paz, donde nadie siga haciéndole daño. Y es evidente la vivencia de un momento vital en que este yo poético se sintió maltratado, lastimado. De gran belleza y economía verbal es ese verso “ya no quiero zarzamoras me dañaron tus espinos”, con el empleo de dos sintagmas connotativos de objetos punzantes, que pinchan, que maltratan y eso duele.  En “Patíbulo en recuerdo borroso”, la autora reitera ese deseo de emerger de una experiencia indeseable y erguirse limpia, pura y llena de luz.

La autora expresa su deseo de abandonar esa vida en la que se sentía atascada, como en un pantano, donde se da un paso para hundirse más, por eso decide poner tierra de por medio con la certeza que toda esa experiencia dolorosa la trasmutará en luz, en color, vida y alegría que es lo que connota el arcoíris.

El poema asciende con un dramatismo in crescendo plasmando una angustia desgarrante, que esculpe en versos  cortos y precisos, con precisión léxica y vocablos exquisitos, muchas veces creados o recreados por la autora, aunque en otras oportunidades se desborda en versos extensos e impetuosos:

“Hoy lucharé con la diafanidad
de un riachuelo limpio y transparente
correré con el ímpetu del huracán
y seré un David con certera jabalina
cuando los goliats de los miedos me amedrenten”

En los que se mantiene la misma propuesta del juego de los opuestos: David vs. Goliat, diafanidad, riachuelo limpio en contraposición de lo impuro, inmundo o repulsivo que queda implícito en el contexto del poemario, que es un grito lacerante de un alma delicada, intocada, que plasma un amor desencantado, la frustración de no haber recibido la misma calidad de amor y ternura.

“Enamoré tu alma
y tu sol
quemó mi vida toda”

Tu sol quemó mi vida dice la poeta, es decir, la destruyó, y es que son una constante los poemas en los que ella se lamente del maltrato emocional, de la ruindad de un ser que no supo apreciar la delicadeza del alma limpia y al que amó sin cortapisas. Es justamente lo que señala Octavio Paz  en El arco y la lira, cuando se refiere al poema “como una mediación entre una experiencia original y un conjunto de experiencias posteriores, que solo adquieren coherencia y sentido con referencia a esa primera experiencia que el poema consagra”. (Paz: 1998: 190).

No obstante, la narrativa de este poemario va tomando otros giros a medida que avanza en el tiempo. Julia Kristeva apunta que los personajes no permanecen estáticos dentro de un relato (sea en prosa o en verso) sino que sufren transformaciones, de tal suerte que el villano del inicio puede devenir en héroe y viceversa. En este poemario se aprecia la evolución que sufre y vive el yo poético, de llorar en los parques y ser consolada por el vigilante hasta el momento que decide poner un alto en ese rol de víctima y levanta la cabeza lentamente y se yergue en mujer empoderada de su yo, que decide abandonar los antiguos ropajes y reinventarse a sí misma.

Es el momento del despertar, de tomar consciencia y decidir renovarse, trasmutarse de víctima a combatiente de la vida. Estos versos contienen un mensaje femenino trascendental, en tanto la poeta-mujer no se victimiza, sino que, consciente de su drama, decide convertirse en una mujer independiente, ácrata, asumiendo el yo, que sale fortalecido de esa desigual “batalla”.

Como el Ave Fénix, resurge de las cenizas y vuela alto, ahora, con fuerza en las alas, la poeta ha perdido el miedo porque ha encontrado su yo, que es la búsqueda interminable del ser humano. En “Mi faro de Alejandría” la autora retoma la experiencia vivida, pero ella sale fortalecida, construyéndose, inventándose a sí misma.

En el poema “Rediseño”, la poeta expresa su voluntad de rediseñar su vida, olvidando amarguras pasadas y con enorme arrojo, se yergue como dueña de su vida, como mujer moderna e independiente, que ha roto los lazos que la ataban y le inhibían como mujer inteligente y con muchos sueños e ideas.

El poemario acusa un lenguaje culto, a veces rebuscado, con abundantes alusiones a mitos, leyendas y mitologías orientales y griegas. En este sentido, la autora se inserta en el neobarroco, tanto por su lenguaje, como por su estilo, a veces en el uso de construcciones que derivan del latín, hipérbatonicas, que evocan lejanamente la poesía francesa, especialmente a Mallarmé,  y que la autora demuestra estar familiarizada con ella. Sin embargo, su estética es muy suya, con elementos vanguardistas en la construcción de los versos libres.

También es frecuente el empleo de verbos con pronombres enclíticos, tales como “habítame, desdóbleme, deslízome”, etc. inusuales, ya en estos tiempos. Quizás sea la forma que la autora emplea para dar una pátina a su poesía, para imprimirle a la historia una intemporalidad material, porque intemporal es el amor/ desamor, leit motiv del poemario.

Mi vida en treinta lunas es un poemario novedoso, en el que la autora busca una voz propia, un estilo y vocablos nuevos. Cargado con versos llenos de dramatismo, a  tal punto que veces queda a caballo con la incomparable tragedia griega. Cultismos, neologismos, recorren estos versos. Inconfundible la voz femenina, la apropiación de su identidad y ser mujer que alza una voz potente para compartir una historia de dolor, amor y valentía. No podían faltar los poemas maternales, dulces y tiernos dedicados a su hija Alana. Como madre, teje una túnica fina con los hilos más delicados de su amor maternal, para plasmar su sentir.

Mi vida en treinta lunas constituye un conjunto de versos que se yerguen con estilo propio y que abrevando en múltiples fuentes informativas, ofrece un poemario culto, exquisito, que demuestra que la mujer nicaragüense no solo escribe sobre sus llagas amorosas, sino que lo hace con brillantez poética, puliendo y reescribiendo cada palabra, incorporando un nuevo estilo en la poesía femenina.  Parodiando a Juan Valera, en el prólogo a la segunda edición de Azul…  se puede decir que Yelba Clarissa no es ni romántica ni modernista, ni vanguardista ni surrealista, ni exteriorista ni neosurrealista, sino que lo ha mezclado todo, “lo ha puesto a cocer en el alambique de su cerebro y ha sacado de ello una rara quintaesencia”.