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(Introducción al libro “La pluma y la fragua”)

Por cierto, no recuerdo haber compartido conmigo mismo la idea, y tampoco sospeché que podría tener alguna pizca de habilidad, o madera como también se dice en los círculos literarios, para creer que podía llegar a ser otro poeta, y si la tuve, fue inconsistente. Me pregunto: ¿por qué corrió tanta agua bajo el puente para percatarme de que sí había algo? y el por qué saltan a mi mente estas elucubraciones tan íntimas, tan mías y que comparto con usted amable lector?

Ese por qué, de ser otro poeta, no es producto de una intencionalidad escondida o rebuscada. Descubrí que debía intentarlo, y me hice el buen propósito de alcanzar un cometa para remontarme a la galaxia con el ímpetu de mis sueños.

Este deseo o querer surgió durante una conversación con un amigo dueño de una excelente biblioteca cerebral y con el que a menudo intercambiamos opiniones sobre poetas y poesía, o de la cotidianeidad del quehacer humano. Fue en uno de esos instantes luminosos que tocamos la poesía y la varita mágica de la carpintería para elaborarla, su transformación.

En ese devenir de interminables ideas que se agitan en la interioridad de cada persona, decía que, ya no es posible -y no por extremista, lo que ocurre es que me considero tremendamente realista a costa de pujar y pujar en esta “maldita vida”, continuar cantándole con romántico lenguaje a un cascajo lunar por ejemplo-, como lo hicieron los abuelos: “Luna, lunera., cascabelera...”, porque sencillamente todo, comenzando por la palabra, sufre de metamorfosis, y la poesía, ¿no es la excepción: mientras más enredada como un trabalenguas, mejor?

Pienso que al parirla, debe contener una sustancial dosis de cambio, si se quiere lograr una poesía diferente, para que la niña, acunada por la realidad -la mía, la tuya, ¡la del mundo!, se desarrolle como un innovado producto, de acuerdo a la época y la estética, para decirla.

Esta creación salió intempestivamente, de sorpresa más bien, porque no se planificó tratar de tejer una poesía con el ingrediente y la finura diestra de un orfebre al calor de un crisol, para que refleje todos los matices del presente salvaje, cínico y mezquino.

De ahí, pues, el otro poeta; natural, tierno, pero no menos enérgico con el que mi espíritu lo concibió, que no se opone a que se continúe cantando a la luna estéril, pero ¡que lo hagan!, con pensamiento cósmico, velocidad ultrasónica y de ahí, a todo y la nada, con garra, con fuerza de tornado, que se actualice al tiempo que vivimos, por el pauperismo y el criminal exterminio que se gesta en la mente de los perversos contra una humanidad que cabalga en el potro de la guerra y las epidemias.

El nuevo orden de vida, debe ser un desafío para los poetas, que afilen el estilete de la pluma y templen las ideas en la fragua, para crear, para moldear y construir, para cantarle a la virtud y a la belleza sí, pero también, a una poesía que denuncie con las vísceras en la mano, la tragedia, el terrorismo y la deshumanización que nos arrastra al infierno y no al romanticismo; a las corporaciones que con asquerosos tentáculos fabrican el caos, la muerte, y como dignos émulos de Nerón, miran con mórbida pleitesía, la degradación de la raza humana que devoran con “fauces de lobo”.

De aquí, debe surgir el otro poeta, con palabras desenvainadas para denunciar a los déspotas y ambiciosos que, como en la antigüedad, la hacían los profetas de Dios y gritar con voces de fuego al mal, empotrado en el corazón de hombres que visten de frac y corbata, pero que abruman con su purulencia y el hedor que asfixia.

Por eso, el otro poeta.