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Ha transcurrido un poco más de dos décadas desde que el poeta Juan Carlos Vílchez, obtuviera el premio Cabrerita de poesía, en 1988. Premio otorgado por un jurado compuesto por Carlos Martínez Rivas, Gioconda Belli y Julio Valle Castillo. El breve poemario del concurso incluía poemas como Siempre Ícaro, Tomates y El enigma de la elipse, que a mi criterio podrían integrarse a una antología poética de Juan Carlos, pues, con la publicación de su nuevo libro de poemas “Vicisitudes de un paisaje”, agrupa un conjunto de seis títulos: Viaje y círculo (1992), Bestias de papel (1996), Versiones del Fénix (1998), Zona de perturbaciones (2002), En un lugar llamado donde (2005) y ahora, Vicisitudes de un paisaje (2011).
Los poemas antes mencionados pasaron a conformar el primer libro de poemas publicados por Vílchez en 1992: Viaje y círculo (CIRA ediciones), en cuya contraportada escribí entonces:
“La poesía de Juan Carlos Vílchez encierra la búsqueda permanente del ser, una aventura de la imaginación desde el mito o los símbolos…, poseído sí por la angustia y por el dilema de lo imperfecto”, como puede observarse en poemas como: Esta mujer, Pájaros, El músico ciego y Pequeños ladronzuelos, para mencionar algunos que recuerdo.”

“Vicisitudes de un paisaje” (Zorrillo ediciones) es un poemario de la nostalgia del espíritu. Un vasto y desolado paisaje convertidos en amuletos del alma, “del alba/ que guardo con discreción/ en los viveros de la sangre/ para invocarlos/ contra el peso de la tarde//la lentitud de su agonía/ y la proximidad de las cenizas”.

Un ser permeado por las percepciones trascendentes que forjaron la raíz de los sentimientos, el hondo apego a la vida y sus conflictos, sus contradicciones. De ahí, supongo, las dos citas extensas que anteceden el poemario, de la Tierra Baldía de T.S. Elliot y de Henry Michaux: “un montón de imágenes rotas”, canta uno, y “paisajes de fragmentos, de nervios lacerados, de saudades”, canta el otro.

Cantan o se lamentan. Y de esta estirpe es que nacen los versos de poemas como Amuletos (“Yo soy ese pequeño/ con sed en las pupilas/ precipitándose otra vez/ hasta el fondo de la aurora”…) y Territorio de sabana (“Me desplazo/ sobre un territorio de sabana/ áspero y marchito...”). O en Es muy tarde (”Ha caído la noche/y no se puede volver/ de las cenizas”) y Vicisitudes de un paisaje.

Paisajes evocados, desaparecidos, y que la nostalgia recupera como de una naturaleza inquietante que está dentro de uno, tan viva, cambiante, y de nuevo el entorno como raíces, árboles, cerros, colinas, la ciudad como paisaje y el poeta impregnándose de la tierra y su savia, y la aparición de la conciencia reflexiva que revela el absurdo de la vida humana.
Albert Camus escribe en El mito de Sísifo:

“En el fondo de toda belleza yace algo inhumano, y esas colinas, la dulzura del cielo, esos dibujos de árboles pierden, al cabo de un minuto, el sentido ilusorio con que los revestíamos y en adelante quedan más lejanos que un paraíso perdido”.

Y estos sentimientos son los que animan los versos de los poemas que componen el conjunto del libro “Vicisitudes de un paisaje”; lo que guardamos, lo que quedó, empozado y turbio, en el alma, como un desasosiego permanente.