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Himnos a la sagrada Naturaleza, al vientre
                de la tierra y al germen que entre las rocas y entre
                 las carnes de los árboles, y dentro humana forma,
                    es un mismo secreto y una misma norma.

                                                                              R. D.

Oro. Silencio. Crepúsculo. Penumbra y energía
universal.
Semilla y muerte: hijas de la tierra,
hermanas de la tierra,
madres de la tierra del lirio y el silencio,
hijos de la blanca tumba
madre de las flores sencillas,
los árboles llenos de paz,
y la resignación del verbo-vello terrestre.
El tacto de la tierra funde y confunde
el germen de la vida, en la muerte:
desde el minúsculo átomo
hasta la solemne putrefacción:
allí renace la vida, como la primavera.
¡Loor a la embriagante primavera hija del sol
y llena de tumbas floridas!
Rosa y silencio.
Fiebre infinita para morir cantando
a la vera de girasoles inmóviles
e invadidos de lágrimas del rocío:
pobre dolor del cielo.
Ternura de las enredaderas:
amo la fuga de mariposas
en tu cuerpo de pulpo verde e inofensivo,
donde emigra el gusano a las tejas de barro,
y lava la lluvia la noche,
y tu verde infinito de hojas y dulzuras de nido;
amo tu telaraña verde y brisa;
vigilante,
estival amante infinita del sol,
hija de la tierra como la muerte.
Reminiscencia de ángeles vegetales,
vastedad del corazón de la tierra,
del útero de la tierra.
¡Ah, refulgencia nocturnal llena de astros puros!
(ángeles con cabelleras de medusa y hojas,
labios en pétalo
y corazón que ya no pertenece,
sexo de flor en fuga bajo los astros
que son incandescentes sexos del cielo).
Árboles, bellos ángeles pavorosos y milenarios,
hijos del tiempo, como todas las cosas,
insistente creación del tiempo hijo del hombre,
porque Dios no hizo el tiempo
sino el hombre relojes y calendarios
para celebrar las arrugas y prevenir el pavor
de la muerte.
Pero el tiempo es hijo del miedo y su inmensidad
no existe:
es relativa,
sucesiva locura amarilla como epidermis de girasoles,
espectáculo de Dios,
vacilación integral.

(Agua y ternura llueve)
Amo la lluvia y mojo mi cuerpo y mis manos
como ángeles hijos de Dios y la muerte.
La lluvia debe ser a los hombres lo que es a
los árboles:
yo grito en felicidad desnuda y llena de sombra,
insatisfecha, doliente como la noche.
Sed infinita estruja mi corazón y humedece de lluvia.
La lluvia es hija de Dios como todas las cosas.

Rubí Arana