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Es bastante difícil; pero a la vez sumamente útil, tratar de establecer en diez mandamientos los principales deberes y responsabilidades de la docencia universitaria. Esto es lo que el Dr. Carlos Tünnermann nos ha propuesto en su decálogo del docente universitario, el cual sin pretender ser la última palabra es un documento de trabajo de gran valor para este propósito. En el procura compilar, de manera efectiva, lo mejor del pensamiento y las experiencias docentes en la historia, y de poner en perspectiva lo mejor del pensamiento pedagógico contemporáneo frente a los retos de la Universidad como institución cosmopolita, de confluencia y debate de todas las tendencias científicas, artísticas y humanistas, en función del desarrollo humano sostenible. Veamos los alcances de las ideas centrales –entrecomilladas- de este decálogo.

“Asume tu cátedra con modestia y la convicción de que tienes aún mucho que aprender de la disciplina que vas a impartir”. El docente es ante todo un servidor o servidora, alguien quien debe estar en permanente preparación, actualización e investigación, y con una disposición plena para una auténtica labor de apostolado, de la cual se intuye una vocación superior. Por ello, el o la docente nunca deberá sustituir- ni siquiera querer o intentar ocupar- el altísimo lugar en permanente cambio de la educación, a la cual se debe.

“Nunca olvides que el sujeto principal del proceso es el alumno y no el profesor”. Es fundamental entender que como docente se es un alfarero moldeando el barro entre las manos. Y que, aunque un docente haya realizado muchas y grandes obras, nunca deberá pensar que ha cristalizado el dominio de su materia. Cristalizar es más bien endurecer, comprimir, reducir, simplificar lo complejo, la riqueza, la siempre novedad del aprendizaje. El educando es siempre sorprendente, especialmente si se le ha estimulado para no buscar la memorización de fórmulas, datos o conceptos, sino para comprender y desarrollar competencias relevantes para su vida, su familia, y para la comunidad y sociedad en que vive. El educador, por tanto, ha de seguir al aprendizaje vivo de sus educandos, no conocimientos estáticos.

“Demostrar coherencia entre tu discurso y tu práctica”. No sólo como docente, sino como profesional, persona y ciudadano. La vida de las y los docentes es o se convierte inevitablemente en pública, no en el sentido político partidario, sino en el sentido amplio del bien social común. Por más que se haya deteriorado la imagen social de la docencia, esta siempre serán objeto del escrutinio público, razón por la cual conviene no sólo al educador o educadora la coherencia ética, sino también a la sociedad el saber corresponder con la altura que se merece dicha labor.

“Debes evolucionar de educador bancario a educador problematizador”. Esta es una de las virtudes docentes que más valora un educando. Docentes que marcaron su vida problematizando los temas de estudio, explorando posibles situaciones de la vida cotidiana o no cotidiana, situaciones vivenciales en donde experimentar la necesidad de resolver problemas urgentes, emergentes, importantes, cotidianos, y hasta de vida o muerte. Y es que en realidad no aprender a resolver problemas, puede ser una de las mayores deudas de la educación con nuestro país. Educar mediante la problematización es poner en manos de la sociedad herramientas poderosas para saber enfrentarnos a las estructuras heredades y también a los retos de lo desconocido.

“Recuerda que los valores son los que transforman la simple instrucción en educación y el conocimiento en sabiduría”. Los valores son quizás el tema de mayor relevancia para la misión educadora, pues se trata de asegurar la construcción de una sociedad, a la vez, altamente productiva y con gran sentido de justicia, dignidad y solidaridad. Los paradigmas alrededor de los valores pueden variar poco o mucho, a veces por las culturas, sexo, razas o condiciones histórico-sociales; por ello, el desarrollo humano sostenible, el respeto a los derechos humanos, a la interculturalidad, la tolerancia y la cultura de paz, son los paradigmas contemporáneos que más nos comprometen en la búsqueda y construcción de esa sociedad en progreso, cohesionada e inclusiva, de la cual la docencia debe ser primera facilitadora.

“Transformar el aula en un ambiente lúdico de aprendizaje”. Buscar los métodos y los uno y mil procedimientos que estimulen la necesidad, urgencia e importancia de aprender y, sobre todo, de saber cómo aprender. Ambientes de intercambios, de construcciones colectivas, de reflexiones, de diálogos constructivos, de elaboraciones creativas, entre otros, no se improvisan; son el resultado del deseo docente auténtico de generar y ser parte de la generación de nuevos conocimientos, de esos conocimientos propios del estudiantado, adecuados a sus realidades, necesidades y vocaciones.

“Adopta las medidas pedagógicas que se adapten a la diversidad de las capacidades y necesidades de tus estudiantes”. La docencia verdadera evoluciona desde la visión del grupo de alumnos hacia la visión del colectivo de aprendizaje, el cual no es una maquinaria de respuestas homogéneas, sino más bien una diversidad de personas con ritmos de aprendizajes diferentes, diferentes opiniones, interpretaciones y propuestas, las cuales intercambian y, en lo posible ponen en común. Esta visión tiene un mayor arraigo ahora con el desarrollo de la teoría de las inteligencias múltiples por Howard Gardner, ya que habiendo diferentes inteligencias y diferentes niveles de desarrollo en cada uno de nosotros, es un desatino insistir en seguir enseñando o educando de manera homogénea. La atención a las diferencias individuales para aprendizajes heterogéneos es un desafío permanente de una docencia responsable de entregar personas en constante superación integral a la sociedad.

“Aprende a valorar la participación de tus alumnos y estimula su autoestima y su curiosidad”. Aquí pudiera radicar el desarrollo de la capacidad investigadora y de la búsqueda honesta de la verdad de todo educando, con la guía del educador o educadora. Estimular la pregunta del estudiante, para que lo haga desde una posición digna, cada vez con mayor claridad, precisión y relevancia, no sólo es una de las lecciones filosóficas que los antiguos recogieran en los diálogos de Platón, en los cuales Sócrates hacía gala de su famosa mayéutica, sino que la pregunta se ha mantenido a lo largo de la historia como una de las principales expresiones de la mejor calidad del aprendizaje. Baste recordar los planteamientos cercanos de Paulo Freire en su libro “la pedagogía de la pregunta” con los que instaba a los educadores a superar la pedagogía de la respuesta, y a mantener con vida la pregunta pedagógica como herramienta clave para una educación creativa y el aprendizaje permanente.

Quisiera en este punto agregar un mandamiento que considero inevitable para nuestro tiempo: “Desarrolla un enfoque cada vez más interdisciplinario en el contexto de la realidad mundial”. Las ciencias, las artes y las humanidades son cada vez más bastas; pero también cada vez más comunicativas y explicativas entre ellas. Ni tu disciplina ni tu ciencia ni el país en que vives son islas. Tu deber es mantenerte al día con las implicaciones que tienen para tu materia los cambios y progresos de otras disciplinas y ciencias; asimismo, es tu deber reconocer y estimular el compromiso de tus estudiantes con los cambios y progresos que realizan las sociedades a escala mundial, reflexionando y valorando siempre lo mejor para tu país y comunidad en particular. Para ello es conveniente que la docencia participe en redes internacionales en diferentes temas, apoyándose en las tecnologías de la información y la comunicación.

“Utiliza pruebas de evaluación que te permitan apreciar si tus estudiantes realmente aprendieron y si fueron capaces de construir el nuevo conocimiento e incorporarlo a su estructura cognitiva”. Un docente comprometido con la educación ha de considerar la evaluación como una herramienta, no sólo para verificar la eficiencia del aprendizaje en aspectos técnicos, tecnológicos y conceptuales, para lo cual existen las pruebas de mediciones y las calificaciones académicas; sino también -ojalá se desarrollen cada vez más y mejores métodos e instrumentos- para valorar las vivencias de los conocimientos aprendidos, en acciones, iniciativas o compromisos que demuestran apropiación pertinente y relevante del conocimiento aprendido.

Finalmente: “Promover la autonomía de tus alumnos. Considera un triunfo que tus alumnos en el futuro te superen”. Es el mandato para toda nueva generación: integrar lo mejor del acervo científico-cultural heredado y agregarle valor y sabia nueva, para a su vez entregar este legado con igual misión a otra generación. Nadie mejor que el o la docente para asegurar que esta labor se materialice. Es la docencia la encargada de actualizar, desarrollar las capacidades de entendimiento, reflexión, investigación, proposición, diálogo y construcción colectica del conocimiento generacional. Y es la Universidad el lugar idóneo para que esta misión encuentre cauces de enriquecimiento interno, en donde se fortalezca el carácter individual, aunque este sea muy diferente al proyecto particular o del colectivo al cual pertenece el docente; y a establecer vínculos con la realidad para el desarrollo. Este legado permitirá a las generaciones tener siempre de referencia de desarrollo del conocimiento generacional a la labor del docente universitario.