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Sencillo, como nació, así vivió y murió. La noche ya cerraba el cielo del DF cuando se supo la mala noticia. Apenas comenzaba 1986 y el relámpago cayó sobre México; luego el trueno resonó, con todo y ecos, por el mundo de las letras, sin importar el idioma. A las siete de la noche del siete de enero Juan Rulfo nos dejaba. Sólo lo acompañaban sus familiares más cercanos y sus recuerdos.
Es cierto que sus escritos no son prolíficos, es más, su pluma se había secado hacía más de treinta años, en 1955, cuando apareció su más hermosa obra, “Pedro Páramo”, que junto a “El llano en llamas”, publicada dos años antes, no llegan ni a las 250 páginas. De ahí su extraño caso dentro de la historia de la literatura universal, pues nunca una obra tan corta había logrado las dimensiones ni los alcances que la suya logró. Fue tan grande su mérito, que su breve faena de escritor lo convirtió en un clásico de las letras hispánicas.
Después de “Pedro Páramo” Rulfo se volvió rico y no volvió a escribir. Pero no todo le salió fácil como se lee en una frase. El hombre, antes que autor, había pasado las penurias de trabajar como oficinista de segunda y hasta de agente viajero. Y el autor, ya hombre, tuvo la dificultad de la acogida inmediata, pues su novela pasó tan inadvertida en su primera edición que no se vendió. Y la segunda edición la tuvo que costear él. Muchos atribuyen este mal paso a los títulos con que presentó la novela: “Los murmullos” y “Una estrella junto a la luna”.
Algunos años después, en tercera edición, se lo cambió por “Pedro Páramo” y la aceptación fue extraordinaria e insospechada, pero ya Rulfo tenía cierto renombre por sus cuentos. Fue como si la novela esperara por su verdadero nombre, después de tantas y detalladas correcciones de su autor, pues Rulfo era un tipo obcecado que realizó tres versiones del escrito, hasta que las redujo a poco más de cien páginas. ¿Cómo lo logró? El mismo lo responde:
“Eliminé toda divagación y borré completamente las intromisiones del autor”.
Un sencillismo exacto y pródigo de símbolos que los críticos lo llamaron peyorativamente “estilo rural”. Pero esa deliberación estética que se tradujo en colador sin fisura de adjetivos, en una evasión sin remordimientos de la retórica, logró más tarde la indisoluble tesela que fusionó la expresión poética y el lenguaje popular. Es decir, México por fin tenía una voz, la que mejor dice del mexicano. No el espejo lingüístico de la calle o del campo, es algo más, una forma de ir más allá de la simple mezcla de referentes, algo que genera un lirismo sencillo en cada frase:
“Se les resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga”, se lee en ‘Nos han dado la tierra’. Simplemente genial, esta metáfora con sabor a prosaísmo que aparece en su libro de cuentos. Y es precisamente en estos relatos donde se nos presenta ya configurado el Rulfo parco, el simple hombre de Sayula que vivió de niño las primeras secuelas de la revolución y fue testigo presencial de la Guerra de los Cristeros, sucesos que lo marcaron y llegaron a ser motivos de sus escritos.
Según cuenta el propio Rulfo, con su tío Celerino -una mezcla de agnóstico respetable- recorría los pueblos olvidados y sin curas realizando confirmaciones a los niños, por orden del arzobispo de la zona, y en esas incursiones Celerino le platicaba sobre los cristeros, el bandolerismo y la miseria de la gente. Lo que más tarde se convirtieron en sus relatos. Y tal fue la influencia de su tío, que el mismo Rulfo dijo que al morir este, como no tenía a nadie que le platicara nada, no volvió a escribir.
Una excusa simple. Una verdad a medias. Porque en Rulfo se intercalaba un gigantesco y desconcertante talento literario con una falta de disposición. Fue un descomunal escritor al que no le gustaba mucho escribir. Algo que congeniaba con su misantropía irreparable, su silencio casi perpetuo. Tanta era su sociofobia, que no asistía a las reuniones de la Academia Mexicana de la Lengua e inventaba disculpas para evadir compromisos públicos.
Casi una década duró su actividad literaria, de los 27 a los 36 años, cuando publicó su única novela. Un paro cardíaco lo alcanzó a los 68, semanas después de diagnosticarle enfisema pulmonar. Moría en su casa el autor mexicano que poseía tal simplicidad, que hasta su nombre completo, Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, abrevió para hacérnoslo más sencillo de pronunciar y recordar: Juan Rulfo, quien desde hace 25 años vive solo en sus relatos.

 

Juan Rulfo

(Sayula, México, 1918 - Ciudad de México, 1986) Escritor mexicano. Juan Rulfo creció en el pequeño pueblo de San Gabriel, villa rural dominada por la superstición y el culto a los muertos, y sufrió allí las duras consecuencias de las luchas cristeras en su familia más cercana (su padre fue asesinado). Esos primeros años de su vida habrían de conformar en parte el universo desolado que Juan Rulfo recreó en su breve pero brillante obra.
En 1934 se trasladó a Ciudad de México, donde trabajó como agente de inmigración en la Secretaría de la Gobernación. A partir de 1938 empezó a viajar por algunas regiones del país en comisiones de servicio y publicó sus cuentos más relevantes en revistas literarias.
En los quince cuentos que integran El llano en llamas (1953), Juan Rulfo ofreció una primera sublimación literaria, a través de una prosa sucinta y expresiva, de la realidad de los campesinos de su tierra, en relatos que trascendían la pura anécdota social.
En su obra más conocida, Pedro Páramo (1955), Rulfo dio una forma más perfeccionada a dicho mecanismo de interiorización de la realidad de su país, en un universo donde cohabitan lo misterioso y lo real, y obtuvo la que se considera una de las mejores obras de la literatura iberoamericana contemporánea.
Rulfo escribió también guiones cinematográficos como Paloma herida (1963) y otra novela corta magistral, El gallo de oro (1963). En 1970 recibió el Premio Nacional de Literatura de México, y en 1983, el Príncipe de Asturias de la Letras.