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Este octubre lluvioso, de una copiosidad que abruma, por estos cielos grises estancados y por la humedad inefable de los vientos fríos del Norte, Carlos Martínez Rivas cumplió otro aniversario de vida desde el 12 de octubre de 1924.

Es lugar común decir que CMR, como poeta, deviene del linaje de Darío, y que tuvo como sus antecesores directos a Villon, a Burns y a Baudelaire. Sus héroes modernos fueron Ernest Hemingway y Malcon Lowry. Y a nivel local apreció el magisterio de José Coronel Urtecho y, en especial, de Joaquín Pasos y del padre Ángel Martínez Baigorri.

Este recuerdo en memoria de CMR me ha hecho recordar la obsesión de Martínez Rivas por el poema perfecto. Para algunos críticos, CMR fue un poeta clásico, y no solo por el cuido de la forma del poema, no obstante su permanente voluntad de aventura y los hallazgos de novedades, que están plasmadas desde su extenso poema “El Paraíso Recobrado”.

La plena conciencia del oficio de escritor confrontada consigo mismo es, quizá, lo que en CMR generó su permanente desafío con el poema perfecto. “Hacer un poema era planear un crimen perfecto”, versa en “Canto fúnebre a la muerte de Joaquín Pasos”. Esta idea obsesiva de la “obra maestra” de uno de nuestros “miglior fabro” de la poesía nicaragüense, está presente en su obra “La Insurrección Solitaria”.

Leemos en el poema “Memoria para el año viento inconstante”: “Sí. Ya sé. Ya sé yo que lo os gustaría es una Obra Maestra. / Pero no la tendréis./ De mí no la tendréis.” Y con gracia poética, con ironía agrega: “Poco trabajo le costará cumplir.”
Es una declaración de la búsqueda permanente de la perfección de la obra misma del poeta, aparte de la ironía y la crítica moral directa contra una clase social burguesa, ignorante y castrada, a la que perteneció, amó, y terminó aborreciendo por sus vicios y tacañería.

Años antes de la publicación de los poemas completos de CMR, llevada a cabo con gran pudor y tesón por el poeta y crítico Pablo Centeno Gómez, tuve la oportunidad de leer el texto del “Proyecto del poema perfecto”. Pude persuadirme entonces que esa larva siempre estuvo dentro de él, y desconozco por qué vinculé ese poema con Epitafio de François Villon y los ahorcados:

“Aquí nos veis colgados…/ Nunca, en ningún momento nos pudimos sentar;/ hacia aquí, hacia allá, según el viento/ que a su antojo nos mueve sin cesar,/ más picoteados por las aves que un dedal.”
También había leído en el libro “Tras los clásicos rusos”, de Henry Luque Muñoz, la escena narrada sobre Mijaíl Lermontov, poeta y novelista del romanticismo ruso.

Lermontov había sido oficial de Húsares de los ejércitos del Zar, por intrigas y por su posición a favor de la justicia y la libertad, el poeta fue condenado a prisión y al exilio en las estepas de la Siberia rusa, varias veces en su corta vida. Sufrió entonces el exilio y el frío en una cárcel solitaria.

“En las peores condiciones”, aislado y sin ningún instrumento para leer o escribir. En un estado de inspiración y desesperado por plasmar en algo concreto la obra ideada que fluía en su mente, raspó y escarbó el hollín de la pared y del piso, lo mezcló “con vino, y usando por pluma un fósforo, compuso en el papel en que le llevaron el pan, algunos poemas”.

No recuerdo si alguna vez estuvo colgado de los pies, y si así intentó escribir en movimientos pendulares y circulares, y solo pudo hacer círculos y trazos y rayas triangulares. Lermontov no podía vaciar de otra manera su inmensa y profunda necesidad de escritor, de ejecutar su “proyecto”, que, es casi seguro, lo devoraba dentro de su espíritu creador.

Y es este el estado del alma con que Carlos Martínez Rivas emprende la hazaña de su “Proyecto del poema perfecto”, la de Mijaíl Lermontov, porque tiene que ser en las peores condiciones.

El referente de François Villon, antes mencionado, es un antecedente interesante. Carlos conocía bien a Villon, y por supuesto los versos del Epitafio, y hasta se puede decir que lo consideraba uno de sus antecesores directos y amados, pues Villon, “el pobrecito estudiante”, vivió y escribió siempre “en las peores condiciones”. No obstante, estimo que el origen del “Proyecto del poema perfecto” está en esa escena de la vida dura y terrible de Lermontov en la cárcel, viviendo y tratando de escribir “a la manera del murciélago”.