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(Testimonio de Enrique López Salinas)

Un dirigente local del FSLN en Dudú y Kuskawás, en lo profundo del teatro montañoso de la guerra, por Waslala, El Tuma-La Dalia y Rancho Grande –para mencionar tres lugares mucho más conocidos-- ofrece un testimonio fresco y natural de su experiencia durante esos terribles años ochenta en un conflicto bélico que enfrentó al pueblo de Nicaragua: por un lado, el Ejército Popular Sandinista (EPS), oxigenado primero por obreros, oficinistas del Estado, trabajadores por cuenta propia y estudiantes voluntarios, y luego por el reclutamiento forzoso de jóvenes, sobre todo de las ciudades, y pertrechado por los llamados países socialistas, especialmente la Unión Soviética; y  por otro lado, el ejército campesino de la Contra, financiado por el gobierno de los Estados Unidos. Era una guerra fratricida.

En medio del embelesamiento y fascinación por la Revolución Popular Sandinista que prevalecía en las filas del Frente, y al inicio en la mayoría de los nicaragüenses, el líder político comarcal G. Enrique López Salinas desarrolló una inusual capacidad de gestión flexible, dinámica y de iniciativas propias, que contrastaba con el comportamiento vertical, “cuadrado” y conservador predominante, y mucho más en las peligrosas zonas bélicas, donde él desafiaba las concepciones autoritarias, y daba respuestas dialécticas creativas y concretas acordes a las condiciones del momento y la interpretación que hacía de las características particulares del campesinado.

La sencilla y comunicativa personalidad del autor, determinada por una voluntad de servicio y una empatía con los campesinos, le permite situarse como pez en el agua en el teatro de la guerra, lo que le da un trasfondo particular a este testimonio, y es por ello que su esencia reside en lo genuino, en su autenticidad, y por tanto, nos ayuda, como pocas obras sobre el tema, a comprender al campesinado del Norte de Nicaragua, y las múltiples complejidades de un enfrentamiento que, desde la propaganda oficial, fue simplificado en su momento  caracterizándolo como “una guerra de agresión”, cuyos protagonistas eran “guardias” y “mercenarios”; y los defensores de la Revolución. Este testimonio demuestra que el conflicto era mucho más que eso.

De manera natural, en esta obra aparece con su propia voz el campesinado levantado en armas, el Contra, el hombre del campo frustrado por un terremoto social que en un primer momento se le presenta como su redentor, pero que en la práctica termina por mancillar sus valores y costumbres hasta el punto de empujarlo a la extrema decisión de tomar el fusil, a rebelarse contra lo que le parece injusto y opresivo. También aparecen los esfuerzos de la Revolución, sus programas en educación y salud; así como las medidas que van creando confrontación. De igual manera, desfilan ante nosotros  mujeres y hombres poseídos por una mística irrepetible, que tratan de construir un mundo feliz dando lo mejor de sí mismos, incluso la vida.

No hay propaganda en este testimonio, no hay intereses preconcebidos, intenciones al margen de la realidad, sino la interpretación balanceada de ese líder político comarcal del FSLN que vivió de una manera tan intensa esos años de la guerra, que lo marcaron para toda la vida --como al campesinado que lo rodeaba--, y que durante más de dos décadas ha cargado una historia que por fin ahora logra entregarnos y que abona a la comprensión del fenómeno social todavía poco estudiado que divorció de la Revolución, a la mayoría de la gente del campo,
Tampoco nos ofrece una versión ”intelectualizada” producto de un procesamiento tan intenso y prolongado que termina por alejarse de lo que realmente aconteció, sino que conserva el ambiente de la montaña, toda la riqueza de la diversidad de paisajes y voces, la cultura campesina, la influencia y el rigor de la naturaleza, las necesidades de las poblaciones más pobres y alejadas de los centros urbanos y su sobrevivencia con precarios cultivos de maíz, frijoles y tubérculos; y también gracias a mañas y artificios cuando no se involucraron directamente, quedando  entre la espalda y la pared, entre dos bandos armados que no pocas veces irrespetaron sus pocos bienes, por ejemplo, una huerta de frutales, o les abrieron un portillo en un cerco de alambres o les comieron una vaca o les desaparecieron un yucal o se les llevaron sus únicas tortillas y cuajadas.

Las detalladas historias que cuenta el autor nos estremecen no solo por la crueldad de la guerra, sino también por las escenas reveladoras de múltiples sentimientos, como el de la solidaridad, algunas veces incluso entre hombres y mujeres de ambos bandos en contienda. Detrás de cada relato bélico, de combates, de emboscadas, de persecuciones por la jungla o los charrales, de súbitos encuentros fortuitos, etcétera, están también los valores propios de la gente, su humanismo a flor de piel en momentos cruciales.

Con un certero olfato periodístico o de comunicador social, el autor inicia su testimonio narrando sus iniciativas de paz y sus dos espectaculares encuentros con grupos de contras, verdaderos “libretazos” suyos, porque se dejaba llevar por sus instintos y no le hacía caso a los manuales. Aunque después contaría con el aval oficial para una reunión que lo conduciría a ser secuestrado por los contras. Quizás se pueda decir que su amor por el campesinado prevaleció en sus principales decisiones, lo cual, en plena guerra, le labró la amistad o el respeto de los propios contras y de campesinos “correos” o colaboradores. La práctica confirmó que sus osadas proposiciones de paz, eran correctas, pues se convirtieron en políticas de la Revolución. En ese sentido, es un precursor.

En esta su primera aventura por el mundo de la escritura, G. Enrique López Salinas muestra una habilidad para “enganchar” al lector, para atraparlo con los apetitosos y tentadores manjares que nos pone en frente, pero, sobre todo, para ir dejando caer poco a poco pasajes cautivantes y estremecedores que logran mantener nuestra atención hasta el final. Seguramente algunas y algunos no podrán contener las lágrimas ante la intensidad, el conflicto y la tensión dramática presente en  los relatos más relevantes.

Conocemos testimonios desde 1933, como  Maldito País, de José Román; más tarde, 1960, Los Somoza, Estirpe Sangrienta, de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal;  en los setenta, las obras de Abelardo Cuadra y Carlos Guadamuz, por ejemplo; y la explosión testimonial de los ochenta, con los relatos de Tomás Borge, Carlos Núñez Téllez, Omar Cabezas, las vivencias de Francisco Rivera contadas a Sergio Ramírez, las obras de Orlando Tardencilla, Charlotte Baltodano, Margaret Randall, y muchísimos más sobre la lucha anti somocista, como la crónica o gran reportaje De León al Búnker .  

Hay menos obras sobre la guerra de los ochenta, entre ellas algunas desde el punto de vista de la contra. Los jefes contrarrevolucionarios  campesinos Óscar Sobalvarro y Luis Fley, ofrecieron su versión; y hay un libro de entrevistas, “Una Tragedia Campesina”, de Alejandro Bendaña, en el que se manifiesta la voz del hombre del campo y su posición ante la guerra que debió de librar. Y se han seguido publicando testimonios en los años noventa y dos mil. Recientemente el fotógrafo Orlando Valenzuela nos emocionó con su relato graficado sobre la campaña de alfabetización. Es un género inagotable. Siempre vigente.

Precisamente Luis Fley (Johnson)  estaba al frente de los contras que secuestraron a G. Enrique López Salinas. La historia de su retención forzada por parte de la Contra, es una narración inédita, que revela el movimiento de las tropas contrarrevolucionarias en la montaña, su desplazamiento, sus rutinas, sus ritos, su lenguaje, su estructura organizativa, sus puntos débiles y habilidades, y también sus temores, angustias y esperanzas. Y con ello logra transmitirnos de primera mano cómo el campesinado que no estaba directamente en la guerra, debía comportarse ante los contendientes. Hay un pasaje que posiblemente no haya experimentado  ningún otro cuadro sandinista en la montaña. Se trata de cómo actúa una remota comunidad campesina ante un grupo de contras y sus jefes; y cómo reacciona apenas momentos después, ante la llegada de una tropa del EPS y sus oficiales.

¿Por qué los medios de comunicación de la época, y en particular el diario oficial del FSLN, Barricada, no reportaron el secuestro de G. Enrique López Salinas? Es posible que haya sido para no poner en evidencia una situación que podría propagandizar una capacidad militar y operativa de la Contra. Y otra explicación es que en esos mismos días los contras secuestraron al sacerdote católico, párroco de Waslala, Enrique Blandón Vasconcelos. El sistema de comunicación del Frente se concentró en la figura del religioso, lo que propagandísticamente ponía en mal predicado a los secuestradores. Me inclino por esto último.

Sin amarillismo ni ningún tipo de sensacionalismo, queda expresado con brutal claridad el horror de la guerra, su aliento de fuego y destrucción, su secuela de dolor, sus profundas cicatrices que tardan décadas en curarse y que muchas veces no desa-parecen del todo. Este testimonio es un homenaje al humanismo, al sabio sentido común del campesinado, es una crítica a la injusticia social, a las concepciones urbanistas excluyentes, y un clamor desesperado para que los nicaragüenses sepultemos para siempre el fantasma bélico que pareciera perseguirnos o estar  al asecho en cada rincón, detrás de una mata de chagüite  o después de una esquina.

El título es acertado: “La guerra que no existió”, porque ofrece interioridades desconocidas, detalles que no aparecían en las crónicas de guerra de los periódicos de los años ochenta, cuyos corresponsales éramos “visitantes ocasionales” del teatro de operaciones, y no residentes en él, condición necesaria e indispensable para poder atrapar con plenitud las vivencias singulares y extraordinarias que nos entrega G. Enrique López Salinas.

Octubre 4 del 2011, Managua Nicaragua.