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Un azul salvaje sin rimas cubría al mundo con la ira de Yahvé.
Y vino el diluvio.
Fue cuando se perdió el mar y Noé no pudo encontrarlo ni en el fondo de la lluvia
y todas las aguas caídas del cielo hicieron desaparecer las aguas saladas.
El mar entonces no tenía olas espumosas en sus bordes.
Los hijos de Noé, la descendencia de Caín,
la perfección de la raza, el esplendor de la raza,
imitando a los pájaros inventaron la cítara y la flauta
y le pusieron música a sus pensamientos toscos y atrevidos.
La música le quitó pezuñas al hombre,
hizo que ya no le nacieran cayos en la espalda
y que no le crecieran espinas en los párpados.
Los hijos de Noé, los descendientes de Caín,
fueron los poetas que imaginaron los filos en el bronce y en el hierro
y edificaron la primera ciudad en el mundo.
La hicieron con la pasión de la seda y el espejo.
Noé, Sem,Cam y Jafet,  con sus mujeres, desde una ventana del tercer piso del Arca
vieron en silencio sumiso, pero con rencor animal escondido, la crueldad de Yahvé,
vieron durante cuarenta días
los quinientos diez millones de kilómetros cúbicos de agua del diluvio,
vieron la demolición total de su mundo,
sintieron la soledad de cuatro hombres con sus mujeres y la desolación descarnada,
su mundo arrasado por el agua y sin saber por qué.
Ellos vieron la desaparición del Paraíso Terrenal
y el agua arrasando con furia las huellas de Abel y de Set sobre la tierra.
Los gritos de los ahogados se convirtieron en el rumor del mar
 y Yahve no se asomó ni dijo palabra.

Francisco De Asís Fernandez

Granada, 27  de junio de 2011.