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En 1910, por razones políticas relacionadas con la agitación que provocó la salida intempestiva del gobierno nicaragüense de José Santos Zelaya (conminado por el gobierno de Estados Unidos), durante su única visita a México Rubén Darío no pudo pasar más allá del puerto caribeño de Veracruz, según lo atestigua Alfonso Reyes en algún texto de “Los trabajos y los días” (Editorial Nueva Nicaragua, 1989).

Pero si, como lo registra Reyes, el paso de Darío por México fue apenas efímero y no llegó más allá de Veracruz o de Xalapa, resulta doblemente sorprendente apreciar cómo, en sus textos relacionados con esa tierra de misterios ancestrales e historias inverosímiles, el poeta nicaragüense haya sido capaz de escribir textos tan insólitos como el cuento Huitzilopoxtli, pionero de la narrativa hispanoamericana de vanguardia, de la que un escritor precisamente veracruzano, Carlos Fuentes, llegaría a ser uno de los más importantes y representativos.

Fuentes ha sido considerado, con justísima razón, el intelectual latinoamericano que mejor ha reflejado las atmósferas, los humores y obsesiones de nuestro continente. A estas alturas del siglo XXI, sin temor a equivocarme podría asegurar que es el escritor más emblemático de la condición hispanoamericana, o indoafroiberoamericana, como insistía él en ampliar el neologismo.

Imaginando a Darío recorriendo los muelles de Veracruz he recordado una anécdota de la infancia de Fuentes en ese mismo puerto del Caribe mexicano. En alguna entrevista el escritor recordó que, siendo niño, acompañaba a su padre, Rafael Fuentes Boettiger, en la ansiosa espera de las novedades que bajaban de los barcos provenientes del viejo continente. El mismo afán con que nosotros, todavía a finales del siglo XX, continuábamos llegando a México para apertrecharnos con novedades literarias entonces inencontrables en nuestras librerías.

Recordé también cuando lo vi personalmente por primera vez, en 1998, durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. El programa anunciaba que firmaría autógrafos en el “stand” de la editorial Alfaguara. Llegué temprano y para mi sorpresa lo encontré solo, pero mi fastidiosa timidez no me dejó encontrar algún pretexto para conversar con él, hasta que algunos impacientes admiradores terminaron por aglomerarse, efusivos y acaparadores, a su alrededor. Como pudo haberle sucedido también a Darío en el Veracruz de 1910.

Entonces ya hacía años que había leído su primera novela, y mi entusiasmo por sus artículos y ensayos, con todo y su desmesura, no sobrepasaba el que sentí al leer algunas de sus novelas posteriores: “Las buenas conciencias”, “Terra Nostra”, “Cristóbal Nonato”, “Gringo viejo”, “La silla del águila”… Lecturas, si se quiere, irregulares e insuficientes tratándose de un autor tan prolífico y lúcido que despuntó como narrador durante los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, cuando en Hispanoamérica la experimentación literaria se desplazó llamativamente de la poesía y el drama hacia el género narrativo.

Dentro de ese contexto de modernidad literaria o de “revolución” de la narrativa hispanoamericana, se inscribe “La región más transparente” (1959), primera novela de Fuentes y texto pionero de la urbanidad latinoamericana. Utilizando un nuevo discurso en el que se redefinen los conceptos de belleza o fealdad, así como de la literatura y sus conexiones con la vida y la realidad, con “La región más transparente” Fuentes concluye, al mismo tiempo que inaugura, un recorrido circular de su propia narrativa, que posteriormente sería trazado o materializado con una serie de novelas cuya temática se inscribe en la búsqueda de las identidades hispanoamericanas a lo largo del tiempo, desde la pre-conquista hasta los tiempos modernos; circunscrito este concepto, en el caso de esta novela, entre los años cuarenta y cincuenta del siglo XX.

Según el escritor mexicano José Emilio Pacheco, “La región más transparente” es la primera novela hispanoamericana cuyo personaje central es la ciudad, en este caso la ciudad de México: megalópolis híbrida que siempre se ha resistido a abandonar las características de pequeño pueblo colonial, pero que ha crecido y se ha desarrollado desordenadamente como una ciudad moderna, en una deforme expansión paralela a la permanencia de los rasgos obsesivos de su pasado prehispánico que la señalan y caracterizan como la antigua gran Tenochtitlán.

Novela experimental, “La región más transparente” intenta hacer una representación diacrónica de los procesos mentales de sus múltiples personajes, cuyo discurso transcurre y se desarrolla en un orden a la vez sincrónico y anacrónico, a la postre de intención circular, es decir que las opciones paradigmáticas incorporadas y desarrolladas por el narrador a través del discurso de sus múltiples personajes, tienden a torcer los extremos del orden narrativo en un intento de unión que no es más que un nuevo e infinito punto de partida.

Aunque la primera voz narrativa es la de Ixca Cienfuegos, que además parece guiar de forma casi imperceptible el discurso de las demás voces, hay una voz plural que incorpora en sí misma a todas las voces, la voz de un narrador omnisciente que a veces parece emerger desde los sótanos mismos de la ciudad, y otras veces descender desde las alturas hacia el caos permanente de la metrópolis.

En ese sentido, aunque Fuentes permite que el “inconsciente” del lenguaje salga a la superficie y aparentemente permita que en determinados discursos de ciertas voces narrativas los significantes generen significados a voluntad, al menos en ésta su primera novela aún no se aleja, en determinados pasajes del texto, de esa posición “metafísica” tradicional del narrador omnisciente, aunque en este caso no unívoco, sino como resumen de una pluralidad de voces.

Es la voz que da inicio, luego del breve monólogo introductorio de Ixca Cienfuegos, a la descripción del rutinario desvelo de Gladys García en los sórdidos amaneceres citadinos. La misma que cierra el círculo total de la narración, mostrándonos a la prostituta detenida sobre el puente de Nonoalco, en busca de un taxi, encendiendo el último cigarrillo de la noche, aspirando la madrugada de la ciudad, el polvo de todos los muertos, el gas de los autos y los trenes, y la misma voz de Ixca Cienfuegos invocada por el narrador como una especie de tumulto silencioso de todos los recuerdos que vibran a lo largo de la novela.

Podría decirse que esta novela es más bien la descripción general de un sólo personaje plural: la ciudad, en cuya ebullición se perciben los distintos discursos de las distintas clases y castas sociales de México; los distintos tipos humanos (mestizos, criollos, indígenas, así como “extranjeros” asimilados y acomodaticios), distintas formas de ver el mundo y asimilar la entonces joven y creciente modernidad industrial que se cernía sobre una nación que vivía el proceso de descomposición de una revolución y el inicio de una nueva sociedad corrupta.

Como dijimos, el esfuerzo principal de esta novela está centrado en el intento de romper con la forma lineal de narración, y para la época en que fue publicada implicaba un aporte experimental importante a la narrativa hispanoamericana. Ixca Cienfuegos es la fuerza central que sintetiza el sentimiento de los distintos personajes: el oportunismo, el esnobismo, la superficialidad y la corrupción de Roberto Régules, Federico Robles y su esposa Norma Larragoiti. También la frustración y la incomprensión de mentalidades como la de Rodrigo Pola; la angustia y la búsqueda de una identidad definible de la “mexicanidad” en las tormentosas reflexiones de Manuel Zamacona. El sino trágico, patético y al mismo tiempo heroico de personajes como el chofer Juan Morales y la prostituta Gladys García.

La novela en su totalidad es una enorme interrogación acerca de la agonía y la muerte de la revolución mexicana, a través de la representación sucinta de sus engendros sociales. Este cuestionamiento constante lleva al narrador a sumergirse en el pasado y a regresar al presente para realizar una inspección meticulosa y apasionada de las arquitecturas mentales de sus personajes. Así, nos muestra claramente el proceso mediante el cual llegaron a ser lo que son, y cómo, desde una macro-perspectiva, México llegó a ser lo que es: una especie de “aleph cultural”, un ente multiforme, caótico, auténtico e inauténtico, mimético y autóctono en su naturaleza, que es, a su vez, una naturaleza fija y también cambiante.

Las respuestas a las grandes interrogantes que Fuentes se plantea en esta novela resultan difíciles, complejas, irresueltas. Por primera vez en la novela hispanoamericana, una ciudad, o mejor dicho el proceso de modernización y descomposición de una ciudad como la de México --al mismo tiempo tan compleja y limitada culturalmente-- era representado como un personaje literario. Este proceso de modernización y descomposición se contextualiza dentro de un proceso vertiginoso de capitalización y de progreso industrial que contrasta con la casi inmanencia de los valores inherentes al pasado prehispánico y colonial de México; lo que contribuye a la idea general de ese caos ético y cultural que trata de representar la novela.

Hay en esta obra una oposición evidente entre identidad y progreso, entre la búsqueda de valores genuinos y la búsqueda de poder. Los éxitos y fracasos de sus personajes, sus ascensos y descensos en el nuevo orden de cosas de la sociedad mexicana post-revolucionaria, representan literariamente la idea general de progreso, que a la vez es interpretada de múltiples formas por los múltiples personajes. El mexicano moderno, sin embargo, está representado en una dicotomía crucial: por un lado el comportamiento veleidoso del mexicano desarraigado y mimético, y por otro el que se debate entre ese desarraigo y la búsqueda de sentido a la significación de su pasado y de su identidad.

En esa estratificación anacrónica de personajes, Fuentes también centra su esfuerzo literario en explorar los distintos lenguajes, las distintas maneras de decir y de pensar de los personajes que representan la ciudad y la sociedad mexicanas, ese híbrido estratificado por los lenguajes de clases e individuos que se desenvuelven en una especie de Babel prehispánica, colonial, revolucionaria y capitalista, cuyos rascacielos se erigen sobre el lodo de lagos antiguos y barrios miserables, emergiendo entre la niebla de smog que contamina el aire que respiran los mexicanos.

La destreza narrativa de Fuentes logra representar con viveza las distintas tonalidades del español mexicano, las intromisiones acentuales de los inmigrantes argentinos y españoles, el discurso florido y lleno de clichés de la burguesía mexicana y el argot popular de los personajes del suburbio y los barrios centrales de la ciudad de México. Cada lectura de los discursos en los distintos personajes, multiplica a su vez el tiempo de la memoria mexicana hasta los años cincuenta. Discursos que en su globalidad representan delirios amordazados, afanes de justicia, sueños insatisfechos, miedos milenaristas enraizados en el mestizaje, en fin, todo un magma que en palabras de uno de sus personajes podría entenderse como “identidad mexicana”.

Un aspecto sumamente interesante lo constituyen los cuadros (cronológico e histórico) de la propia novela que el autor presenta desde el inicio, así como la guía de personajes con una síntesis del papel que desempeñan en la trama. Esta disposición para-textual del autor nos facilita la visualización del eje narrativo de la novela, así como las opciones paradigmáticas que lo entrecruzan. Sin embargo, constituyen también una importante distinción entre novela e historia que el autor jamás volvió a delinear tan claramente en sus obras posteriores.

Quizá Fuentes descubrió o se convenció de la naturaleza esencialmente inestable de la significación, y en consecuencia, después de “La región más transparente”, logró trascender el hasta cierto punto limitado terreno de la mexicanidad, para internarse en el vasto e inconmensurable territorio de la indoafroiberoamericanidad y/o de la universalidad; abandona la caracterización de personajes más o menos fijos o estratificados, para dar lugar a otros que, en sus posteriores novelas (sin abandonar el círculo concéntrico de su temática fundamental), se desarrollan en constante transformación.