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Antes he dicho que la Torre de la Merced se erigió en la poesía de Irribarren como un símbolo de la resistencia de las huestes granadinas contra el invasor norteamericano; pues bien, con los vanguardistas, la Torre de la Merced, lugar de reunión del grupo, se reflejará con un nuevo sentido simbólico, esta vez como una verdadera Torre de Marfil, o, mejor aún, como una atalaya privilegiada para mirar la ciudad desde arriba, es decir, desde la altura, que es de donde mejor se visualiza el mundo.

Es oportuno traer aquí el testimonio de Pablo Antonio Cuadra, que ilustra a la perfección lo que venimos diciendo: “Después del almuerzo, aprovechando la sombra y las brisas de la dulce siesta tropical y lacustre, subíamos a su campanario con libros y con papeles de poemas recién terminados, o con cuadernos en blanco para colaborar con algún trabajo de polémica o de crítica, y tras los interminable escalones sombríos nos alegrábamos los ojos con la visión blanquísima y silenciosa del mediodía granadino, con su lago enorme, poblado de velas y de islas, y su manso volcán Mombacho, echado al pie de la ciudad como león custodio de sus sueños. En esta torre comenzó nuestro jubiloso descubrimiento de la poesía y de Nicaragua, para que se cumpliera la palabra del poeta: “Torres de Dios, Poetas,/pararrayos celestes”.

Así, pues, no es de extrañarse que en la “Oda a la Torre de la Merced” Coronel Urtecho se valga de esta perspectiva, casi aérea, para contraponer metafóricamente el mundo de arriba, con el mundo de abajo, el mundo superior con el mundo inferior. La Torre aparece personificada como una matrona, consciente del tiempo que pasa, de alto pensamiento, que mira hacia abajo a ras de suelo la ciudad postrada, decadente, muerta, que se divierte, satisfecha de lo poco que tiene y haciendo burla de los valores fundamentales…

qué aires de matrona

los que te das con tu reloj de pecho

y tu moña

alta

sobre la envidia de las casas

bajas chatas

en cuatro patas...

Qué alto tu pensamiento sobre Granada

que acostada en el suelo se divierte

con su tren de juguete y su vapor de pito

y su parque Colón pequeño como un disco.

 

Esta dualidad entre una Granada real y otra ideal se transparenta asimismo en el “Cantar de Granada y el mar” de Pablo Antonio Cuadra. Este poema se desarrolla en dos tiempos históricos, el presente y el pasado: La Granada que desde las “Altas torres divisaban/ piratas y marineros/” se refiere indudablemente a la Granada del siglo XVIII, la ciudad colonial, conectaba como puerto de mar con el mundo, cimiento de nuestra identidad, crisol de nuestra cultura y llena de esplendor. En contraposición con ésta, el poeta nos presenta la otra Granada del presente, con su reducido espacio, aislada, pobre y estancada, porque en el “hoy sólo cantan y cruzan/ tus islas lentos remeros”. De ahí el doble sentimiento de añoranza y tragedia que impregnan los octosílabos del poeta:

 

Circulan dulces nostalgias

entre tus calles torcidas.

Muchachas de trenza negras

sueñan con velas henchidas.

 

Sin embargo, esta doble visión de la ciudad no es tan desesperanzadora como puede observarse a simple vista. Esa “Granada: ¡grande y sin nada”, “la de la mano cortada/ que llora en río San Juan” es también la del “corazón abierto”, la que “sueña con velas henchidas”, es decir, la hospitalaria, la que espera que vuelvan los tiempos idos, la que confía en el porvenir.

No es este, por supuesto, el único poema de Pablo Antonio donde se contraponen las dos visiones antagónicas de la ciudad. En realidad, se trata de un leimotiv o motivo recurrente que atraviesa toda su obra. Como un ejemplo más, entre otros muchos, recordemos el soneto “Granada, mi Granada”, que merecería un estudio intertextual con el dedicado a Roma de Quevedo. En el texto, el yo lírico del poeta ve la ciudad real, concreta, percibida por los sentidos, como una simple apariencia, como una realidad de segundo orden, según el sentido platónico, pero que oculta la ciudad verdadera, esencial, arquetípica, que es la imaginada, la añorada, la que guarda intacta la memoria y se construye con la esperanza. Oigamos el texto completo:

 

Granadino: si buscas a Granada

en Granada, verás que la ciudad

te oculta la ciudad y no es verdad

lo que ves. Tu ciudad imaginada

 

existe en tu recuerdo y en tu edad,

pero tu recuerdo es olvido, es nada

y el Lago lava a diario la soñada

historia que a diario inventa la ciudad.

 

Granada es la presencia de su ausencia

Granada la construye tu esperanza

y lo que ves es sólo tu deseo.

 

Por eso su belleza, según creo,

Desconcierta al tiempo con su ausencia

pues nunca es realidad sino añoranza.

 

El mismo Pablo Antonio nos da la clave de la interpretación de su poema cuando nos dice que Granada “es solamente el saldo o la suma final de cuatro o cinco intentos de destino que se frustraron o se vieron destruidos por una incesante fuerza hostil y dramática. Cada uno de esos destinos fue paralelo a un proyecto de ciudad y Granada es la suma final de lo quedó en pie de esas ciudades soñadas”.

No sé hasta qué punto esta interpretación de la ciudad está ligada a la influencia de la formación juesuítica de Pablo Antonio y Coronel Urtecho, pero sí es cierto que el Padre Ángel Martínez, uno de sus maestros más queridos y admirados, nos ofrece también esa mirada decadente de la ciudad a causa precisamente de haber perdido su condición de puerto. Así lo podemos apreciar en su “Romance de la mañana en la noche”, que mucha semejanza tiene en su contenido con el “Cantar de Granada y el mar” de Pablo Antonio. El mismo título del poema enuncia ya, metafóricamente, la contradicción entre la luz y la oscuridad, los dos polos en que se orienta la ciudad.

Para el poeta Ángel Martínez, Granada es la que se está muriendo, la desgranada, la triste, la sombra de un sueño, la que ha perdido su sol, porque le ha vuelto la espalda al lago, pero también es la ciudad que hay que resucitar, la que se abre como rosa de esperanza y a la que todavía le queda la luz del mañana.

 

Cuando hacia el lago mirabas

soñando con el mar cercano,

te daba el sol en la cara;

cuando por mirar a tierra

vuelves al lago la espalda,

se pone en la tierra el sol

y en ti la noche, Granada.

Esta mirada conflictiva y contradictoria de la ciudad inspirará dos imágenes poéticas en los poetas sucesores de la Vaguardia. La primera se acercará a una visión que pudiéramos denominar apocalíptica, mientras que la segunda perfilará un espacio idealizado y mítico. Así Ernesto Cardenal en su poema “La ciudad deshabitada”, que recuerda el estilo de Neruda de Residencia en la tierra, el desencanto llegará a límites extremos. Granada aparece como una ciudad derrotada de la que para salvarse es necesario abandonarla:

 

“Sitiada por el polvo, por el tiempo que lentamente invade

(piedra,

una ciudad derrotada de la que es necesario salir”.

 

No es el caso de Eduardo Zepeda Henríquez, en cuya obra Granada aparece como un leimotiv que nutre la esencia de su poesía. En su poema “Amarás a tu ciudad como a ti mismo”, la identificación del poeta con la ciudad es total. “Haz, Señor, que la sueñe por siempre” ruega el poeta conmovido. Y la misma estructura del texto, una auténtica plegaria, sugiere una visión de rodillas ante el espacio urbano que se recrea desde una evocación nostálgica de la niñez, la infancia y la primerísima juventud. Y aunque la Granada de Zepeda corresponde a sus íntimas experiencias vitales, no deja, sin embargo, de introducir una dolorosa interrogación sobre el trágico destino de la ciudad.

¿Qué franco tirador le dio en lo vivo

o qué rayo de sombra le dejó viuda de su lago de muerte y belleza?

 

La novia del agua

 

He dejado para finalizar el examen de una imagen recurrente sobre la ciudad en casi todas las composiciones que he venido comentado. Me refiero a la imagen que equipara la ciudad con una niña, con una novia o con una mujer. Esta imagen de inspiración morisca, tal como la encontramos en el muy conocido romance de “Abenámar y el Rey Don Juan II”, aparece en la misma denominación de Granada, como La Sultana del Gran Lago. Es, pues, natural que los poetas se hayan dejado seducir con mucho de físico anhelo, de sensual atracción. Zepeda Henríquez la llama “madona con sexo de niña”, “madona niña mía con desnudez de maniquí”, para Salomón de la Selva es “la novia real o presentida”, pero es en el poema prólogo de Enrique Fernández a su obra El milagro de Granada donde la ciudad aparece personificada como una niña, que, mediante un monólogo, hace un repaso de su historia desde un hoy hasta una pasado remoto.

Soy la novia del agua ...

Me llamaron la rica –hembra-,

para los indios fui cuna del sueño,

para los españoles “La Sultana”...

En otros versos más adelante Granada se describe a sí misma, metafóricamente, tendida sobre un lecho majestuoso, mimada y acariciada por el volcán y el lago, símbolos de la masculinidad enamorada:

Recostada entre sirenas de amatista,

tengo un volcán de almohada

y un Mar Dulce me arrulla con su canto

y mis cabellos baña.

Armonía y sencillez, frutal, olorosa y sensual, caracterizan la ciudad-cuerpo:

En mis muslos revientan los limones

en mi seno los higos se desgajan

los azahares cunden en mi frente

los malinches desangran mis espaldas.

El poema continúa con una evocación del pasado épico y legendario y la ciudad- mujer se convierte en la ciudad madre, en la ciudad maestra, que enseña lecciones a sus fieles y heroicos hijos. Y termina con una afirmación de su firmeza, vitalidad y trascendencia

Pero aún vivo, y bulle altiva sangre

en mis recias entrañas.

Los siglos han de dar sobre mi vida

su última palabra.

En suma, Granada es la ciudad amada y admirada de nuestros poetas y escritores, quienes en sus versos han sabido celebrar su historia, su paisaje, la vida de sus habitantes, lo que tiene de grandeza y belleza, dulce o trágica, pero sobre todo, han sabido ver que la verdadera identidad del ser humano sólo se alcanza cuando su canto es fiel a las raíces de la propia tierra que le vio nacer.