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No sé si esté bien dicho en latín, pero sí sé que estoy de pláceme ya que festejaré con la gente de mi país la grata noticia de tener a una novelista en cierne, Fátima Villalta, cuya ópera prima, Danzaré sobre su tumba, acabo de leer gracias a la generosidad de un amigo matagalpino, quien me hizo llegar el ejemplar de esta escritora precoz. Como expresé en mi muro de Facebook, de entrada y viendo el libro-objeto tuve un repelús al notar que una solapa y la cuarta de forros traían una especie de prólogo o reseña del presidente de la Academia de la Lengua Nicaragüense, lo cual me hizo pensar dos cosas: si la chica era buena (la novelista más joven de Centroamérica, ya que escribió esta obra a los 16 años), este señor se estaba subiendo al carro de la victoria de Fátima. Visto lo visto, y quitándome de la espalda los prejuicios de país tercermundista acostumbrado a ponerle epítetos cutres a todo lo semejante (recuerdo de pequeño al “Joselito de Nicaragua” “el ahora economista Francisco Mayorga-, el “Raphael de Nicaragua” “un amigo del Pochote al que también le decíamos “Pastelito”, pues su madre hacía pasteles y él se encargaba de venderlos de casa en casa mientras copiaba el donaire del “Divo de Linares”- y otras personas que dado ese afán de imitación pueblerino ya no necesitaron el entrecomillado porque algunos padres simplemente aprovecharon su apellido y le pusieron a sus hijos el nombre de ese ser emblemático que tanto los atraía; de tal manera que para mí ha sido fácil encontrarme con algunos Fideles Castro, Ernestos Guevara, Carlos Fonseca “dato curioso, nadie se quiere llamar Tomás “Borges”- y, por supuesto, nombres extranjeros con apellidos chapiollos: Lenines, Vladimires, Kévines, Ántonys, y un largo etcétera que me ha permitido con el tiempo ir pergeñando un libro de cuentos que, por deuda a Akira Kurosawa, he decidido llamar “Rashömon”), he pensado no denominar a Fátima Villalta la “novelista prodigio de Nicaragua” y sí hablar de su novela y el único cuento que le he leído.

Como en toda reseña que hago, poco hablaré de la trama y ya no tocaré la psicología de los personajes, sobre todo desde el punto de vista freudiano, ya que mi amigo Luis Masis tuvo a bien mandarme su reseña sobre la novela en cuestión: http://www.facebook.com/note.php?note_id=3022327162191 , y creo que la borda en ese renglón..

Cuando una persona normal (le presenté la novela a una muchacha mexicana de 30 años que considero lectora eventual) lee la primera página (no el falso proemio de la narradora, sino el capítulo I) de Danzaré sobre su tumba, siente que aquí hay un malestar cuasi althusseriano, la pesadumbre de la vida consciente, la náusea y toda esa incomodidad que provoca el vivir pensante fuera de las utopías; es decir, después de la debacle, de la incapacidad de lograr el retorno a la Arcadia, de la caída religiosa de las ideologías y de la aceptación de la némesis como una entropía. Es ahí que surge la narrativa de Fátima, una niña hecha de libros, y de películas y, supongo, de tardes donde observar a los viandantes “su pobre y mísera condición- daba motivos para pensar, como el cineasta Etore Scola, que la gente es Brutti, sporchi e cattivi.

Cuando uno lee Danzaré ¡joder!, agradece haber apostado por la narrativa en un país en donde la gente se siente obligada a ser poeta y, como siempre diré: demasiada poesía mala anda bailando en el Festival de Granada. Porque la niña Villalta escribe de manera pulcra, y tiene bien manejada la estructura, el concepto arquitectónico de la novela, sabe del timing, del suspenso, de cuándo narrar la jodedumbre; se regodea, indemne, en la escatología, toca los dinteles de la miseria humana para decirnos que las personas (sus personajes) no son unidimensionales, que, aunque no lo acepten, por ratos, en ellos cabe hasta la ternura, incluso deseándole la muerte al cercano, al enemigo inevitable. Al que se le deseó desaparecer. Hay que joderse con esta chamaca.

Algunos amigos me han sugerido que su escritura se parece a Fulano de Tal o a Perengano, y yo he pensado que ni Bukowski, ni Fante, ni Patrick Suskind, ni Fadanelli (en México), ni Joyce Carol Oates, ni Alice Sebold, ni el mismo Baudelaire ni otros podrían adjudicarse la patria potestad de esta novísima escritora que, de entrada, se confiesa lectora y los hace ver a todos ellos como unas madre Teresa de la literatura. Pero Villalta también es cinéfila, y de ahí deviene mucho su forma de aprehender el mundo (se podría hacer todo un estudio sobre las películas sugeridas, aludidas y eludidas en su narrativa, para llegar a la conclusión de que su cultura es muy cinematográfica “por decir algo: hasta el pésimo filme Ben, la rata asesina (Phil Karlson, 1972) tiene asiento en esta novela; ya no digamos Hitchcock y hasta el lugar común de la Península Ibérica: Casablanca). Asimismo, sus personajes, que deambulan entre ambas expresiones artísticas, salen airosos de las comparaciones con Los cuatrocientos golpes (Truffaut, 1959), Salaam Bombay (Mira Nair, 1988), Padre padrone (hermanos Taviani, 1977) y hasta la comercial ¿Quién quiere ser millonario? (Danny Boyle, 2009), y por el lado literario: El tambor de hojalata (Günter Grass, 1959), los pícaros del Siglo de Oro español y hasta los gonorreas de La virgen de los sicarios (Fernando Vallejo, 1994). ¿Por qué? Porque la Villalta tiene menos piedad que todos ellos juntos, aunque su personaje María Eugenia (paradójico nombre para quien ni es bien nacida, ni quiere ser virgen) crea que por ratos se apiada de su cuñada.

Tengo un buen amigo escritor y editor, Óscar Sipán, a quien, estoy seguro, le gustará leer a Fátima. Sé que disfrutará las escenas en el cementerio, porque su escatología es muy cercana a la Villalta. Sé que mucha gente de España y México que me sigue preguntará dónde leer a esta chavala, y me estaré creando un compromiso que no quiero: volverme su promotor. Sé que estoy a punto de cometer la mayor desmesura que jamás me permitiré, y la diré pronto, sin remordimientos de conciencia: esta novela, Danzaré sobre su tumba, marcará un hito en la historia de la literatura nicaragüense como el principio “que ya había vislumbrado- de la narrativa siglo veintiuno nica, ajena a Darío y epígono de nadie.

Sin embargo, debo escribir que me siento obligado a decirle a esta jovencita qué no me gustó de su novela y de su cuento, ya que mi intención al escribir estas reseñas es ser proactivo y, ¿por qué no?, poner mi granito de arena con relación al quehacer literario de mi aún país: en principio, debo decir que sus ”errores”, “dolencias” o “falencias” no se dan por carencia, sino por exceso. Nuestra novel narradora comete tres desvaríos propios de una escritora que está haciendo sus pinitos: cultismo, anacronía y seguir el lugar común. Me explico.

Cultismo: si consideramos que es una novela ambientada en los años sesenta, en un pueblo de la Nicaragua profunda y cuya narradora en primera persona no ha cursado más que la primaria, hacer referencia, por ejemplo, a Artur Miller al hablar de Marilyn Monroe, resulta fuera de lugar (y hay otros casos que por espacio no tocaré).

Anacronía: este error se está dando mucho entre los escritores de nuevo cuño por el uso indiscriminado de la Internet y la visión cinematográfica hegemónica. Según la protagonista, en los tiempos en que ubica su historia ya hay un hit parade musical, ya se va al cine con palomitas de maíz, se ven películas de director y de culto, ya la gente está homogeneizada en sus actividades de ocio y sociales, como si la aldea global se inaugurara en los sesenta y fuera pareja para todos los lugares del planeta, incluido el norte semi campesino de Nicaragua, con mariachi y hasta consola de tocadiscos hasta para los jodidos, televisión, etc. Por ejemplo: la “pastilla del amor”, esa que sirve para curar el frijol y para suicidarse, se empezó a usar durante la década de la guerra, el conocimiento de la leptospirosis y el dengue, para un diagnóstico diferencial inmediato, se planteó en esa década inicua y con la certeza de que ya había una guerra bacteriológica. En fin, demasiada información crea problemas de verosimilitud.

Tópico o lugar común: aunque hay muy pocos (Fátima ha tallereado mucho su novela y eso se nota), surgen de la anacronía y el cultismo: dar por sentado que esa cultura de la globalización permite hablar de cualquier cosa como si la vida se descubriera con un teclazo; por ejemplo: habla de la prensa del corazón como si entonces ya permeara en el ámbito de un pueblo que no llegaba ni a bicicletero.

Quiero cerrar mi reseña con esta reflexión: la novela de esta niña, para mí, es más importante que, por ejemplo, el Festival de Poesía de Granada (no porque este año estuvo dedicado a Carlos Martínez Rivas, sino porque representa el turismo cultural más despreciable en un país donde las cifras de analfabetas y no lectores son impresionantes). Fátima, Adiak Montoya, Luis Báez y otros jóvenes necesitan la ayuda de quienes detentan el poder y los dineros, esos que hasta ahora han becado a los cabilderos. A estos muchachos, cuya economía desconozco, hay que mandarlos al extranjero a estudiar, a vivir la experiencia de, por ejemplo, Vila-Matas en París. Si no se puede Europa, buscar cómo quitar en México, por ejemplo a la agregada cultural de la embajada nicaragüense “murteguista-, quien hasta la fecha nadie sabe qué hace y no es capaz de sacar una perra a cagar, y darle esa responsabilidad a estos chavalos que, estoy muy seguro, trabajarán como obcecados en pro de los nexos culturales México-Nicaragua.