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La vocación de Ramiro Lacayo por la pintura nace desde sus años de estudiante de secundaria y continuó siendo una constante durante su vida universitaria. Esta pasión por el arte de pintar no lo abandonó en ningún momento, y continuó estudiando y practicando con perseverancia hasta realizar su primera muestra personal en el año 2002.

Desde las primeras exposiciones en Galería AÑIL, sus imágenes mostraban un moderno realismo y un sistema de representación relacionado con el mundo de la cinematografía en sus figuras recortadas como siluetas sobre fondos neutros y oscuros.

Asimismo, sus trabajos también se destacaban por las fuertes pinceladas y los gruesos empastes al estilo de Rodrigo Peñalba, tanto en sus retratos como en sus temas cotidianos. Sin embargo, su obra fue evolucionando de manera paulatina hacia la abstracción, sin abandonar su veta expresionista ni las superficies fuertemente empastadas que desde un principio lo caracterizaron.

Hay una pintura clave que marca el antes y el después en el proyecto artístico de Ramiro Lacayo. Se trata de Caballete I (2011), óleo y collage sobre tela. En esta obra, concebida como una suerte de paleta gigantesca, el artista muestra plásticamente la versión más matérica y táctil de su pintura mediante una serie de objetos pegados a la superficie pictórica (tubos de pintura, esponjas, trapos, espátulas…) que se destacan sobre un lienzo multicolor, altamente texturado, para anticipar el paso hacia un espacio menos saturado pero más expresionista y gestual.

La exposición Gritos y susurros evidencia un notable cambio dentro del estilo pictórico del artista, quien desde sus inicios mostrara un especial apego hacia la figuración. Si en Pinturas sobre tela y papel (2002) y Figuras (2007), el retrato y la presencia humana eran evidentes y tenían un carácter protagónico, en Pinturas (2009) estamos ante una obra de corte abstracto, que pudiera ser considerada como un puente entre la figuración y la no figuración.

Sin embargo, en Gritos y Susurros (2012) triunfa la abstracción y refleja de manera intensa la evolución de su proceso pictórico, trabajando formas y superficies de manera sistemática hasta lograr el efecto deseado. Siempre con el fuerte expresionismo que caracteriza su pintura, las formas y colores conllevan sentimientos y significado: en su serie Gritos, rigurosamente numerados, la alegría está representada a través de un colorido fuerte e impactante, en el que dominan los rojos, amarillos, verdes y azules, combinados con enérgicas pinceladas que cruzan la superficie del lienzo.

El color se convierte en un elemento protagónico mediante el cual expresa la energía, la fantasía, el movimiento y la materialización de sus sentimientos más profundos. Son como explosiones de fiesta o como himnos a la alegría. En Susurros, sin embargo, la búsqueda de la calma y la tranquilidad está expresada por las tonalidades claras, tornándose más reflexiva y emotiva que gestual, sin ajustarse a las normas de la composición, dejándose guiar por la armonía del color y del trazo.

El expresionismo y el gestualismo de los expresionistas abstractos, presentes en algunas obras, no son un obstáculo para que Ramiro Lacayo desarrolle su propio lenguaje, aunque guarde cierta afinidad estética con los trazos de Willem de Kooning y la caligrafía de Franz Kline.

A diferencia de Pollock, que fuera el más intuitivo y gestual de los Action Painters, Ramiro ve la pintura en términos más intelectuales, producto de una disciplina y de un trabajo continuo. Sus cuadros mantienen un “tamaño mural”, especialmente las dos logradas composiciones de Susurros, donde destacan las tonalidades claras y un estudio más meditado del color. Los patrones en cuadrícula, sutilmente esbozados, mantienen un ritmo lineal interrumpido por las finas pinceladas de colores más oscuros que crean un campo visual donde los colores avanzan y retroceden.

Para Ramiro Lacayo, cubrir la superficie pictórica de trazos y colores se convierte en una necesidad para eliminar el vacío, llenando el espacio con su propia respuesta emocional. Asimismo, los lienzos de gran formato conllevan una mayor participación del espectador, al crear una relación más profunda entre la pintura y su audiencia.


En el mismo sentido que Maurice Denis recordara en 1890 que un cuadro “antes de ser un caballo de batalla, una mujer desnuda o una anécdota cualquiera” era ante todo “una superficie plana cubierta de colores según un cierto orden”, Ramiro Lacayo ve el cuadro como un objeto existente en el mundo, libre de toda referencia con la realidad, que tiene su propia vida, sin necesidad de estar relacionado con un contenido determinado.

Managua, febrero 2012

* La Dra. María Dolores G. Torres es Historiadora de Arte

TOME NOTA:
La exposición pictórica Gritos y susurros, de Ramiro Lacayo Deshon, está abierta al público en Galería Códice, Colonial Los Robles, Managua.

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