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(Un testimonio de amistad con Carlos Martínez Rivas)

Dos geómetras en busca del infortunio
(Un testimonio de amistad con Carlos Martínez Rivas)

“AFINIDAD QUÍMICA Y SIMPATÍA NATURAL”
Yo busqué la amistad de Carlos, quise de corazón aquella amistad, de mi parte, la brindé sin reticencias, no escatimando rebajas de mi orgullo juvenil, acallando prejuicios mezquinos, apartando recelos y momificadas nociones de moral provinciana. Y amistad encontré, íntegra y cabal, en el poeta. Amistad sustentada por un sentido de equilibrio entre valores dispares, en un cotejo que en generosa medida favorecía al poeta. Porque siempre reconocí con admiración y respeto la excepcional jerarquía intelectual y humana de Carlos Martínez Rivas. Siempre entendí que la amistad de Carlos era “la amistad del príncipe”, es decir, un privilegio único, un regalo inmenso, un valor enorme, sin traducción posible a valor de uso, ni a valor de cambio. Mucho menos.

Sin que por esto me envanezca por haber sido el primero, ni el último, mucho menos el único de sus amigos, ni de haber gozado de algún favoritismo extraordinario. Compartí esta amistad de Carlos, sin envidia, ni pujas, ni recelos, con un número crecido de otras personas. Algunos, espigados entre las filas conflictivas y rencorosas de la farándula artística y literaria xolotlana, otros encontrados en el azar de las multitudes anónimas de las calles, los bares, las cantinas y los comedores populares. Todos presentes en algún momento en el corazón, en la mente, en la memoria y en la imaginación creadora del poeta. Porque Carlos, al igual que él reconoce y admira a Quinto Horacio Flaco “por su fino trato con la gente humilde, de los suburbios, o del campo”, también se distinguió por tratar “de igual a igual”, tanto a los desposeídos como a los poderosos.   

De ese considerable contingente de personas entre las cuales Carlos prodigó sus afectos amistosos, sus deferencias especiales, dan fe una elevada cantidad de menciones, alusiones y dedicatorias, dispersas a lo largo de la edición de su Poesía Reunida.

VIDA Y ARTE COMPARTIDOS
Todos los días de mi vida siento falta de la amistad, de la conversación, de la misma presencia silenciosa y cercana del poeta, pero también extraño su apego intransigente a la verdad, sin estrategias de mercadeo.

Con Carlos compartí: afición, fervor, pasión por la literatura, viva en la propia vida de uno, pasión por el arte en todas sus manifestaciones, amor por la pintura, por la escultura y el dibujo, por la fotografía, por la música, por el teatro, por el cine y por la danza. Pasión y devoción por algunos maestros literarios sobre quienes nuestras preferencias coincidieron. Pero sobre todo cariño, atención, respeto por y hacia esos meandros donde la vida cruda hace germinar las formas humanas más dolorosas de belleza artística.

Pero antes de todo esto había entre nosotros cierta afinidad química, una simpatía natural, que donde se expresaba acaso con mayor claridad era en cierto sentido particular del humor. Cierto desdén compartido por los incultos potentados, por los zoilos magnates, dirigentes y regentes de este mundo. A la vez que nos hacíamos cómplices, en comunidad de actitudes cordiales, ante la gente común, ante los desprovistos de fama y de fortuna, o de aspiraciones a alcanzarlas.

LA HERMANDAD DE LA RISA
Siempre que nos encontramos con Carlos, me sentí contento, asistido por una sospecha de plenitud. Sobre-existí, multiplicado por los radicales de aquella amistad.

Aunque igual, sobre el dorso duro de aquellos años, Carlos y yo tuvimos ocasión de compartir algunas vicisitudes existenciales, le sorteamos la vaca brava a las voluntariosas intrigas criollas, toreamos al alimón ciertas arrogancias, ciertos menudos despotismos, junto con las carencias materiales de aquellos años ochenta. Nos supimos conjurar para lidiar contra la burocracia cultural y editorial, nos conjuramos para fiar y pagar, no sin tropiezos y prórrogas, en las pulperías, en los mini-mercados, en los comedores y en los bares.

En algunos días de festejo y de parranda recorrimos las orillas de los bajos fondos de Managua, tomamos posiciones estratégicas en algunos bares favoritos de la clase media, trasnochamos con fervor, callejeamos por deporte, nos dejamos caer hasta algunos extremos marginales de la deyección social calificada y certificada, derivamos por los meandros menores de los abismos xolotlanos, nos metimos más de siete veces en camisas de once varas, corrimos o enfrentamos todo tipo de peligros, físicos, morales, espirituales, y, si ustedes lo toleran… hasta metafísicos.


DOS GEÓMETRAS BAJO EL SOL DESOLADOR DE MEDIODÍA

Un inclemente mediodía xolotlano, Carlos y yo venimos caminando despacio desde su casa # 8 de Altamira, yendo hacia el bar-restaurante popular donde almorzaríamos, frente a una plazoleta de estacionamiento, en el costado norte de los semáforos que abren o cierran la entrada principal de la Colonia Centro América (tales las enrevesadas maneras usuales de “orientarnos” en Managua). Lo que nos representaba unas siete u ocho cuadras de trayecto a pie, ida y regreso.

El paso de Carlos además de lento era esforzado y penoso, el poeta padecía en aquellos días de graves molestias en los pies, los mocasines rojizos maltrataban sus empeines hinchados, y los dedos colorados y rollizos se apretujaban oprimidos bajo la puntera de cuero. Carlos renqueaba, arrastraba a ratos una u otra de sus extremidades inferiores, avanzaba apenas, con pasos cortos, como un anciano monje japonés.

Pero no por ello perdía su sentido del humor y su presencia de ánimo.

Bajo el solazo chamuscador, desollador, atravesamos el río de asfalto hirviente de la calle, y encontramos puerto y área sombreada en la acera del otro lado.  Retomamos aliento, “Somos dos geómetras en busca del Infortunio”, sentenció Carlos concluyente, como si aquella frase dotara de una inesperada profundidad de sentido a nuestra penosa marcha meridiana, calle arriba. La profundidad de aquel sabor irónico, el impacto de su intenso humor negro, me calaron hondo. Era una ironía de muchos filos, porque aunque ni Carlos ni yo éramos expositores habituales de ecuaciones de segundo grado (con dos incógnitas), ni multiplicadores de vectores, ni calculadores de cosenos e hipotenusas. Ambos éramos geómetras en un inusual sentido metafórico, cabía una empecinada obsesión por la precisión en nuestros trabajos respectivos, había un apego religioso a ciertas formas zurdas de exactitud que nos identificaban, que nos hermanaban en los accidentes de las malas horas, aun por encima de nuestras considerables diferencias de personalidad y de talento.

Coincidencia meridiana de dos geómetras. Aquella frase, era como el título que resume una novela ineludible, y así quedó pirograbada en un depósito especial de mi memoria.

Pero, a fin de cuentas, ¿para qué, en pos de qué, además, aquella búsqueda geométrica de la desventura? La Poesía Reunida, constituye ya una parte decisiva de esta respuesta. Complementos y desarrollos de esta fecunda interrogante los iremos encontraremos poco a poco, en el resto de su obra en prosa, que todavía no termina de salir a luz. En los textos de sus lecciones dictadas en la cátedra que se creo con su nombre en la UNAN, por ejemplo.

En tales lecciones, el esquema temático que Carlos propone en su lectura analítica de la obra poética de Horacio podría constituir un útil punto de partida y referencia básica para cualquier estudioso que, habiendo leído satisfactoriamente el conjunto de la obra poética de CMR, se propusiera reflexionar sobre los temas, motivaciones y asuntos axiales que centran o delimitan los campos de reflexión de nuestro poeta, a lo largo de toda su vida productiva.

A partir de sus lecturas tanto de artistas visuales como de poetas de su especial preferencia, de sus certeros e inusitados juicios sobre Gauguin y los post impresionistas, por ejemplo. En sus comentarios a sus visitas a los museos de Madrid, París, New York y San Francisco. En su descripción de vida, obra y personalidad de clásicos latinos  como Quinto Horacio Flaco, o de poetas modernos como Charles Baudelaire.  O en su exposición sobre la tragedia ática, donde Carlos reconoce que en Eurípides “su piedad se estremecía ante cosas que a otros dejaban impávidos, o que pasaban para otros inadvertidos”, y por “haber pintado estupendamente el sufrimiento de los hombres y las mujeres sin intentar aleccionarlos ni controlarlos”.

Sería, pues, perfectamente válido procurar y reconocer estas mismas cualidades, acrisoladas por una vida de intensas lecturas y pesarosas reflexiones, orientando y determinando el sentido de la obra conjunta del poeta de Los Estatutos de la Pobreza.   

Resumiendo, aprecio, cuido y considero una triple enseñanza. Una, es la disciplina intelectual, de estudio, de persistencia en la tarea gozosa de cultivarse a uno mismo, es decir de apegarse y ser fiel al “proyecto vital de un hombre que nació con el amor fundamental por los libros, el amor al conocimiento libre, desinteresado…” “…sin la contaminación que acarrea el fanatismo: sea en cualquiera de sus manifestaciones: religioso, ideológico, político”.  
Dos, es una lección moral, de fidelidad intransigente a un oficio ingrato, de renuncia  a persecuciones y usufructos mezquinos. Una lección de amor a los despojados de toda esperanza, de valoración del ser humano integral, independientemente de su situación y de su condición.

La tercera es completamente innecesario explicarla, porque es una lección personal de gozo de la vida, una lección íntima de asunción plena y expresión intransigente, no de aquello a ser lo cual sufrida y reprimidamente nos reducen o nos quieren reducir, sino de aquello que poco a poco, con obstinada voluntad nos hemos venido proponiendo y vamos llegando a ser.

En esto estamos todavía.

* Aclaramos que Donaldo Altamirano es autor del artículo “La rebelión poética (según auto-evangelio de San Charles Bukovsky)”, publicado sin firma en nuestra edición del pasado 28 de enero 2012.