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Carlos M-Castro (Managua, 1987) es uno de los siete magníficos que figuran en la recopilación de poetas de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), “Círculo caótico”, editada en 2007 y que estuvo bajo mi responsabilidad. Creo, sin chovinismo alguno, que es la mejor antología de poetas jóvenes menores de veinte años que se ha editado en Nicaragua en la primera década del siglo actual.

Desde entonces he seguido la trayectoria de Carlos, no sólo desde los Talleres de escritura creativa de la UNI, sino en muchos otros, ya en el Centro Nicaragüense de Escritores, o bien en la UNAN de Managua, al cual también llegaba el extinto y recordado Francisco Ruiz Udiel.

Este libro ha tenido varias versiones que se concretan bajo el título definitivo de “Antropología del poema”. En la nómina de poetas recientes, en los que incluiría a Douglas Téllez, Alain Pallais, José López Vásquez, Rommel Cruz, Delena Arias, Mario Martz y Víctor Ruiz, Carlos M-Castro se sitúa como el más oficioso en su batalla irredenta de desvincular la expresión poética de su referente.

Las diferentes versiones de su libro dan claro testimonio de ello: Carlos no confía en la palabra como primaria expresión del poema. Ese horror al contacto verbal con el referente (que recrean con tanto acierto e ironía Douglas Téllez y José López Vásquez) lo ha conducido a diversas mea culpas que proliferan en los textos de este libro, bajo ese específico nombre o bajo otros subyacentes.

El poema en prosa ha sido el mejor artefacto verbal para confirmar esta tentativa de la lucha con el referente, que históricamente se inicia con los fuegos artificiales de las Escuelas de Vanguardia europeas, instaurándose como discurso de incoherente coherencia con el surrealismo. Es, precisamente, este poema en prosa el que permite a Carlos jugar su juego.

El título mismo del poemario nos remite no al verso sino a la antropología del verbo mismo, antropología que finalmente  anuncia un cuerpo nuevo, un hablante dislocando su discurso constantemente, haciéndolo suyo, aislándolo de todo aquello que lo rodee.

En mis talleres de escritura creativa, siempre que encuentro al aspirante a poeta inseguro en el manejo de la aspiradora verbal efectiva, le recomiendo el poema en prosa, o sea volver a la sintaxis constructora y no a la libertad destructora.

Muchas veces, cuando Carlos flaqueaba en sus cortes arbitrarios atentatorios contra la consecución misma del buen verso, yo se lo devolvía, como en juego de tenis, al sabio ejercicio de la prosa (que el lector tome nota de esta aseveración y que juzgue si mi consejo es acertado o arbitrario).

Carlos M-Castro no solo tiene fantasmas femeninos que lo acechan (“La habitación vacía que es mi pupila / inútil la observa escaparse de mi boca”), sino también cargas poéticas obsesivas: el paraíso sin recobrar de CMR o la dolorosa cuerda de uno o más de nuestros poetas suicidas.

En el texto “La dulzura de la muerte”, una deslectura del “Paraíso recobrado”, el contacto y descubrimiento corporal cobra asombro: “Fueron días inaugurales, de muchos descubrimientos. Tocaba tu carne mientras abstraídos veíamos desparecer todo en nuestro entorno. La música era una lejanía que nos servía de hamaca, mientras mis manos de pronto al acariciar las tuyas reconocían su propio tacto. Sentía tus piernas como mías, cuando nuestra piel se transformaba lentamente en arcilla o plastilina, se derretía y empezaba a fundirse. Consumirte me causaba insomnio. En vez de cerrar los ojos abría tus labios y los atravesaba.”

Soy amante del buen verso, y Carlos a veces los arroja como transeúnte que se para en una esquina: “…ves / cómo se atasca el día en el semáforo”; o bien como homenaje limpio al CMR inmortal del Paraíso nunca recobrado, pero siempre avizorado en cada resquicio de este libro:

“¿Hay Paraíso que recobrar?
Vuestros brazos
y vuestra lengua.
Y vuestros pies.”

Managua, marzo de 2012.