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Nuevamente Francisco Gutiérrez Barreto nos brinda un fabuloso viaje en el túnel del tiempo. Sentados en butaca privilegiada, vemos pasar por más de diez horas, música, teatro, arte radiofónico, el salto a la televisión a mediados de siglo pasado y hasta el surgimiento y crecimiento empresarial de las que fueron catedrales de maravillosas recreaciones que albergaron toda esa prodigalidad de talentos en Cuba.

Francisco esta vez se sobró. Convirtió los pases con que desde muchacho saludaba bajo el ritmo de moda en su querida Masaya -según amigos fraternales de la época- en un periplo tan singular, que producir y entregarnos su Libro de la Farándula Cubana (1900-1962), debió emplearle meses y años, aunque estamos seguros que todas sus lecturas, viajes y encuentros, los coronaba con la amplia sonrisa que siempre hemos traducido como la satisfacción  de un hombre realizado en su más caros proyectos.

El mayor acierto de este libro, que va más allá de los límites en la geografía y en el tiempo que encierran su título, es haber ubicado en Cuba el faro desde donde irradió toda esa farándula. El contenido de este trabajo solo pudo tener como escenario principal La Perla de las Antillas, y así recoger toda la grandeza que produjo, para montarnos las pasarelas por donde desfila el canto, las melodías y las excelencias escénicas que llegaban triunfadoras a Cuba o a triunfar de México, Venezuela, Argentina, Chile, Colombia, Puerto Rico, y en capítulo aparte, el histórico y sentimental puente cultural con España, esa España que se fundía con América al decir del poeta: “con el pasado macizo de la raza”

Es así que en los tomos de este libro saltamos del lirismo musical de los grandes maestros cubanos Ernesto Lecuona, Gonzalo Roig, Rodrigo Prats; a encontrarnos con las no menos líricas inspiraciones de María Grever en México y de boleristas insignes de la Isla: Oswaldo Farrés, Mario Fernández Porta, Orlando de la Rosa, César Portillo de la Luz, Margarita Lecuona, Isolina Carrillo, José Antonio Méndez; a sus pares en México, con el extraordinario Agustín Lara, Consuelo Velázquez, Álvaro Carrillo, Gabriel Ruiz, Roberto Cantoral, y desde Puerto Rico, pasando como en maravilloso kaleidoscopio, Rafael Hernández, Pedro Flores... y en estos paralelos tengo que parar de contar, con la seguridad de que solo estoy tocando la orilla de los hemiciclos inmortales donde se inscribe toda la música que Francisco Gutiérrez Barreto nos recoge en su extensa obra.

De intérpretes y orquestas hay desborde en este libro. Están los cubanos que más tocan el sentimiento popular de la época como Bienvenido Granda, Fernando Albuerne, Celio González, Rolando La Serie, Orlando Vallejos y las importaciones que de Argentina y Colombia tuvo la Sonora Matancera, con Carlos Argentino, Nelson Pineda, Leo Marini... Daniel Santos desde la Isla del Encanto; Pedro Infante, Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejía, de México; Lucho Gatica de Chile y Alfredo Sadel, de Venezuela, no se escapan del exhaustivo trabajo de Gutiérrez  Barreto.

Tampoco los tenores y barítonos, Alfonso Ortiz Tirado, José Mojica, Pedro Vargas, Nicolás Urcelay, y me detengo para no abrumar y dejarlos con la ansiedad de abrir las páginas de este libro.

Bobby Capó y su orquesta con la incomparable Piel Canela; Luis Alcaraz, los tríos más famosos que nacieron o que pasaron e hicieron historia en la Isla y que brillaron intensamente como el trío La Rosa, Los Diamantes y Los Panchos con el Güero Gil y el invento de su requinto que selló una era para las melodías cantadas en varias voces.

Punto central de esta obra es también el teatro y el arte radiofónico. De las grandiosas CMQ, Cadena Azul, La Radio de Suaritos, Radio Progreso, emanaban para América desde Cuba las manifestaciones mejor logradas de la actuación, las novelas radiadas, las transmisiones deportivas...

Rita Montaner, Carmen Montejo y Libertad Lamarque, dicen más por las tablas y el canto de América que cuanto hoy se pueda decir sobre el arte y la cultura popular. Así  nos lo confirma Francisco Gutiérrez en su libro y públicamente se lo agradecemos.

Esto me hace volver a la máquina del tiempo de que hablaba al principio. ¿Dónde se quedó esa época y cuánta razón tiene Francisco para rescatarla y perdurarla? Podría haber alusiones al paso implacable de los tiempos y es cierto que a los años de este libro surgieron los Beatles, el rock latino y en general la rebelión mundial juvenil del 68 que desfilaba con mantas en París queriendo enterrar el pasado o fumárselo de una vez en las calles de San Francisco.

Podría ser que la poesía y el romanticismo que iluminó la música y el arte en general en esos 60 años del siglo XX hayan dado paso a otras formas de expresar lo mismo; pero a nadie le ha sido dado el permiso de borrar la belleza y todo lo que el hombre ha producido conmoviendo su sensibilidad estética, que debe permanecer inalterable como eso, como belleza, como sublimación del espíritu.

Recorriendo las condensadas biografías que Francisco atesora en sus páginas, es imposible eludir de nuestros pensamientos la travesía que desde 500 años atrás se estableció de España a Cuba, de Cuba a Veracruz y escalando las cumbres de Maltrata, su anclaje en México lindo y querido. La retroalimentación de esa vía hizo a Cuba punto de hermosísimo encuentro en esas seis décadas de que  se ocupa Gutiérrez Barreto.

Mas aún, el autor no deja afuera a Nat King Cole, en inglés y español, embelesando desde La Habana; ni a Pérez Prado imponiendo su mambo en Nueva York. Y digo su mambo para suscribir la ardorosa defensa que Francisco ha mantenido sobre la autoría de ese ritmo para el célebre “Cara de foca” y sus antológicos gritos del “Guiquirique y mácala la cachimba”.

Por si algo faltaba, nuestras playas latinoamericanas recibieron con los brazos extendidos a los peregrinos de la España republicana derrotada por el fascismo. Esa diáspora bañó de cultura nuestros países, incluyendo en la misma todas las expresiones de las Bellas Artes. La historia y la nobleza obligan a situar a México como el más grande alero solidario para los que perdían su patria en aquellos aciagos tiempos.

Es imprescindible, sin embargo, que esta presentación del libro de Francisco Gutiérrez Barreto, recale en Nicaragua. Desde el abrazo filial de Darío y Martí, donde se conjugaba amor por la poesía y la libertad de los pueblos; Cuba y nuestro país han estado siempre muy cerca. Venturas y desventuras nos han hermanado; los mejores valores y los sacrificios comunes han sellado esa unión. Hoy, Francisco Gutiérrez Barreto nos invita a recordar cómo recibimos en Nicaragua las emanaciones de todo ese fecundo arte que Cuba producía y exportaba.

Si hablo por mi adolescencia y plena juventud, he de decirles que cuando Bienvenido Granda expresaba su Angustia, y Celia Cruz explotaba con su oda a Tu voz, toda mi generación se estremecía. Eran los gritos de guerra para soltar las piernas, en clubes, bares, bailongos y fiestas familiares.

Haber visto en Nicaragua, más propiamente en la inolvidable Radio Mundial, a Celia Cruz de 30 años, a la Sonora en su espléndido desempeño, a la Orquesta Aragón con sus chachachás y danzonetes, era un tinte de orgullo entre nosotros y para los que vivíamos en el barrio San Sebastián, muy vecinos de la radio, una esplendida razón para hinchar el pecho.

Las evocaciones al Teatro Variedades, destruido por el terremoto de 1931, y donde pasaron prominentes actores, cantores y orquestas en las primeras décadas del siglo XX, nos traen las voces de nuestras madres cantando pasajes de Damisela Encantadora o María la O.

Esas zarzuelas como Cecilia Valdez y muchas otras, fueron después integradas a la bien cuidada programación de la Radio Mundial, en la voz del mejor actor radial que ha tenido Nicaragua, José Dipp McConell, personaje, no dudamos, que había perfeccionado su talento natural y su cultura con las ondas que emanaban de la farándula cubana.

Si alguien profundizara sobre esta relación, tendría que escribir un capítulo aparte de cómo el alto desarrollo del arte radiofónico en nuestro país estuvo influenciado desde sus primeros pasos hasta la plenitud de su excelencia, por toda esa pléyade de actores y escritores que la obra de Francisco Gutiérrez Barreto antologiza en su libro.

Algo comenzaron a recoger en La Voz de América Central esos hombres y mujeres del micrófono, que más tarde integrarían el cuadro dramático de Radio Mundial, alcanzando un enorme grado de profesionalismo y capacidad de comunicar toda clase de emociones a las miles de persona que los escuchaban.

Superada la etapa de las radionovelas que nos venían grabadas de Cuba, como Tamakún y Los Tres Villalobos, que incluye Francisco en su libro, los actores radiales de Nicaragua hicieron suyos los libretos de Félix B. Cañé o Caridad Bravo Adams, y lograron, como sucedió con el Derecho de Nacer, que el país se paralizara y dominara un solo parlante a la hora que se transmitían sus capítulos.

Francisco no deja sin recordar en su libro a los cubanos Manolo Villamil y Yolanda Fabián, volcados hasta el terremoto de 1972 en la mayor perfección del arte dramático radial que salía por Radio Mundial. El acucioso autor que hoy presentamos, se extiende con las sintetizadas biografías de los locutores deportivos que visitaron Nicaragua, que trabajaron en nuestras radiodifusoras y hasta los que se quedaron  para siempre, como Rafael “El Dinámico” Rubí, sepultado en Managua.

Gutiérrez Barreto inserta en su integral obra, hasta las Cabalgatas de radio, destacando la Cabalgata Gillete, que en la voz de Buck Canell nos dejaba oír desde finales de los años 40 las más memorables peleas de boxeo y las series mundiales de béisbol. Cómo nos emociona recordar el “No se vayan que esto se pone bueno”. Fue el tiempo en que una de las cadenas cubanas, alquilando un dirigible, hizo historia con la primera transmisión de estos eventos desde EU para la televisión de la Isla.

Las hazañas de Kid Chocolate, las de Kid Gavilán y las del desafortunado Benny Kid Paret, eran también nuestras, y el seguimiento a la liga invernal cubana producía legiones de seguidores del Almendárez  y  La Habana, como clásicos rivales, sin que el Marianao y el Cienfuegos no tuvieran igualmente un buen número de seguidores.

¡Ah, qué tiempos, señor Don Francisco!

Gracias por semejante dedicación y entrega para refocilarnos con ese repaso que no dejó fibra de la farándula sin exaltar, desde fines del siglo XIX hasta más allá del 60 del siglo siguiente. Gracias Francisco por los que vivimos parte de esos años y nutrimos nuestros espíritus con tanto despliegue de arte, recreación y cultura popular. Gracias también en su nombre, desde el lugar donde se encuentren, a todos los artistas del carrusel que montaste en tu libro, por juntarlos, por hacer que viva su recuerdo, por hacerlos sentir que alguien los ha puesto nuevamente a cantar, a actuar, a entregarse al público y cosechar sus aplausos.

Gracias, finalmente, Francisco, por tu consecuencia de centrar en Cuba la magia con que nos envolvieron toda esa constelación de personajes que desfilan en tu libro. Consecuencia que tampoco dejó por fuera el inmenso valor del arte y la cultura popular de México, Puerto Rico, España, Venezuela, Argentina, Chile, Colombia; en fin, un glamoroso concierto latinoamericano que parece cantado a mil voces en los cuatro tomos de este libro.

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