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Cuando puse en mi muro de Facebook que pronto reseñaría por primera vez una obra de Sergio Ramírez Mercado, hubo opiniones encontradas sobre los motivos que me llevaban a hacerlo, y acerca de la calidad literaria que tendría mi escrito, el cual muchos vislumbraron como un panegírico dado que tocaría la obra del escritor vivo más renombrado de Nicaragua.

Es cierto, la manta ofensiva contra nuestro narrador, que las turbas del CUUN colgaron en una de las calles céntricas de mi ciudad, me había hecho pensar que algo tenía que hacer para defender a Sergio (como cualquier persona pelea por su amigo o conocido, o hasta desconocido, cuando sabe que se está cometiendo una injusticia contra él).

No existe un escritor nicaragüense no leonés que le haya dado tanto realce a mi pueblo a través de su ficción. Gracias a Ramírez Mercado, León Santiago de los Caballeros es el espacio mítico-literario por antonomasia de Centroamérica. Nada más, se dice fácil.

Pero el masatepino no puede ahora regresar a la universidad que lo vio nacer como estudiante, dirigente, abogado y narrador porque un hatajo de gamberros se tienen tomada el Alma Máter y le han jurado “amor eterno”.

Mucho tiempo creí que Sergio no necesitaba que nadie en Nicaragua le reseñara escrito alguno (su fama le ha permitido ser objeto de estudios y de comentarios en casi toda Hispanoamérica.), y en mi caso mejor me dedicaba a dar a conocer a los narradores locales siempre urgidos de promociones de este tipo (con quienes he tenido más sinsabores que, por los menos, un “gracias”, tan dados en su mayoría al elogio desmesurado y cortesano). Pero recordé que he leído casi toda su obra (el “casi” es totalmente intencional, pues no me gustaría ser un experto de tal o cual escritor y/o literatura y por ello dedicarme al turismo de los simposios, encuentros, festivales y demás verbenas literarias), y me dije: ¿Por qué chingados no hablás de esa última novela suya que tanto te gustó y se la restregás en la cara a esos lumpems seudo universitarios?

Y aquí estoy, contrasuberna, como creo que ha sido mi vida, declarando públicamente que Sergio Ramírez Mercado, ha creado el personaje más empático de mi existencia: una mujer, y no es para menos: la confirmación de mi eterno femenino rebelde, out sider, carne de cañón del exilio (cualquiera que fuese su manifestación): Amanda Solano.

En la reciente presentación del libro Historia de todas las cosas, de Marco Tulio Aguilera Garramuño, puse en la mesa de discusiones esta pregunta: ¿Por qué la buena literatura tica -–según mi parecer-- la han hecho extranjeros como Sergio y el colombiano Aguilera Garramuño? No hubo polémica, pues nadie en el auditorio, había leído a Ramírez Mercado. Entonces pensé en una paradoja: en Nicaragua los jóvenes lo han estigmatizado como escritor oficialista de una Revolución que nunca logró oficializarse, y no quieren leerlo porque más les significa deificar a Roberto Bolaño, un escritor chileno (par de Amanda Solano y mío) que anduvo de judío errante hasta que la Editorial Herralde lo hizo ganar un concurso para darlo a conocer en el mundo de las letras, oficialmente.

Sergio ganó el primer certamen de novela Alfaguara (junto con Lichi Diego, con sendas buenas novelas --no me pregunten cuál me gusta más, por favor--, y eso ha pesado mucho en su reconocimiento tanto interno como externo (y más ahora que el mafioso Sealtiel Alatriste, exjerarca de esta editorial, cayó como las torres que en el cielo se  creyeron…). Alfaguara ha andado tan de capa caída que cuando el mexicano Xavier Velasco ganó el premio, en España mis amigos escritores me inquirían sobre la calidad de este suertudo desconocido y superficial. Y yo les contestaba que si tenía algún mérito, debía ser considerarlo un émulo posmoderno de José Agustín (nada, pendejadas que se inventa uno para no hablar mal de los mexicanos).

Es cierto, el premio Alfaguara le hizo mucho mal a Sergio, pero nadie le ha dado tanto prestigio como él, que no ha descansado un ápice en promover su obra bajo el sello de esta casa editorial. Todo para qué, para que yo me dé cuenta que muy poca gente lo ha leído, tanto en México como en España… Y bueno, los cinco lectores nicas que hacen como que la virgen no les habla, porque todos son robertobolañistas y un día harán su peregrinaje a Ciudad Juárez.

Pero hay otro aspecto que también funciona como leit motiv para reseñar La fugitiva: me sirve para explicar, de manera somera, a mis amigos talleristas cibernéticos y en vivo algunos elementos narrativos que encuentro en esta obra. Hubo una novela también premiada por Alfaguara, Chiquita, del cubano Antonio Orlando Rodríguez, que se sumergía en la biografía novelada o la novela biográfica, cuyo problema –para mí- era la univocidad (es decir, la interpretación que le da el narrador a lo que la protagonista le expone). Ojo: fue premiada.

Hace un par de días, Aguilera Garramuño dijo esto: “¿Por qué escriben tan mal, tan superficialmente, los autores contemporáneos? Porque ya no leen a los clásicos”. Y yo le contesté que era una verdad catedralicia. Al leer La fugitiva recordé cómo en Fuenteovejuna, de Lope de Vega, se da, desde el punto de vista narrativo, la construcción de un personaje a través de lo que los demás dicen de él. Técnica que en el cine Orson Welles y su Ciudadano Kane llevaron a la apoteosis, y que Lawrence Durrell explota para aposentar el punto de vista como un elemento esencial de quien escribe en el aquí y el ahora de su ficción.
Se dice poco, pero SRM ha leído a Flaubert y Tolstoi, y con ellos a sus mujeres emblemáticas, las que pergeñaron a Amanda, Marina, Edith y Manuela (no a Yolanda Oreamuno, ni a Chavela Vargas, ni a Vera Tinoco, ni a Lilia Ramos), porque si se dice que la vida es así… Yo digo que la ficción es de otro modo…

En La fugitiva, Sergio Ramírez Mercado, el narrador-periodista, entrevista, indaga, hace paleografía, trabajo de campo, antropología, historiografía, hemerografía, cuechea, recurre al Calendario Picot,  al periódico Excelsior y otras numerosas fuentes para desentrañarnos la figura de una ilustre desconocida, la que cruzó la raya que muy pocos se atreven ni siquiera a pisar (como en el Metro de la ciudad de México), la que no piensa en su belleza como sortilegio del éxito, sino en el numen casi siempre traicionero, pero inefablemente atractivo. Amanda Solano es para mí como la canción que escuchaba desde niño: “Sin saber que existías te deseaba, antes de conocerte te adiviné…”.

¿Y qué surge de esta pesquisa? La voz de la mujer… Algo que Flaubert y Tolstoi jamás imaginaron, ¡y por partida triple! Hay que joderse con mi paisano: tres mujeres diferentes para hablar de una sola diosa verdadera (¡acabáramos con la divina trinidad!). Esa que escribió siempre sobre su vida e hizo una metáfora de la misma: una sola novela y muchos escritos que se fueron como las golondrinas viajeras. Igual que yo, hasta ahora.

Si ponemos a Proust y Joyce, a nuestro narrador vivo solo le faltaría Dickens (y miren que entre Edith, Amanda y Manuela habría suficiente material para hablar de la jodedumbre), quien el mes pasado cumplió dos siglo de inmortalidad. Pero Amanda no piensa escribir al estilo Proust, sino hacer de la historia de su vida el libro de la mujer emancipada y también femenina (igual que su trío de  amigas, y eso incluye a Manuela, quien pese al pantalón, el poncho y el huarache liga como mujer a otra mujer). ¡Hay que joderse! Talleristas, descubran cómo se logran cuatro voces muy bien definidas. Eso solo se obtiene dotando al personaje (valga la redundancia) de personalidad. Que los referentes de la vida real pesan, ¡qué bueno! A mí me gusta más Manuela que Chavela.

Decía hace ratos que los ticos no han logrado hacer una novelística si no a través de sus inmigrados, y tras platicar con Aguilera Garramuño supe que Costa Rica era lo de menos, que él había hecho una novela como quien nombra la vida a partir del primer día, y eso era creación pura. En el caso de mi paisano se da un aspecto que yo siempre le he pedido al escritor: escribir con mala leche o con mala hostia. Condición sine qua non para ser y exponer el malestar de su tiempo, y algo que me ha granjeado enemistades en mi pueblo ya que se sigue escribiendo para agradar a los que no leen. Sergio Ramírez Mercado, describe la Costa Rica de comienzos del siglo pasado sin ambages ni cariño. Pese a haber vivido su exilio en la “Suiza de Centroamérica”, no se cree el slogan y reduce a la mínima expresión su calidad de advenediza cultural y beata artística (algo que yo sigo criticando de algunos “creadores” de mi paisito). No, el doctor no es así nomás, tiene el rencor suficiente para cagarse en Juan Santamaría y su descendencia.

Me gustaría seguir hablando de La fugitiva, pero como no creo en esas largas tesis o monografías terminaré por decir qué no me gustó de esta novela y que vengo notando en muchos textos recientes: si bien las tres personajes (hijas de su tiempo) están muy bien definidas, hay por lo menos en Gloria Tinoco  y Manuela Torres ciertas anacronías que tienen que ver con la información de su época y entorno, y que yo llamo Síndrome de los Wonder years. Me explico: cuando uno miraba esta serie norteamericana, de inmediato contextualizaba el entorno tecnológico, civilizatorio, familiar y social norteamericano (a través de una canción, el modelo de un carro, la ropa, etc.), pero que en la Costa Rica de comienzos del siglo pasado no se pudo tener  la información que, por ejemplo, Tinoco maneja por ratos, y que Manuela dice conocer cuando habla del Arte de la guerra, de Sun Tzu, u otros cultismos que sólo en la fea Marina serán verosímiles, ya que ella sí se ha cultivado. Muchas novelas actuales, sobre todo las que yo llamo de exotismo al revés (es decir, con trama europea, como las de los cracks de México, Volpi et alii), tienen este defecto: demasiada información a la hora de narrar, lo cual hace pensar en un puerto USB de más de ocho gigas…

Club de lectura
Si ya leyó la novela más reciente de Sergio Ramírez, “La fugitiva”, vaya y comparta un rato ameno con el autor el próximo jueves 29 de marzo a las 6:00 p.m., en Literato, tienda de libros (calle principal Colonial Los Robles).
Aporte con su experiencia descubriendo a Amanda Solano y conociendo todo lo que quiera conocer sobre los detalles de esta novela. Si no tiene “La fugitiva”, puede adquirirla en la librería.