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Cuando yo propuse escribir sobre Vidaluz Meneses tuve la más alta recepción. -¡Se lo merece, dijeron-. Pobre ella, dije yo, vean quién la va a interpretar. Y la llamé y le pregunté: “¿qué voy a decir?”. Y Vidaluz, igual que yo, contestó “yo qué voy a saber”. Y me dejó solo, solo en el páramo. Y tuve que remontarla y encontré que lo más fácil era a través de su gran tema: el amor.

Yo no sé cuándo comenzó a escribir, pero sí sé que cuando publicó por primera vez ya lo hizo con voz propia, identificada, en su lenguaje y en su temática. De su lenguaje ni qué decir, es suyo, suyito de sí: uno lee el poema y dice “¡Ah! es de la Vidaluz”, sin haber verificado al pie del poema el nombre.

Otra cosa es el contenido temático de su obra. Por lo pronto, cumple con la premisa básica de “mi obra es mi vida”, o peor aún, “mi vida es mi obra”.

Dice Evstuchenko, quien es un decidor de primera, que la biografía de un poeta son sus poemas. Hermosa, pero relativa aseveración, pues ¿cómo vas a aplicar esta regla a Mallarmé o a Góngora, a Bretón o Aragón?

En Darío, si uno va por el cauce seco del análisis –a riesgo de tormenta repentina o avalancha- es posible, con paciencia, identificar etapas de su vida. En otros poetas, no. Pero en Vidaluz sí se puede: ella es, en sus poemas, testimonio vivo de su propia experiencia vital. Ella es Vida en sus poemas, es Luz que aclara el camino hacia su propio entendimiento. Es Vidaluz.

Ya otros sesudos y otras brillantes sesudas hablaron, disertaron y diseccionaron sobre su compromiso revolucionario, su anhelo filosófico religioso impregnado de pan y frugalidad, al menos olfativamente yo percibí ese ambiente cuando la visitaba en su oficina –su auge y caída matrimonial, una especie de Tercer Reich desmoronado, y otras cosas misteriosas y profundas que los esculcamientos literarios encontraron.

“Yo no” –como Darío- , “pretéritas normas conforman mi anhelo, mi ser, mi existir” y mi visión es otra: yo busco y esculco la soterrada voz de amor que hay en sus poemas. Y puntualizo el camino de la buena sintaxis que en su obra lleva a la poesía o esta hala a aquella y la acomoda a su medida como un traje de luces antes de entrar al ruedo a enfrentar a la muerte o al amor que a la larga son los dos componentes fundamentales de la vida.

La poesía nicaragüense de claro origen naturalista genera poetas identificados en su conceptualización vital y/o literaria con los elementos/símbolos de aire, agua, tierra y fuego.

Vidaluz Meneses es una poeta flamígera, vibrante y perpetua llama que no se consume como la zarza de Moisés, y que en su caso es alimentada por el combustible del amor. Nada más veamos los títulos de sus libros: “Llama guardada”, “El aire que me llama”, “Llama en el aire” y “Todo es igual y distinto”. Ustedes dirán “qué tiene que ver este último título con la llama”. Yo les digo, pues todo: ¿acaso una llama no es la misma y cambiante? Danza permanente de color y calor.

No solo el fenómeno se da en los títulos de sus libros, también en los poemas de musical vaivén: “…ni con la llama que envuelve / con voracidad los cuerpos encendidos” (poema “Amor en cualquier tiempo”) y este revelador contrapunto, aparentemente contradictorio, pero que es parte de la danza del fuego: “…y ella sale de la cama con la pesada melancolía escondida entre los pliegues de su bata vaporosa” (poema “Instantánea conyugal”).

El amor y su desarrollo gradual y cambiante a lo largo de sus libros: una recurrencia que vibra, cuerda de guitarra tensa pero que suena dulce como si un solitario pastor la rasgara. “…anidé en cada cavidad un sueño;/ vendrá la ola inmensa/ portadora de vida o de muerte,/sobrevivirá de la sirena el canto”. Y esta dolida advertencia: “…pero no envilezcas tus lágrimas/ aunque todo parezca perdido algo queda” (poema “Ellos reirán de vuestra hambre”) “El ojo abierto/que ya no duerme para no soñar…” (poema “Bajamar”). Y la contradanza: “Apaguémosle la luz para que/continúe el sueño”.

Vidaluz hace un uso equilibrado de los recursos poéticos. Brevedad y concisión en las expresiones verbales. Discretos improntos que rápidamente se apagan como brasas en un horno, lo que permite utilizar el silencio como un recurso que añade y que no resta al verso: “Bajo mullida grama/espinas hay al acecho” (poema “Intuyo”). El silencio, que puede ser verbal, es un acecho. Ahí, siempre, hay muchas palabras no dichas. Generalmente el discurso del dolor.

Testimonio de vida, dicho con honestidad y sin alarde: “No importa dónde me ubique, sé que además del pequeño escritorio, de la estrecha oficina/o en el rincón más íntimo de mi cuarto/siempre hallaré un lugar donde tejer un sueño.” (poema “Sueño”)
“Porque escrito está en las ruinas lo temporal de nuestro paso y en el polvo de los escombros nuestro retorno” (poema “Quien tenga oídos”)

No podía faltar el desamor: la poesía es una moneda en el aire, con una cara blanca y otra negra, con una de muerte y otra de vida, con una de amor y otra de desamor, moneda que al caer tintinea en el poema y lo establece.

Dice Vidaluz: “He visto a la mujer rondar el cetro, el centro de su vida misma. Ensayar la sonrisa más seductora de Eva/descalzarse ante el amado y poner la ofrenda sagrada de su cuerpo en las manos del hombre desconcertado ante la abundancia”. “…¿Qué cantos de sirena? ¿Qué música encantada? ¿Qué incienso? ¿Qué aliento para convocar de nuevo el fuego?... (“Poema del desamor”)

La poesía de Vidaluz Meneses es un periplo que no arranca sino para adentro, centrífuga poética, en su principio está su fin, zarza que se consume sin consumirse en un solo tema: el amor. El amor expresado en asuntos políticos, recuerdos de infancia, cautelosas pasiones, arrebatos irónicos, derrumbes y encumbramientos amorosos, soledades de las cuales va y viene –“de mis soledades vengo, a mis soledades voy”- y cosas así.

Ella dice: “He iniciado el viaje al centro de mí misma/ el necesario retorno a las cosas elementales…” (poema “Viaje hacia el interior”).

A Vidaluz Meneses siempre es posible leerla a cualquier hora del día o de la noche del hombre. Hagámoslo.

León, 9 de marzo de 2012