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El viejo Nacho Naranjo ya había entrado en el tiempo de esa corrosión que desespera. Tenía más de 60, a los que había que sumar el enorme peso del abdomen y la flojera de las canillas. Sin embargo, hasta ciertas lunas de la existencia la vida le había sonreído, embebiéndose en sus sueños y en sus alardes de tramposo.

Era el propietario de 30 descalabrados cuartos de ruinoso talalate que hedían por todos lados, de los que salían los centavos con que masticaba su orgullo. Su dicha, su felicidad, su matadero del tiempo, era vivir arrellanado sobre el butacón del portal donde se carcajeaba solo, hablaba solo, y hasta soñaba solo sin que nada ni nadie fuera capaz de importunarlo; pues su pasión de mortal era cobrar la renta y vivir ensartando el bolero.

Solamente era capaz de interrumpir tal afición, el pago de los desnutridos o apestosos usuarios que amanecían durmiendo en las cercanías del mercado; y para variar, la famosa Paquita, vende tortillas, cuajadas y atol de maíz o trigo, que medio en broma y medio en serio, ofrecía su mercancía, enganchando al gordo que si la mercaba hasta se lo iba a dar con el dedo.

El viejo Nacho se colgaba el bolero a la derecha del fajón y empezaba a decir cosas a la Paquita. Solamente esta vendedorcita de atol o cualquier ánima en pena que entraba o salía del espantoso cuchitril eran los únicos capaces de interrumpir la especie de tarea de don Nacho, en el ensarte del bolero.

Por supuesto, los clientes que llegaban al moridero pulgoso de don Ignacio eran de lo más raros y hasta atractivos: limosneros a quien ahora les iba mejor que antes, y abandonaron el refugio de los parques o los zaguanes por temor a ser asaltados por hermanos del mismo gremio que no habían tenido la suerte o la viveza de alcanzar el éxito que la tarea requiere. A los que había que añadir alcohólicos consuetudinarios y malabaristas de callejón en barrios pobres, así como vendedoras de caricias expertas sin gigoló; o putitas nuevas, que por el miedo de ser asaltadas, escarnecidas y violadas, luego de estar remilgándose en avenidas o los pasadizos con la faldita hasta la orilla del calzón, dejaban los lugares donde mostraban la mercadería y buscaban el descuartizamiento del gordo del bolero para terminar de pasar la noche.

Me imagino que vienen cansadas, después de haber pateado tanto la calle, chiqueándose en las aceras o colgadas de las ventanas de los carros, donde pocas veces un joven, y las más, algún viejo sarroso que les tocaba los senos primero, y luego las hacía subir al auto que tenía vidrios oscuros para llevarlas a cualquier lado y a su gusto y placer seguir en la tocadera.

Ni qué decir que el viejo Nacho cobraba lo que le daba su regalada gana a esos miserables que era su clientela.

El viejo del bolero los tenía clasificados. Los conocía a todos, pues el pírrico matadero entre segregados sociales y mendigos del país entero, había logrado tal fama, que de Norte a Sur y de Naciente a Poniente todo mundo lo conocía. Entre la masa de los pedigüeños como referencia, llamaban al cuchitril, el hotel del bolero. Y cuando alguno de los desafortunados usuarios no tenía con qué pagar la renta. Luego de extensos ruegos y lastimeras peticiones, hacía pasar al deudo bajo el ramaje de un ceibón que se hallaba en el centro del patio. “Allí le cobraba menos, pero dormía seguro”, argumentando don Nacho que era mejor pagar un peso que amanecer a media calle con la honra en veremos, como es corriente que se comente entre los mismos.

De lo que producía el ruinoso caramanchel, el viejo Nacho vivía a su gusto y antojo. Esquilmando a los pobres y abandonados, con la herencia recibida del viejo Ignacio Naranjo, quien le había regalado nombre y el supuesto apellido. Y no tiraba por la borda del olvido y la incertidumbre el cómo había llegado a ser el dueño del hotelito, como decían frente a él mismo la zaparrastrosa clientela para no lastimar a don Nacho, que era súper sensible cuando se referían a la cochina cuartería; y claro, se vanagloriaba de haber nacido con una estrella en la frente, pues solo así podía justificarse que lo haya adoptado el difunto, y le haya hecho heredero del hotelito.

Y tampoco olvidaba a su mama, la hermosa campesina que había bajado del monte y respondía al nombre de Micaela. Por supuesto, bien dotada, como una potranca de raza entre las mejores crianzas. Nalgas duras, senos rollizos que despertaban cierto estimulante sopor erótico en la imaginación con sonoras estridencias de clarines y tambores, parecidos a los de la famosa Marcha; y los que después, por el mismo padrastro se dio cuenta, que era lo que lo había embobado.

Decía para sí mismo, que desde que heredó el hotelito dejó de andar entre malas compañías, viviendo contento y feliz desde los ocho abriles, cuando la bien dotada Micaela dejó de callejear, aceptó por unos meses los requiebros de don Ignacio, para luego escapar de la eventual protección y enrolarse con el conductor de camión que llegó a pasar la noche, dejando volado al muchacho.

Como es de suponer, el forzudo camionero era un moreno joven y atrayente; y Micaela a pesar de que vivía mejor que cuando había llegado antes, no vivía contenta con las pírricas cucharadas sexuales que el voluminoso don Nacho apenas podía darle. Luego de un periplo de sexo agitado en cualquier rincón o andén de la ciudad, Micaela se mantuvo quizá con las tripas tranquilas, pero la impaciente y lacerante sed erótica la torturaba en lo más hondos remilgos de la imaginación.

“Si se fue que se vaya -pensó don Ignacio-. ¡Así como vino esta puta, seguro que vendrá otra…!”. Y sin más ni más siguió ensartando el bolero.

Y Nachín, pues el viejo le había puesto su mismo nombre, heredero de don Ignacio, pensó sabiamente, que ciertamente al padre adoptivo le fue mejor de lo que había pensado: llegaron otras putas. Pues por carencia de educación, trabajo y azote del hambre, cualquier avenida y apropiado rincón de la ciudad, estaba repleto de falditas callejeras. Era el recuerdo que el viejo Nacho tenía grabado en la memoria casi con la candencia del fierro con que se marca el ganado.

¿Era feliz don Nacho? ¡Quién sabe! Tal vez para alguien que vivía en peores condiciones que él. Vivía mascullando que la felicidad algunas veces tiene cara de perro, cuando le toca mostrar las muelas flojas a los miserables inquilinos; o se decía tonto protector cuando era justo hacer de oveja al rogar humildemente a los cobradores de impuesto; entonces recurría a intemperancia de la vejez… o cuando le tocaba fingir alguna caricia sexual a la que estaba acostumbrado. “Mejor dormís conmigo y no me pagas nada –sonreía el puto de don Nacho-. Así, hasta te podes ir desayunada”.

Pero en una de tantas jugadas, el bolero le falló.

Al doblar la esquina, en las cercanías del Oriental, frente a la iglesia El Calvario, el chulo de la Celina, quien además de chicha de maíz vendía sus caricias a quien las pagara, vio entrar a la rolliza y atrayente putona que harta de mantenerlo lo había mandado al diablo.

Y cuando el viejo Nacho abrió la puertecilla del portón, Camarón ya venía en carrera, encontrando a don Nacho, bolereando a la fondilluda Celina.

-¡Ajá! ¡Viejo hijueputa!. ¡Ya me lo habían dicho. Así te quería encontrar, viejo pedorro…!

Le prendió de la moña que se había dejado crecer para parecer jovenzuelo con ínfulas de chimbarón, y sacando la manopla de hierro que llevaba ajustada al puño le dio tal golpazo en la frente que hizo rodar al viejo Nacho por gradas de su cuartucho. Sale sobrando agregar que al enamorado don Nacho le atacó el infarto cardíaco que hacía años lo venía amenazando. Camarón le gritó:

¡Anda a jugar bolero con el diablo en el fondo del infierno, viejo cabrón!

Y escapó a todo correr.

Febrero 2012