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Al igual que los artistas, las películas tienen “ángel”, y ese ángel es el misterio y la magia del corazón, en la mano del guionista y en el ojo del director. ¿Dónde quedó el “ángel” de este film?

Al igual que “Secreto en la montaña” (2004) de Ang Lee, este film de Clint Eastwood es, al fin y al cabo, una historia de un amor prohibido dentro de la sociedad puritana anglosajona de los cincuenta. Una sociedad profundamente religiosa, clasista, racista e intolerante, de rasgos fascistoides y de una represión sexual brutal, en todos los aspectos. 

¡Ah, el placer perverso y delicioso de prohibir y castigar el placer!

El guión aborda la contradicción odio-organización-represión-emocional contra amor-humanidad-libertad de la pasión y lo emocional, tratando de conjugar, en un malabarismo estructural de recuerdos, esa dicotomía que representa un amor homosexual en la primera década del siglo XX.

Hay que mencionar que no es la primera vez que se toca en el cine la homosexualidad del creador del FBI. Lo hizo Oliver Stone en el film: Nixon (1995), interpretado por Anthony Hopkins.

Pero aun siendo una película con altos y bajos, no deja de ser una obra interesante y auténtica en su planteamiento. Sin embargo, fue completamente ignorada en los pasados “óscares”, como si no hubiese existido, como si su guión, hábilmente estructurado en flahsbacks por Dustin Lance Black, no pudiese competir por la más famosa de las estatuillas del cine, al igual que las magníficas actuaciones de Leonardo Di Caprio y Armie Hammer.

Da la impresión que ciertos relatos que tienen que ver con la historia de la seguridad de los “usamericanos”, es tema todavía prohibido. ¿O será que de una u otra forma esa sociedad sigue siendo puritana, medrosa y cobarde, y su moral de doble o triple cara navega en medio de un mar de contradicciones sociales que no les terminan de permitir ser completamente libres? ¿Será?

“¡Qué verde era mi valle!”, (1941), de John Ford, le arrancó el Oscar a la obra maestra de Orson Welles, “El ciudadano Kane” (1941), uno de los mejores films de todos los tiempos. ¿Sería por la misma postura amoral de los miembros de la Academia de no aceptar los rasgos humanos de un país que, como al nuestro, le cuesta reconocerse en el espejo? ¿Quién recuerda lo verde del valle, ahora?

J. Edgar o el problema
de llamarse FBI

Rafael Vargarruiz

Al igual que los artistas, las películas tienen “ángel”, y ese ángel es el misterio y la magia del corazón, en la mano del guionista y en el ojo del director. ¿Dónde quedó el “ángel” de este film?
Al igual que “Secreto en la montaña” (2004) de Ang Lee, este film de Clint Eastwood es, al fin y al cabo, una historia de un amor prohibido dentro de la sociedad puritana anglosajona de los cincuenta. Una sociedad profundamente religiosa, clasista, racista e intolerante, de rasgos fascistoides y de una represión sexual brutal, en todos los aspectos.  
¡Ah, el placer perverso y delicioso de prohibir y castigar el placer!
El guión aborda la contradicción odio-organización-represión-emocional contra amor-humanidad-libertad de la pasión y lo emocional, tratando de conjugar, en un malabarismo estructural de recuerdos, esa dicotomía que representa un amor homosexual en la primera década del siglo XX.
Hay que mencionar que no es la primera vez que se toca en el cine la homosexualidad del creador del FBI. Lo hizo Oliver Stone en el film: Nixon (1995), interpretado por Anthony Hopkins.
Pero aun siendo una película con altos y bajos, no deja de ser una obra interesante y auténtica en su planteamiento. Sin embargo, fue completamente ignorada en los pasados “óscares”, como si no hubiese existido, como si su guión, hábilmente estructurado en flahsbacks por Dustin Lance Black, no pudiese competir por la más famosa de las estatuillas del cine, al igual que las magníficas actuaciones de Leonardo Di Caprio y Armie Hammer.
Da la impresión que ciertos relatos que tienen que ver con la historia de la seguridad de los “usamericanos”, es tema todavía prohibido. ¿O será que de una u otra forma esa sociedad sigue siendo puritana, medrosa y cobarde, y su moral de doble o triple cara navega en medio de un mar de contradicciones sociales que no les terminan de permitir ser completamente libres? ¿Será?
“¡Qué verde era mi valle!”, (1941), de John Ford, le arrancó el Oscar a la obra maestra de Orson Welles, “El ciudadano Kane” (1941), uno de los mejores films de todos los tiempos. ¿Sería por la misma postura amoral de los miembros de la Academia de no aceptar los rasgos humanos de un país que, como al nuestro, le cuesta reconocerse en el espejo? ¿Quién recuerda lo verde del valle, ahora?