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“Sweet Loretta Martin thought she was a woman / But she was another man”: ¿recuerdan? Ya en los años setenta del siglo pasado los límites entre los sexos comenzaron a borrarse, y durante las dos décadas pasadas ese proceso ha ganado fuerza y velocidad. Hasta la fecha, el perfil sexual de Rubén Darío parecía bien definido. Es cierto que no era ningún “supermacho”. Su imagen pública no se puede comparar con la de un Hemingway. Nunca fue a África a cazar leones, el boxeo le repugnaba, huía de los duelos, no soportaba las corridas de toros, y tenía mucho miedo a los apaches. Hemingway fue voluntario en tres guerras; Darío, cuando estalló la guerra de 1914, se fue a una gira por la paz. Los biógrafos y críticos han descrito ampliamente su timidez, su parquedad, sus pesadillas, angustias y ansiedades.

Pero raras veces habían llegado a dudar de su identidad masculina. Se sabe que nadie como él ha cantado la celeste carne de la mujer. Su esposa era de su tierra, su querida de París. En el transcurso de su vida tuvo dos esposas y una compañera. Tuvo unas quince amantes o queridas en varios países. Tuvo hijos. También tenía amistad con muchos hombres, en su mayoría poetas y escritores latinoameri­canos o españoles. Algunas de esas amistades fueron íntimas, intensas. Pero no hay ningún documento o testimonio para indicar que hubieran influido impulsos sexuales en esas amistades.

Más bien, Darío se burlaba de las “comunicaciones / entre lesbianas y gitones” (Darío 1952: 845). Sin em­bargo, los estudios de género avanzan inexorablemente. El gender mainstreaming es amplia­mente financiado en muchos niveles. No es suficiente que hombres y mujeres tengan los mismos derechos; no se pueden mantener sus diferencias, tienen que ser iguales. La sexualidad heteronormativa, atacada por todos lados, pierde terreno; los amores transgresores están en plena ofensiva y no dejan descansar ni a los muertos. En las universidades norteamericanas y de otros países, el imperativo de “perish or publish” empuja a los académicos. El morbo ayuda. De esa manera, entre los investigadores dariistas también han surgido algunos que quieren ver la luna a mediodía, o encontrar cinco pies al gato. Hace diez años, un cofundador del difunto Frente de Liberación Homosexual publicó un libro insinuando que Darío y Enrique Gómez Carrillo cultivaron sentimientos de “novios” o de “enamorados” (Matamoro 2002: 99-101). Este año, un profesor norteamericano de origen español, dariista de larga trayectoria, publica una serie de cartas para demostrar que Darío se acostaba con Amado Nervo. Se apresura de agregar que se trataba solamente de un episodio. ¿Darío era homosexual, perdón, bisexual? ¿El supuesto “episodio” va a tener “implicaciones respecto a la relectura de ciertos textos”? (Acereda 2012: 895). En este artículo no nos proponemos responder a preguntas tan difíciles. Nos limitaremos a dar algunas indicaciones respecto a la autenticidad, o falta de autenticidad, de los documentos en que se apoya el descubrimiento hecho en los archivos de Arizona.