•  |
  •  |

Se pudo haber hecho un análisis grafológico histórico y comparativo. Se pudieron haber consultado personas expertas del “documento-tráfico” que, análogo al narcotráfico, ha infestado últimamente a muchos países de Latinoamérica. Tratándose de cartas llevando la firma de Darío, se podía hacer un análisis de su nivel intelectual y de su estilo. No sabemos si se hizo algo de eso. El autor del artículo, después de la declaración que acabamos de citar, pasa directamente a su tema, los supuestos amores transgresores entre Darío y Amado Nervo. Cita y transcribe ocho supuestas cartas de Darío a Nervo fechadas en Madrid en septiembre y octubre de 1908, una novena fechada en Nueva York en enero de 1915, y un poema desconocido fechado en Barcelona en noviembre de 1914. En el apéndice de su artículo reproduce fotografías de todos esos documentos.

No quiero intentar un análisis de esas cartas y de ese poema, no porque su contenido sea escabroso, sino porque me recuerdan aquellos álbumes de poesía que las chicas de antes, cuando no existían ni teléfonos móviles, ni MP3, ni iPad, daban a sus compañeros y compañeras para que allí escribieran rimas, que después se guardaban de recuerdo. Pero los humildes poemitas que circulaban entre esas chicas eran chistosos a su manera. Las cartas que aquí se presentan se caracterizan por su completa vacuidad, banalidad y vulgaridad, su falta de sofisticación y de elevación mental, y por la insulsez de su estilo. Se trata de una retahíla de besos y corazones, de devuélveme-mi-pañuelo-pero-no-me-hieras-mis-sentimientos, de fulano-no-nos-quiere-y-zutano-también-es-mala-persona, retahíla aburrida en el mejor de los casos, pero chocante, indigna y grotesca cuando se atribuye a un poeta de la categoría de Darío.

En cuanto a la letra, las cartas escritas supuestamente en 1908 se pueden comparar útilmente con la carta que Darío dirigió a Miguel de Unamuno el 5 de septiembre de 1907. Sin ser grafólogo, se nota que la letra de Darío en la carta auténtica es redonda, espontánea, expresiva, con algunos rasgos irregulares, extravagantes, rebeldes, y se nota que escribe con facilidad y con placer, mientras que la letra del imitador es puntiaguda, puntillosa, trabajosa, esquemática, pareciera que no está acostumbrado a escribir y que hace un gran esfuerzo para no equivocarse. Parece, además, que escribe con pluma fuente, aunque habría que ver las hojas originales para comprobarlo.