•  |
  •  |

La primera vez que la vi me resultó tan insípida. Tan común. Decía que tenía un abuelo inventado burgués que desarmaba relojes como pasatiempo. Todas las tardes el viejo se sentaba con una pequeña pinza a montar y desmontar la diminuta maquinaria interna de los aparatos y limpiarla, por puro afán. “No hay nada como los relojes suizos”, solía decir mientras bebía su té de zacate limón. A ella, sí, lo que más le gustaba eran las marcas: que si era Bulova, Swatch o Rolex. Las marcas. De hecho yo le descubrí una sobre el bajo vientre que decía: Cójanme, por favor, cójanme que estoy muriéndome de las ganas y me cuesta agarrar con un muchacho que valga la pena. Calma, calma, le decía, las cosas no son así. Primero respira hondo, luego observa lo felices que se ven los adolescentes haciendo carreras en bicicleta, dando la vuelta a la manzana. Pero ella era necia. Parece que no estaba acostumbrada a que le pegaran sus sacudidas de vez en cuando.

En fin, ella se jactaba de su abuelo inventado burgués por las marcas de los relojes que él desarmaba. No era el tiempo sino la etiqueta del mismo. Por eso a cada cosa o persona que ella miraba, lo primero que hacía era etiquetarla: “Esta es roja”, “Este es verde”, “Esta es Floripondia”, “Esta es blanca”, “Esta es negra”. Luego las ordenaba y las guardaba en una de las gavetas de su closet. Cada etiqueta era para ella una especie de trofeo y eso la hacía sentirse superior al resto de la humanidad, aunque quién sabe qué oscuro complejo se ocultaría en una chica como Plana. Ese era su nombre: Plana.

A Plana, a mi chica escritora, le producía tanta satisfacción ser títere de las marcas que hasta yo mismo me quedaba sorprendido. Cierto día me propuse llevar a cabo un experimento. Me disfracé, o al menos intenté creerlo lo más posible, que yo era un chico tímido, configurado de pesadillas y miedos, que llevaba a la Praga del siglo XIX hasta en el alma, que era un escritor. Es más, ni siquiera era un escritor, sino el personaje de uno. Tal vez un Hans Giebenrath, ¿por qué no? Si la vida es tan aburrida ¿por qué no podría ser un Hans Giebenrath? Uno renovado, re-adaptado, con otro desenlace y de repente me encontraba sobre las tablas de un teatro blanquísimo. Blanquecino. Muy muy blanco. Y ahí estaba Plana, tan aburrida y mentalmente plana como creían que era la tierra por aquellos lejanos tiempos. Estábamos compartiendo y bebiendo agua. Con ella había que seguir un guión. O mejor dicho había que seguirle el guión. Sólo era darle cuerda como al conejo rosado de la Energizer y listo. Plana movía la boca: guaguaguaguawuawuawua. Gesticulaba sus convicciones. Porque ella era una escritora de convicciones. Yo solo la miraba en silencio, porque el silencio, me parecía la característica de mi nuevo Hans Giebenrath. Alguien le preguntó algo, creo que de su formación. Ella dijo que el día en que se graduó la hicieron jurar igualito que los médicos con el juramento de Hipócrates. Se levantó, se acomodó el pelo rubio cenizo, levantó su mano izquierda (la del corazón) y con una voz más solemne que la de un dictador, pronunció:

“Yo, Plana, creo que ser escritor o escritora significa hablar sólo de libros. La literatura solo está en los libros y existe una jerarquía de fuentes. Además soy borgeana, porque Borges es infinitamente plagiable, porque Borges es una apuesta segura para que me consideren culta o para polemizar. A mí, a Plana, me encanta que todos me vean citar a Borges. Me encanta como entrompo la boquita y digo en voz alta: Boooorges. Yo jamás me arriesgaría a otra cosa. A mí, a Plana, me gusta que me lean solo escritores. Desprecio a cualquier lector que no sea escritor o, digamos, letrado, porque mis cuentos son clases de historia, de arquitectura, de arte, de física nuclear. ¡Son cátedras literarias! y no son para cualquiera. Porque me encantó cómo Borges (otra vez) hizo del ensayo un cuento. A lo lejos me suena el nombre de un tal Beuys, algún día me animaré a googlearlo. Yo, Plana, quiero que todos sepan que he leído mucho, igual que Borges (de nuevo), que me jacto más de lo que he leído, que de lo que he escrito. Que soy obstinada y además tengo -1 de miopía, de tanto leer, claro está. Yo Plana González, así me declaro. Amén”.

El resto de espectadores no se sorprendió. Parece que de algún lado ya la conocían. Tuve, sin esperarlo, ese sagrado momento de revelación: la esperada epifanía: el miedo es también un recurso. Claro, ella sabía muy poco de esas cosas, estaba mas pendiente de sus etiquetas y las marcas que de repente se perdía en esos mundos “reales”. La llamé con el dedo. “Vamos afuera, que quiero decirte algo”. Ella me seguía y mientras tanto yo pensaba que había picado la carnada. ¿Cuál carnada? Que se había tragado el anzuelo. ¿Cuál anzuelo? Sólo pensaba que a lo mejor le arrancaría dos o tres dientes. Calma, le dije de nuevo. El dolor es lo mas normal del mundo. El ardor de ser ignorada, inclusive por mí, es lo mas normal del mundo. Si la gente no te toma en cuenta o no te hacen caso, no es para tanto. Cada quien tiene derecho de elegir sus amistades. No tenés que morir por eso, le decía mientras intentaba quitarme la imagen del anzuelo y sus dientes amarillos. Luego me venía su rostro, mejor dicho, sus ojos construyendo, escribiendo en blanco y negro. Llegué a pensar que a lo mejor esos eran los únicos colores con los que Plana miraba el mundo. Ella en definitiva construía por oposición y comparación. No sabía o no podía hacerlo de otra forma. ¿Sería mi persona una proyección de ella misma o viceversa? Rogué al mismísimo diablo que eso no fuese así. Calmate ahora vos, me dijo el diablo, no es así.

—Vos no entendés. Yo, Plana, soy una pescadora de miedos y me dejo llevar por la superficial estela de luces de la pasarela hollywoodense, adonde quisiera pertenecer.

—Plana, no me hagás enojar. Creo que ya estás lo suficientemente grandecita para saber que el miedo, además de recurso, es un invento.

—Pero es que mi bella mente….

—No Plana, usted tiene que vivir más. Vivir Plana, vivir y dejar de construir el mundo binariamente.

—¿Qué es binario?

—Ah no Plana, tenés que poner de tu parte. ¿No te enseñó tu abuelo-inventado-burgués-relojero que la literatura no es blanco o negro? Ya no digamos el arte, el buen arte. ¡Me extraña, Plana!

—…

Ella no dijo nada. Creo que intuyó mis palabras como si fuesen alemán o gaélico. La dejé con la sensación de una victoria ficticia. Hasta alguien como Plana González tenía derecho a su cuota de ficción vivida. Ende, había que dejarla ser feliz, aun y cuando todo fuese una mentira, tal y como decía Manu Chao en esa canción que tanto me gustaba. Chao Plana. Me voy, le dije, mientras me quitaba el traje de Hans y me vestía con el de Eduardo. Tengo muy poco tiempo. Tengo un mapa de lecturas, una rutina que cumplir y vos no estás, por ahora, en ella. Eso sí Plana, mi reloj es digital y le hace así: bi-bip-bi-bip-bi-bip…