•  |
  •  |

A mi padre

Félix Javier Navarrete

 

Le dicen el negro Joe, y desde que tiene uso de razón puede adivinar desde lejos el llanto de un Mazda, el quejido seco de un Hillman o el mugido de un Ford al entrar desafiante por la calle principal de la ciudad, invadiendo el frágil asfalto y opacando con su inédita belleza a los pocos rótulos de neón y semáforos tuertos, viejos y amarillentos que se encuentran apostados como fantasmas miserables en las esquinas.

Ahí va el negro, dice la gente, cuando lo miran empujando con todas sus fuerzas un auto que se descompuso en media avenida, o cuando regresa a su casa ya pasada las siete de la noche, hecho una mugre, después de haber reparado tanto chunche que cayó en sus manos.

La verdad es que, entrada la noche, el negro es un coctel ambulante de colores que se desprende por todos los rincones de la ciudad y no deja dormir al vecindario. Sólo Matilde, su mujer, lo tolera cuando llega a casa, todo sucio y hediondo, y entre celosa y bromista le grita desde la cocina: “Vos venís de acostarte todo el día con un apestoso Wolkswagen negro. No te me acerqués”. Y él le responde: “Te equivocaste, amor, me acosté con una Mazda”. Y ríe fuertemente como un gorila de circo, enseñando sus enormes dientes blancos, tan blancos como los bolsillos vacíos de sus pantalonetas de dril.

En la ciudad toda la gente dice que el negro tiene un olfato atroz para los carros. Y es cierto. Nadie los conoce mejor como él. Pues la gente asegura que el negro Joe, así anafalbeto, con apenas echarles una mirada por encima o por debajo de la carrocería, con solo oler el tipo de gasolina que ha consumido, o palpar con sus dedos el grosor del aceite, acariciar el motor, meter el dedo en el mofle, como si estuviera palpando una mujer metálica, podía diagnosticar inmediatamente su mal. A lo mejor si hubiera nacido en el siglo pasado quizás hubiera podido ser más talentoso que Henry Ford, claro, versión negra.

Pero, claro, los negros no están llamados a ser fabricantes de vehículos. No. Ellos nacieron, según el capitalismo, para ser choferes, para el trabajo sucio, para la mecánica, para distinguir una tripa de otra, un sonido de otro, para inhalar diariamente hasta que se mueran humo negro y otras cuitas que desprenden los carros cuando están enfermos y agonizan en los talleres.

Los blanquitos, claro está, para fabricarlos, comprarlos, exhibirlos y por supuesto, manejarlos. La odiosa división de clases de la que hablaban Marx y Lenin. Pero el negro Joe, habitante del barrio Acahualinca, visitante asiduo de la cantina Ambos Mares, amante de autos, mujeres y otros cachivaches, desde que dejó los pechos de su madrastra para apretar los pechos de Matilde, no sueña en otra cosa que en comprar un Hillman. Aunque tenga que partirse la vida y resulte con cáncer en los pulmones de tanto tragar humo y oler gasolina. O su sangre se torne negra como el petróleo que tanto aspira en el taller.

Porque a decir verdad el negro Joe creció entre la mugre de las vulcanizadoras y el pronunciado sarro de los talleres, entre los olores a caucho y alcantarillas, entre las aguas sucias empozadas en pilas, resucitando y remachando llantas, sacando clavos y toda clase de objetos cortopunzantes, curando llantas, aprendiendo mecánica por las tardes, sin manuales ni profesores, a ojo de buen cubero, a tientas, revisando minuciosamente las entrañas de los carros, reparando y curando las tripas de estos elegantes armatostes, conociendo meticulosamente cada pieza como si cada una de ellas fueran sus blancos huesos, lo único blanco que tiene, además de los dientes; pernoctando dentro de estos maravillosos vehículos cuando no tiene donde dormir, pero contento y cómplice, soñando que algún día manejaría un lustroso Hillman amarillo y se pasearía con su orgullosa Matilde por la avenida Bolívar, en aquel auto impecable como siempre, con aquellos sillones de cuero, tablero negro, ajedrezado, brillante, timón lustrado, de su color, y ese olor a carro nuevo, a cosa nueva, a criatura nueva, impregnado en todo ese cuerpo metálico que cuando le metía el cambio o el embrague, se ponía frenético y se excitaba como si estuviera con una mujer en la cama metiéndole la primera, o la segunda, qué se yo. O probando la caja de cambios, según él bien decía, para después irrumpir en tremendas carcajadas.

Hasta que luego de haber ahorrado unos cuantos pesos por más de quince años, justo cuando el negro Joe estaba cumpliendo 40 años, compró el taxi de sus sueños y su vida comenzó a girar como una rueda, rápida y frenética, hacia adelante, sin retrocesos. Era un Hillman amarillo, como siempre había soñado, que cambió su vida y sus costumbres. El negro Joe salía muy temprano de su casa, bien bañado y perfumado, vestido de riguroso pantalón negro, kepis de gamuza negra, guayabera blanca marca Cubavera, que le recordaba el trópico de La Habana, se montaba en su Hillman y comenzaba a taxear por toda la ciudad hasta que la noche y él se fundían en una gigantesca mancha.

–Ahí va en su taxi el negro Joe--murmuraba la gente que lo saludaba desde lejos, y él respondía alegre y vanidoso con su claxon, se quitaba el kepis en señal de saludo y aumentaba la velocidad de su Hillman.

Fue allí, manejando el volante, mientras llevaba y traía gente de medio pelo y de la high class, que el negro Joe, de alma blanca, comenzó a traficar con la coca. Colocaba la sustancia blanca en el lugar más insospechado que a cualquiera se le hubiera ocurrido. Así como podía ser en las entrañas del Hillman, allí donde aparentemente cualquiera sólo veía laberintos de alambres enredados con chatarra, el negro escondía con mucha discreción unos cuantos paquetitos de polvo blanco, suficientes para hacerse rico en unos seis meses. Pero después no sólo traficaba con coca, sino con armas y entonces el negocio se puso mejor. Pequeñas piezas de pistola junto a paquetes de coca, transportaba en cada viaje, escondiéndolos con sabiduría y habilidad en el capó, en las ventanas, bajo el fieltro del asiento trasero, detrás del tablero, en los forros de las puertas, dentro de la caja de cambios, hasta que una noche de tantas, bajo un cielo estrellado, el negro Joe fue víctima de esas jugadas que depara el destino: al pasar por uno de los retenes policiales, donde acostumbraba a detenerse rápidamente para que lo chequearan, su Hillman amarillo se apagó inesperadamente. Un poco nervioso por lo que había sucedido, y por la voluminosa mercadería que transportaba, comenzó a revisar su vehículo con tan mala suerte que mientras trataba de encenderlo, metiendo el acelerador a fondo, una fina llovizna de polvo blanco comenzó a salir del mofle y del capó, inundando el ambiente de un olor a cocaína que provocó la inmediata huida del negro Joe del lugar y una voraz persecución policial que terminó con su vida.

Hasta el día de hoy no se conocen muchos detalles sobre su muerte, pero lo único que supimos es que el negro Joe alcanzó con su muerte una blancura especial, casi divina. Los que lograron ver el cadáver dicen que su gigantesco cuerpo estaba revestido de la cabeza a los pies de una capa blanquecina, producto de los paquetes de coca que estallaron en mil pedazos cuando una lluvia de balas terminó con su Hillman y con su vida. Sin embargo, pese a esa capa blanquecina que cubría todo su monumental cuerpo, una persona que también lo vio muy de cerca, nos confió que el negro murió dejando una mueca de sonrisa en su rostro, y con los ojos muy abiertos, esperando ansioso y contento disfrutar del cielo negrísimo que le esperaba.

 

(Del libro inédito Fantasías Urbanas)

Managua, julio-agosto de 2011