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Denis Nuñez (1954) es uno de los pintores más importantes de Nicaragua y Centroamérica. Pertenece a la generación de los ochenta, es decir, la generación de la Revolución (aunque siempre independiente). Ha realizado innumerables exposiciones en las más importantes galerías del país. Ha expuesto también en Panamá, México, Honduras, El Salvador y Francia, en donde de mano en mano se le robaron toda la exposición de más de 15 lienzos. Ni el inspector Clouseau ni la embajada francesa jamás pudieron averiguar nada. Así que Voila volaron.

Denis Núñez estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes posterior a Peñalba, cuando Sergio Dávila era el director. Estudió también en París y en la Unión Soviética. En los noventa perteneció a la Z.A.T. ArteFacto. Actualmente pinta diariamente y asesora al proyecto cultural Galería del Sur.

-Denis, contame un poco de esta exposición titulada Memorias heredadas. Hacía buen rato que no mostrabas un conjunto de trabajos tan importantes…

Bueno, la exposición se llama Memorias heredadas o Mastique y después trague. Primero como un homenaje a mi hijo, Denis. Memorias heredadas era el título de uno de sus trabajos. Fue la pintura con que ganó una mención en el certamen del Banco Central. Lo de Mastique y después trague es un mensaje para los críticos y comentaristas. Quiero decir que primero vean la exposición bien y después opinen.

 -La exposición recuerdo que inicialmente fue un proyecto de Galería del Sur. ¿Cómo terminó en Galería Pléyades?

Sí, la exposición surgió como decís de un proyecto de Galería del Sur. Su nombre tiene que ver con la nueva posición del Sur y claro también con Torres García y su mapa. Será la galería donde muestre mis obras permanentemente. La cosa es que un día el equipo de jóvenes, entre ellos mi hijo, que coordinan este proyecto, me habló acerca de la posibilidad de hacer una muestra. Ellos notaron que estaba pintando bastante y me dijeron “ya tenés tres cuadros y vemos que estás en un solo acelere”. La verdad es que era así. Esta muestra compuesta por 20 telas grandes (2 x 3 metros más o menos c/u) fue realizada en un tiempo de tres meses. Pintando por lo menos 8 horas diarias, claro. A veces me agarra un “rigio”, una especie de vicio por pintar. Es una onda terrible. Entonces les dije a los chavalos: si ustedes se ponen las baterías y organizan toda una exposición yo me pongo a pintar. Aprovechemos la intención y la locura. Compré 50 metros de lona y encargué unos bastidores en Galería Pléyades. En una semanita tenia montado como 15 bastidores. Con su base, solo esperándome. Todo un ritual.

Por su parte ellos empezaron a desarrollar la exposición. Yo los asesoré al principio criticándoles todo, pero luego se han ido descobijando solos: diseño de catálogo, de invitaciones, de un programa para la inauguración. Incluso vamos a proyectar el video “Pintando memorias” que filmó el equipo Malagana mientras yo trabajaba en la muestra.

Cuando ya teníamos todo eso listo pensamos donde realizar la muestra y decidimos por varias razones hacerla en Galería Pléyades: ubicación, tipo de público, promoción, etc. Quiero desmitificar un poco la idea de la pintura como arte inalcanzable. Realmente yo lo veo como un trabajo. Un trabajo duro. Y esta muestra es el resultado.

-Te he estado viendo pintar estos últimos meses. Ha sido una experiencia de aprendizaje importante para mí. Durante este tiempo, haciéndome lo más invisible posible, he visto tus maneras poco ortodoxas de pintar. Me gustaría que hablaras un poco de esto…

Cuando comencé a trabajar decidí aprovechar la ocasión para echar los demonios encima. Tenía este ímpetu. Estas ganas de sacar todo. Comencé a pintar y fue una situación crítica. A veces me desviaba, yo quería profundizar en algunos temas oscuros  y a veces me salían unas mariconadas, que suave. Me enojaba y volvía a destruirlo todo. A veces me trancaba y dejaba de trabajar varios días, una semana, y de nuevo a la lucha.

 -¿Y no se salvó ninguna de las “mariconadas”?

 Si, se salvó un par, pero las trabajé más, les di un carácter serio y al final quedaron con un acabado profesional. Pero prevaleció mi otra búsqueda. La confrontación con la existencia misma que nada tiene que ver con florcitas. El último cuadro que pinté para esta exposición fue una cosa potente. Pasó por varias fases y finalmente hasta el formato cambió. Quedó apaisado. Fue una lucha tremenda. No le hallaba el camino. Al fin salió algo terrorífico. Me salieron unos personajes goyescos. Tres figurones poderosos. Me quedó rico pero no sé que voy a hacer con él. Si seguirlo o si dejarlo así. Cuando lo estaba pintando fue algo inmediato. Agarré una tinta blanca, hice unos círculos, después tire otra mancha negra y salieron los ojos desorbitados. Puro Goya en su período negro. Es un trabajo muy fuerte. Creo que no lo voy a exponer. Se llama “Víctimas de dios y la ciencia”. Son tres personas de pie como agarrados de la mano. En medio una mujer acompañada de un hombre y un niño. Ven para abajo. Un haz de luz apenas los deja ver. Llevan una guitarra eléctrica y un rollo de papel. Chambonón quedó.

-A propósito de los personajes que habitan tu pintura, es curioso que cuando iniciás el cuadro siempre es de una manera abstracta. Y permanece abstracto casi hasta el final.

Sí, así es. Mi pintura siempre inicia siendo una pintura abstracta que se va transformando. El comienzo de todo es totalmente abstracto No llevo una intención. En esta exposición por ejemplo, que como te dije es un homenaje a mi hijo Denis, tuve que confrontar una serie de demonios y cuestionamientos interiores. Lo que me sucedió con él, su muerte, se vuelca sobre los lienzos. Es una confrontación violenta a veces con el cuadro. Una confrontación física casi. Y esta se manifiesta más puramente a través de la abstracción. Quizás sea una especie de liberación la que ha ocurrido pintando estos cuadros. A veces es como una lucha de contrarios: la que ocurre en el cuadro y con el cuadro. El bien y el mal. La lucha eterna. No sé cómo explicarlo.

-A veces la lucha es cruel y tirás el cuadro al piso para ser trabajado desde arriba y los alrededores…

Sí, a veces van para el suelo y son sometidos al maltrato. Masoquismo artístico. Manchas de pintura caen entonces al azar, charcos de color acrílico encima de la lona por días. Tipo Pollock, broder. A veces las manchas caen en su lugar preciso, otras no, se van para otro lado y de nuevo a destruirlo todo y comenzar otra vez. Después de tanto, al final, quedo satisfecho.

-Otra cosa que creo que habría que señalar es la relación de la música y de tu pintura. Pocos saben que tenés un grupo de música experimental donde tocas la batería. Y cuando pintás pintás con música. Alta.

(Mientras hicimos este intercambio sonaron Billie Holliday, Cream, Portishead, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Bwana, Poder del Alma (Ayatimbo), Frank Zappa, Joss Stone –jamás un merengue o un regetón)

Sí, la música me eleva la adrenalina. Hay un conecte total. Eso es verdad. Y el hecho de ser batero también ha terminado influenciando la manera en que pinto. Una manera percusiva podríamos decir. En el video que filmamos aparecen algunas tomas donde se ve este procedimiento. La verdad es que no tengo ninguna manera específica de confrontar el lienzo. Pinto a como necesito pintar. Y esto generalmente implica chorrear, frotar, golpear, sacudir, darle vueltas constantes al lienzo, ponerlo patas arriba, patearlo y claro también acariciarlo con pinceles.

-Hablemos sobre tus inicios. Evidentemente en la escuela enseñaban una manera distinta de pintar. Quiero decir una manera seudo académica de pintar. O sea lo totalmente opuesto a tu manera de pintar ahora…

La escuela propiamente no tenía una forma de enseñanza rigurosa ni académica. Más bien era un enfoque liberal, diría yo. El director entonces era Sergio Dávila y con él, y con don Noel Flores platicábamos mucho de arte, horas, de historia, de técnicas. En la mesa donde Manuelón solo se hablaba del oficio. Nos empapábamos de arte. En los talleres al día siguiente practicábamos lo que habíamos hablado. También fue importante para mí ver pintar a Aparicio Arthola. Era una cuestión de pasión broder. Yo lo miraba y me fijaba en todo. Teníamos una amiga que se llamaba doña Magda Doña, que también estaba en la escuela en clases de escultura,  y en su casa conocimos a don Rodrigo Peñalba. Dos veces tuvimos la oportunidad de hablar con él. Recuerdo que en los talleres, que eran totalmente libres y en los que cada uno se hacia un solo colocho, recibíamos las críticas de los profesores. Don Noel siempre estaba encima de nosotros. También Julio Vallejo. Este ultimo daba clases de pintura y siempre teníamos que pintar estos cacharritos, unos bodegones armados que a algunos alumnos les quedaban bonititos, pero no eran mi onda y yo los hacía más chambones y siempre me sacaba de su clases. Pasábamos todo el día en la escuela. Una vez a los tres meses de estar allí yo estaba haciendo el “angelito” en escultura (réplica de Donatello) y llego el “Nica” (Noel Flores) a revisar lo que  hacía. Yo lo miraba bello mi angelito. Miré Nuñez, me dijo, mire la silueta general, no mire los detalles. La cosa es que agarra una tabla que había en el taller y comienza a agarrar a vergazos el angelito. Yo no creía lo que veía. Y al final después de los cinco tablazos allí estaba en esencia el angelito. Calidad de lección. 

-¿Cómo ves el panorama de la escuela ahora?

La historia de la Escuela es siempre la misma desde el 79. Cero presupuesto y cero autonomía. Creo que cada vez hay menos interés en las artes plásticas. Ahora el mayor interés es en los nuevos medios, el video lo digital. Los chavalos quieren ser presentadores de televisión. Creo que cada vez va a haber menos y menos pintores. Hay tanta tecnología que para que necesitás pintar. Los profesores de nosotros arrastraban escuelas viejas. Habían estudiado afuera. Traían esta tradición (europea)  que ellos matizaban a su manera y nos la trataban de transmitir. Es decir teníamos conciencia de esta tradición. Éramos parte de ella de alguna manera. Fijate que la primera vez que entré al Louvre ya Sergio Dávila y don Noel me había hablado de los grandes cuadros de ese museo. Recuerdo estar electrizado ante las obras de los grandes pintores.

-Este período en Francia según me has contado también fue una especie de taller libre. ¿Cómo era el método? Trabajaste con Antonio Seguí en esa época…

Sí, fue justo eso. Al principio estaba todo ahuevado. No hablaba el idioma, no conocía a nadie, a Juan Rivas, que había llegado a Francia conmigo, lo habían enviado a Marsella. O sea, estaba solitario en la llanura. Recuerdo que a los tres días fui a la embajada de Nicaragua para que me regresaran. Allí el embajador Roberto Argüello Hurtado, sacó una botella de extra seco y me convenció que dejara de estar de loco. Estás en París, me dijo. Él me presentó a otros nicaragüenses que estaban también estudiando en París y todo comenzó a cambiar. La verdad es que para mí fue un shock completo. Todo era baldosas, hierro, y carros y neón. Can Can. Aguanté un año y piquito. Una nueva realidad. La gente que me presentó el embajador, Cony y Richard, me atendieron lindo y con ellos la pasé matizando todo ese periodo. Conocí a muchos latinos. Tenía una beca bien generosa, así que también goce del buen vino francés. Gracias a la Cony pude ahorrar algo de biyullos y al fin compré mi pasaje de regreso.

-¿Estando allá no conociste a otros artistas nicaragüenses? Estaban y están aún Carlos Castillo, Salome García y claro Armando Morales.

El mismo embajador me llamó un día y me dijo que íbamos a ir donde Armando Morales. Juan Rivas por casualidad cayó ese día en mi casa desde Marsella y terminó colándose en la visita (previa consulta con el pintor).  Llegamos donde Armando y subimos por un ascensor todo hecho mierda. Como cinco pisos. Nos recibió con amabilidad y comenzamos a platicar. He visto algunos cuadros tuyos me dijo. Donde la Juanita.

-¿Y París?

Al principio me costó caminar por la ciudad. Me daba miedo perderme. Comencé a salir en líneas rectas y después horizontales. Al fin me la recorrí toda. Caminando con una mochila y una botella de vino. Me caminaba todo el Sena a lo largo. Conocí todos los museos y las galerías. Esa fue mi enseñanza. La ciudad misma.

-¿O sea que no tuviste una educación formal en el instituto en París?

Sí, así fue. Me reuní una vez con Antoni Seguí. Me hizo una entrevista, miró mi currículo y me dijo: acá no se te va a evaluar; solo presenta un informe cada seis meses. Yo aproveché y me dediqué a los museos y a las galerías utilizando el carnet de estudiante. Creo que pasé, sumando todas las horas, tres meses al menos enfrente de Delacroix en el Louvre. Sentía una energía eléctrica cuando miraba la Masacre de Quíos. Sólo ver esos cuadros y me retorcía de la emoción. Se me salían los ojos como en los muñequitos. Allí aprendí. Fue allí. Ya los cuidadores estaban chiva porque mucho llegaba.

-También estuviste en un congreso de escultura en la vieja Unión Soviética. ¿Cómo fue la nota?

Sí, estuve en Leningrado tres meses. Era un simposio de escultura. Llegué al museo de la ciudad y era inmenso. Para conocer el Hermitage por completo necesitás como once años. El edificio mismo es una cosa increíble, espacios amplios y limpios, luego espacios recargados de decoración hasta el último centímetro. La colección era inmensa también. Tenían de todo: Rembrandt, Velásquez, Brueghel, Picasso, Cezanne. A mí lo que más me impresiono fue Matisse. Su Danza es realmente impactante. Podes ver todo en el cuadro. Los errores, las correcciones, la resolución final era impresionante. La experiencia fue buena y exigente. Conocí a varios artistas de diferentes lados. David Ocón también andaba allí por Letonia, pero no lo vi mucho.

-Después se perdió o perdimos la Revolución. En los 90s estuvimos vinculados al círculo de hierro de ArteFacto, que fue un proyecto de resistencia ante la nueva cultural neoliberal. Pero eso es otro cuento para otra ocasión.

Dale pues.

 

Martes, 11 de septiembre, 2012.