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La obra de Sergio Ramírez Mercado es universal, no porque haya sido publicada en España (12 obras), México (11 obras), Nicaragua (7 obras), Costa Rica (4 obras), Venezuela (3 obras), Guatemala (2 obras), Puerto Rico (2 obras), El Salvador (1 obra) y Argentina (1 obra); tampoco es universal por haber recibido el comentario positivo de consagrados maestros como Carlos Fuentes, Tomás Eloy Martínez, Ernesto Cardenal, Julio Cortázar o Mario Benedetti…, ni por haber recibido significativos premios como el latinoamericano de la revista Imagen, el internacional Dashiell Hammett, la orden Carlos Fonseca, el Caballero de las Artes y de las Letras, el internacional Alfaguara, el Laure Bataillon, el José María Arguedas; la medalla presidencial Pablo Neruda de Chile; el premio José Donoso de Chile; la obra de Ramírez Mercado es universal porque presenta creativamente los problemas, conflictos y pasiones del ser humano de todas las culturas y de todas las latitudes.
Bajo distintos géneros: el ensayo, el cuento, la novela, el testimonio, el artículo periodístico —en alguno de estos, como es el caso de la novela, se hace gala de subgéneros como la carta, la crónica,  la poesía, el informe y otros textos técnicos del campo de la medicina y del derecho—. El autor observa al hombre y a la mujer con sus hábitos, vicios y virtudes. Ramírez Mercado examina la debilidad humana, no la grandeza de los héroes ni la virtud de los santos capaces de conseguir milagros. Sus personajes son hombres y mujeres de estas tierras, algunos de ellos tienen sus modelos en personajes históricos; pero todo lo que dice, a través de sus personajes, despierta la empatía del lector porque existe una dosis equilibrada de humor que da sabor al escrito, como la sal a los alimentos o el azúcar a la bebida.
Este escritor nicaragüense debe su gran éxito a muchos factores: los tópicos abordados, la documentación utilizada, los personajes que interactúan, el estilo de su prosa, la capacidad de influir en los estados anímicos del lector…
Así, el autor aborda los temas universales: el amor, capaz de desencadenar la virtud y las pasiones; el poder por el cual muchos de los políticos latinoamericanos pierden la razón y se creen imprescindibles e insustituibles —los dictadores son especialistas en crear aduladores y personajes despreciables que alimentan el poder del tirano—; no omite el autor considerar la problemática de la mujer emancipada ni la libre elección sexual en uno y otro género. En su obra también encontramos el planteamiento de la violencia generada, particularmente, por el narcotráfico y la situación de injusticia en amplios sectores sociales; el deporte que, con sus sublimes momentos de suspenso, contagia a las multitudes en los estadios y a quienes están más allá de estos, observando el desarrollo de un partido en el propio hogar, en plazas o restaurantes. Ramírez Mercado escribe sobre beisbol y boxeo, los dos deportes que hacen vibrar el corazón de los nicaragüenses.
La documentación que utiliza Ramírez Mercado es, particularmente, prolija. Así cuando habla en La fugitiva del cementerio en que fue enterrada Amanda Solano, reproduce los rostros, los gestos, las palabras, los utensilios de los sepultureros, describe los estilos y detalles de las bóvedas, la cantidad de ángeles sobre estas y los incontables instrumentos que ejecutan estos pequeños seres alados para asegurar el gozo y tranquilidad de aquellos que se han “desnacido”. Hábil en recrear ciudades y lugares que el tiempo ha transformado, Ramírez Mercado recurre a los periódicos, revistas y costumbres de la época que describe y siempre consigue ambientes exactos y pertinentes.
La gran mayoría de los personajes principales de sus obras están basados en un modelo histórico. Tal es el caso de Amanda Solano, en La fugitiva; Alirio Martinica, en Sombras nada más; el inspector Dolores Morales y el subinspector Bert Dixon, en El cielo llora por mí. Incluso, algunos de ellos aparecen en sus novelas con el nombre verdadero, como Oliverio Castañeda, en Castigo divino. Muchos de los personajes secundarios suelen ser personajes de la vida real. El autor describe sus retratos y adecua el lenguaje al papel de cada uno. Todo lo que el autor dice lo dice a través de sus personajes y eso facilita no solo la conexión del lector con lo narrado, sino la participación del lector en la narración.
La prosa de Sergio Ramírez es plástica, vivaz, comprensible, atractiva y atrayente. Posee una fluidez natural y mezcla hábilmente vocablos cultos con términos del lenguaje diferencial de un país o de una región. El humor y la ironía, a la vez que iluminan y dan gracia al texto, lo eximen de explicaciones innecesarias. A veces, el estribillo de una canción parece ser el fondo ideal de un texto que nos llena de ilusión, fortaleza, nostalgia, rubor, descontento y otros estados anímicos.