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Cada nuevo libro que publica Jorge Eduardo Arellano nos sorprende y enseña. Nos sorprende, porque el rico caudal bibliográfico que utiliza en el desarrollo de su tema es ciertamente abundante, completo, ejemplar; y nos enseña, porque constituye un aporte personal, personalísimo, que abre nuevas ideas y perspectivas sobre lo que hasta ahora conocemos y sospechamos y se ha escrito sobre lo mismo. No se trata, pues, de simples reseñas o resúmenes, sino de verdaderas crónicas, artículos y ensayos donde se armonizan, en feliz equilibrio, el divulgador con el literato y el historiador, o el historiador con el divulgador y el literato o el literato con el historiador y divulgador, según sea el énfasis de la escritura y el público al que va dirigido. Por algo Arellano es el único hombre de letras que ha merecido en nuestro país el título de polígrafo al estilo de Menéndez y Pelayo en España o a nuestro Alfonso Reyes en México.

El libro que esta grata noche nos convoca, Granada de Nicaragua: crónicas históricas (Managua, Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, 2012) está integrado, a lo largo de sus seis secciones y cuarenta capítulos, como el mismo Jorge Eduardo lo reconoce, “por crónicas de trascendentes acontecimientos político-militares, semblanzas de notables personalidades —más o menos olvidadas—, descripciones de templos, micro biografías de grandes profesionales, retratos de personajes populares, perfiles de amigos y parientes, genealogías sucintas y fragmentos documentales. También se suman prosemas inspirados en las glorias locales del béisbol a principios del siglo XX y, finalmente, he reunido más de cien ilustraciones entre fotos, grabados y dibujos.”

Así visto y contemplado, este libro no es un libro en el sentido coherente, orgánico, unitario de su producción, sino una mezcla, una suma diversa de temas, géneros y estilos, propios de ciertos manuales, enciclopedias, números monográficos de actas y revistas y, por supuesto, de obras interdisciplinarias que únicamente Arellano, con su saber enciclopédico, es capaz de realizar, sin ayuda alguna, él solo, solito, en Nicaragua. Sin embargo, leyendo con atención esta obra, descubrimos en ella un hilo conductor, una cadena con sus argollas perfectamente unidas y entrelazadas, que es la de Granada, su historia, sus gentes e idiosincrasia.

Lo cierto es que Jorge Eduardo nos entrega en este libro una visión panorámica, de la vida cotidiana e histórica de nuestra ciudad —desde la rebelión insurgente de 1811-1812 hasta nuestros días— no desde el localismo y provincianismo estrechos, sino desde la perspectiva amplia y abierta, con aires centroamericanistas y universales, de la importancia que ha tenido nuestra Granada en la formación del proceso sociohistórico de nuestra identidad social y cultural. Y para conseguir tan noble propósito Arellano se ha valido de las citas de las obras clásicas y menores de nuestros cronistas e historiadores, de testimonios de protagonistas, testigos y observadores, de textos poéticos y literarios, de anécdotas populares y leyendas, sin dejar de aludir a ciertos datos autobiográficos.

Por eso, aquí, se citan reiteradamente, entre otros, a Squier, Levy, Gámez, Jerónimo Pérez, Anselmo H. Rivas, Enrique Guzmán, Coronel Urtecho, Cuadra Pasos, Pablo Antonio y muchos más con sus aciertos y desaciertos que Jorge Eduardo puntualiza, aclara, sitúa en su lugar y contextualiza. Y es por eso que en este libro, como en el anterior Granada: aldea señorial, están presentes algunas de las características peculiares del estilo y la escritura de Arellano: rigor erudito y claridad en la narración y exposición de los hechos y acontecimientos históricos; sentido polémico, al decantarse por una u otra interpretación, como en el caso de Cleto Ordóñez, el primer caudillo popular y líder republicano de Nicaragua; agudo sentido del humor, como en la recreación anecdótica de la personalidad de Pancho Hermoso, a quien denomina “mi poeta callejero”; y, también, apasionamiento y admiración en la caracterización, no ajena de rasgos hiperbólicos de los protagonistas ejemplares de nuestra historia.

No es hora, por supuesto, de detenerme en esta breve, brevísima, presentación, de cada uno de los capítulos de los que consta la obra Granada de Nicaragua… , pero sí decir, que tal vez lo más íntimo y personal de todo el libro sea esa corriente ininterrumpida, unas veces explícita y evidente y otras latente y subterránea, de la presencia de la familia Arellano con todas sus ramificaciones en los momentos decisivos de nuestros episodios nacionales. Tal es el caso de la educadora doña Elena Arellano Chamorro, modelo de mujer santa y virtuosa, nada menos que tía bisabuela de Jorge Eduardo.

Tengamos en cuenta, asimismo, que Granada de Nicaragua…, según confesión de Jorge Eduardo está escrita con “fervor” e “intelleto de amore,” expresión esta última “intelleto de amore,” que, como se sabe, proviene de la Vita Nuova de Dante y que alude a la superación o síntesis de los contrarios, es decir, a una especie de oxímoron, en el sentido que el amor, fuerza instintiva e irracional, no está divorciado del intelecto, potencia que lo regula y armoniza. Así Jorge Eduardo nos quiere decir que más allá de idealizaciones y decepciones, de encantos y desencantos, de realizaciones y frustraciones, su amor por su ciudad natal es inconmovible y duradero por aquello que, como bien reza el dicho popular, el amor no quita conocimiento.