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La realidad supera a la ficción, sentencia el lugar común, pero, como bien se sabe, no por común el lugar tiene que ser preciso. Sólo quienes no saben observar la realidad pueden creer que la ficción pretende superarla. La ficción, que es fingimiento de la realidad, lo que quiere es revertirla, cuestionarla, criticarla, o dicho de otro modo, reinventarla, pero en ningún momento superarla, porque únicamente la realidad se puede superar a sí misma.

Desde ese punto de vista entendieron la realidad los escritores que se adhirieron a lo real maravilloso, tales los casos del cubano Alejo Carpentier, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias o el venezolano Arturo Uslar Pietri. En El reino de este mundo Carpentier presenta la relación de hechos ocurridos durante la guerra de independencia haitiana, hazaña llevada a cabo entre supersticiones y delirios de grandeza, mientras que en El señor presidente Asturias devela los entretelones de una dictadura autocrática y en Las lanzas coloradas Uslar Pietri deja entrever los opuestos, la dignidad y la miseria, cabalgando juntos en busca de la figura del Libertador.

Es en esta Iberoamérica aireada y encendida por hechos maravillosos, discordantes con la mesura racionalista, barrocos, que lo inusitado e inexplicable cobra carta de realidad, lo real maravilloso. Es en este medio en el que puede emerger una personalidad de la talla de Rufino José Cuervo (1844-1911), tal como lo vislumbra y lo devela su coterráneo, el también colombiano, Fernando Vallejo.

El cuervo blanco (Alfaguara-Santillana Ediciones Generales. México, 2011. 379 pp.), es el homenaje literario que quiere ofrendar Fernando Vallejo, desde su exilio mexicano, a ese compatriota suyo, quien murió en el exilio francés, treintaiún años antes de que Vallejo naciera en la ciudad de Medellín, en 1942. Pero también esta biografía del filólogo bogotano quiere ajustar cuentas con la memoria histórica, que relega a la persona viva y vital a favor de la figura estática del académico riguroso e incluso del investigador con tintes cientificistas. A Vallejo no le interesa el tallado en el bronce de la estatua, sino el tallado del tiempo en el hombre diario.

Maestro de la narrativa contestataria, violenta, “energúmeno” según le han llamado en más de una ocasión los críticos literarios, en El cuervo blanco no se podía esperar la prosa de un Vallejo conservador e impersonal, como intentan proyectarse, a veces, algunos escritores cuando abordan la biografía de otro personaje, sea o no escritor. En esta biografía de Cuervo debemos agradecer la fidelidad perruna de Vallejo a sí mismo, tanto a su concepción estética de la literatura como a la disciplina erudita que se ha ido forjando a lo largo de años de trasiego en la academia.

Efectivamente la estética del autor de El desbarrancadero responde a la idea de que el discurso literario debe desplegarse en un mismo plano espacio temporal, por lo que sus novelas, que suelen ser cortas, asemejan un monólogo que deviene en diálogo, en diatriba, en recreación, descripción, crítica, soliloquio, monólogo, diálogo… Para Vallejo no deben existir las fisuras temporales indicadas por los capítulos y subcapítulos, sino el transcurrir del tiempo en el espacio como dos entidades vivas, que se complementan y se desdicen a la vez, por lo que su discurso literario deja la impresión de colisionar consigo mismo.

Para los efectos específicos de El cuervo blanco, Vallejo se ha decidido por un discurso único, sin capítulos ni indicaciones de otro tipo que puedan guiar al lector. Aquí nos hallamos, los lectores, frente al discurso vivo, que va creciendo en la medida en que el autor avanza con sus pesquisas filológicas y biográficas, deteniéndose aquí y allá para tomar apuntes, verificar o desdeñar datos, precisar vaguedades y cuestionar aseveraciones sobre el biografiado que denotan haberse hecho a la ligera.

Así nos encontramos ante el segundo aspecto, el del Vallejo erudito, hombre de academia, que por lo mismo conoce a pie juntillas las virtudes y los defectos de la institución, sus ínfulas de infalible y terminante en convivencia con su cuidado riguroso y exquisito en el manejo e interpretación de la información. Vallejo toma de la academia el punto de partida, no el agua estancada.

Apunté antes que Vallejo, como Cuervo, ha permanecido en el exilio la mayor parte de su vida, con lo que insinúo, sin querer, un paralelismo entre estos dos colombianos. Se trata de un equívoco. El autor de La virgen de los sicarios no propone en lo absoluto similitudes entre él y su ilustrísimo coterráneo. Son hombres de talantes e intereses distintos, aunque el legendario filólogo ha influido notablemente sobre el novelista “energúmeno”, lo que es palpable en la pasión que éste muestra por la evolución del lenguaje y la crítica al discurso como entidad comunicativa.

Lo que Vallejo quiere en El cuervo blanco es dejar en claro su filiación por la aventura de un hombre, Rufino José Cuervo, quien se entregó de cuerpo entero a una disciplina tan vital como solitaria, la filología, el “amor por las palabras” que en el caso del bogotano llegó al extremo de vislumbrar el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, proyecto pantagruélico en el que se conjuntan la gramática, la sintaxis y la semántica con la etimología, la lexicología, la lexicografía y el llamado diccionario de autoridades. Cuervo contaba 28 años, en 1872, cuando acometió tal empresa, para morir a los 67 años, en 1911, fecha para la cual apenas pudo concluir los dos primeros tomos de esta obra única.

He aquí que se alían la vitalidad y la soledad de la filología: vitalidad, porque hacía falta un conocimiento vivo y práctico del idioma español para comprender a cabalidad las intimidades de su evolución y sus posibles transformaciones; soledad, porque se requirió escamotearle días y meses y años a la vida pública, a los devaneos sociales, para llevar a buen puerto dicho lance. Erudito con una formación que hace palidecer muchas trayectorias académicas, tanto por su solidez como por sus alcances, Cuervo prodigó su cuerpo y su alma al Diccionario… con la misma pasión –amor y sufrimiento en su expresión más intensa- que poseía a los místicos en su entrega religiosa.

Mencioné párrafos arriba cuál era la raíz histórica y ética de lo real maravilloso, según lo entendieron los escritores que desarrollaron sus estamentos estéticos; ahora bien, esos mismos estamentos son los que utiliza Fernando Vallejo para develar ante los lectores la figura y la trayectoria humana y humanista de Rufino José Cuervo. En efecto, tal como declara en varios pasajes de la biografía, Vallejo se propuso (el tiempo dirá si lo ha logrado) la santificación de su coterráneo, veterano de mil batallas lingüísticas y otras mil de vena social.

Este santo no canónico, según nos lo presenta Vallejo, fue un hombre en movimiento, de las academias a los exilios, de los recorridos por las más importantes bibliotecas y universidades de la zona francófona de Europa occidental a las caminatas por pueblos y ciudades, toda una vida basada en la convicción de que tanto la lengua como la literatura son entidades vivas y vívidas cuyos nervios y sangre se hallan por igual en las aulas que en las calles, en la cátedra que en el comedor hogareño.

Santo, afirma de buen grado Vallejo, y como todo santo, con algo de genio y otro más de loco. Así como es asertivo y acertado en consideraciones sintácticas y semánticas, Cuervo titubeó y aun cayó en lo referente a las fuentes en las que se basó, pues en más de un caso recurrió a versiones “modernizadas” de los clásicos grecolatinos y de los mayores autores del Siglo de Oro, lo que le restó seriedad y aun credibilidad a las intenciones del Diccionario…, su obra mayor.

Sonríe Vallejo ante la madurez y la puerilidad que conducían las labores filológicas del maestro Cuervo. En uno de los pasajes más inspirados y audaces del libro, Vallejo se atreve a hablarle a Cuervo, señalándole los errores y horrores que cometió con tal de llevar a buen puerto su proyecto paquidérmico, desmesurado y, justamente por ello, pariente por línea directa de lo real maravilloso.

Fiel a su estilo, Fernando Vallejo ha estructurado en El cuervo blanco el retrato al óleo de un hombre, Rufino José Cuervo, pero también el mural de una época con sus vicisitudes favorables y desfavorables, con sus complejos de culpa y sus desplantes inmorales. Vallejo ha sacado a Cuervo de ese conglomerado humano para ubicarlo y palparlo en el otro mundo que el curtido filólogo quiso vivir, el de la intimación con su yo interior, mundo en que el hombre y el estudioso se descubren concordantes.

En las páginas de El cuervo blanco, al mostrar la personalidad del insigne filólogo, el autor de La rambla paralela quiere también poner el acento en las dificultades que entraña comprender desde nuestro hoy los fiascos de un erudito decimonónico en su afán por ser verticalmente fiel a la lengua y la literatura hispánicas. Sin duda, una obra calibrada con inteligencia, vigor, humor, en la que se pueden abrevar muchas enseñanzas sobre el arte de hacer biografía.